1879

 

1879

Por Mónica Soave

 

Le alisa la ropa ensangrentada. Lo acomoda, le quita el pelo pegoteado de la frente, pero cree que está muy mal herido.
“Si sale de ésta te prometo que pago mis deudas en el almacén”, dice Hugh. “Ayudalos, Diosito, no los dejes tan solos, tiene tres hijos que cuidar, una mujer, otra vida por delante.”
Tiembla Hugh de frío y de miedo.
“Yo te saco de ésta si me dejan”, sigue diciendo mientras lo tiende sobre la tierra dura y aplanada y no sabe para qué lado empezar a gritar, cuando al fin se da cuenta de que es el mismo Josuah quien ya está muerto. Le pasa un pañuelo limpio por la cara, el único que tiene. “Ya ni habla, ni se queja, Diosito, qué le hicieron.”

Aquella tarde del 16 de junio, Hugh volvía para su casa cuando se chocó con el cuerpo de Josuah en el camino, esto usted ya lo sabe. ¡Y por lo que a mí me importan ahora los detalles! No voy a averiguar nada más. Ya ni siquiera puedo llorar, ya no me quedan lágrimas; pero ese día era su cuerpo, su cuerpo por tantos años amado y mío, siempre mío, aunque nadie lo supiera en un tiempo. Pero para qué le cuento a usted, a usted que solamente vino a investigar estos pormenores para la justicia.
La realidad era que hacía unos días había aparecido en la Colonia un hombre sospechoso, extraño. Merodeaba por el lugar y no hablaba con nadie. Nos enteramos después de que se trataba de un fugitivo de la cárcel de Punta Arenas que había conseguido un caballo y había viajado cientos de kilómetros a través del campo hasta acá. El Consejo había resuelto apresar al hombre para enviarlo a Buenos Aires en el primer barco que llegara. Querían meterlo preso, quitarle su libertad. Esta libertad que yo tampoco consigo porque no puedo desprenderme del dolor; usted no entiende: el tiempo no pasa y Josuah ya no está. ¿Por qué no me explica por qué tuvo que ir él solo a buscarlo? Claro, usted no sabe. Desde Patagones nunca se sabe muy bien lo que pasa acá. Todo está estancado. Yo tampoco voy a moverme y si los chicos se ponen a llorar no me importa, ya alguien se va a arreglar, acá la gente es tan buena ¿no es lo que se dice? Servicial, atenta, preocupada por los problemas de los demás. Las agujas están paralizadas, ¿no las mira? Yo también estoy paralizada pero me obliga a contarle. Mejor. Así termino de una vez y me duermo, y que los chicos lloren todavía un poco, van a llorar tanto en la vida y no lo saben.
“Diosito, no hay derecho, yo te hubiera prometido no beber ni una gota nunca”, me contó su amigo Hugh que había pedido cuando lo encontró. Todos lo querían. La última persona que lo vio con vida fue su propio asesino: cuando llegó al valle superior dos vecinos de la zona ya habían detenido al prófugo por su cuenta y se encontraron con Josuah en el camino. Los dos le ofrecieron acompañarlo, pero él les dijo que se volvieran a sus casas. ¿Por qué tuvo que hacer semejante cosa, cometer tal atropello? Parece que el evadido iba sin esposas y esto es casi seguro porque Josuah era así de confiado. Cuentan, imaginan, que mientras caminaban hacia Rawson, el hombre se detuvo a encender una pipa. Josuah, que olvidó por un infausto momento que lo custodiaba, siguió caminando muy despacio delante de él. Qué estaría pensando. El otro aprovechó ese instante de distracción y lo atacó por la espalda, clavándole su cuchillo. Dieciséis veces se lo clavó. Es horroroso. Cuando lo tuvo tirado en el piso le cortó la lengua para que no pudiera gritar y pedir auxilio. Después le robó su sombrero y su caballo y salió al galope para el campo. Eso me contaron, señor, pero a mí lo único que me queda es su olor. Quiero huir de él pero no me sale, está en cada rincón de esta casa, en las cortinas, en cada carpetita tejida, en los ojos de sus hijos, sí, los cinco míos tienen el pelo oscuro y ondulado como el suyo y ese mismo gesto marcado por la angustia y los ojos temerosos, esos últimos que cerré yo porque Hugh, el pobre y fiel Hugh, no había podido animarse.
El cuerpo estaba de costado cuando él lo encontró. Los ojos abiertos miraban hacia un cielo que seguía azul. Sobre el pasto había un charco de sangre y también había sangre en la camisa de Josuah. Ya se lo dije: tenía fama de ser complaciente y servicial, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, pero yo sé que, en el fondo, era un hombre perseguido por sus recuerdos.
Ahora el tiempo parece avanzar un poco. Hace frío y sería bueno tomar una taza de té. Pero el aroma del té se mezcla con su olor que no puedo sacarme de encima. ¿Por qué no se lo llevó con él? Ese olor que ella había compartido, ella también, pero ahora no lo sabe, nunca lo supo. ¿Por qué no se llevó con él todas sus oscuridades, donde seguramente ya la habrá encontrado? Por supuesto que usted no entiende y yo no estoy siendo muy clara. Pero, tal vez en este momento en el que las agujas del reloj se mueven muy lentamente, pueda explicarle que Josuah llegó desde el sur de Gales, como tantos, con su mujer que dio a luz a una niña en el bergantín Mimosa. Lo recuerdo tan bien; fue un revuelo, todo un alboroto. Esa misma niña murió en el Mary Ellen, el barco que nos trasladó a las mujeres y a los chicos desde la costa al valle. Un destino atroz. Yo también había llegado con mis padres y mis hermanos y me había fijado en Josuah desde las primeras tormentas en el mar. Pero fue esa cruel tormenta de su vida la primera que nos acercó en cada una de nuestras soledades.
Grace era una mujer tenaz: aterida de tristeza, golpeada por la muerte, harta de ese suelo reseco que no daba frutos y contra todas las voces en discordia, decidió no dejarse vencer y sembrar con Josuah en la tierra yerma. Trató de salir adelante para ayudarlo, para no llorar más. Pero sé que igual habrá llorado. Yo estaba de costado, como su cuerpo quieto cuando lo encontraron, de costado y esperando esos pocos momentos en los que imaginaba que él podía llegar a mis brazos. Yo tampoco lloraba. Me aferraba a sus miradas largas que siempre creía últimas, a sus adioses cuando se iba hacia ella, a sus olores que creía estúpidamente compartir. Tenía una mitad de él: la de su simple amistad y la de su desconsuelo.
Pero, en medio de las desolaciones de amor estaba —seguía estando— la sequedad del terreno en el valle, la angustia de todos por encontrar una solución para poder comer, mire usted qué tema diferente. Le iba contando sobre la tierra negra y yerma. Grace y Josuah no tuvieron necesidad de arar ni de limpiar, arrastraron con un caballo un atado de arbustos con espinas para rastrillar el terreno y esparcir las semillas. “Tierra maldita”, dicen que dijo él. “Greda caliente, seca y estéril.”
Cuando terminaron de sembrar tomó la pala, se fue hasta el borde mismo del río y abrió una zanja angosta. El agua fluyó en la superficie y él la fue guiando para que cubriera su tierra sembrada. Una semana después pequeños brotes comenzaron a crecer, y en unos días más, el terreno entero de ellos se convirtió en una espesa alfombra verde: era la única parcela que prometía trigo en todo el valle sin lluvias. “La tierra ha despertado de un letargo de siglos”, comentaba la gente, entusiasmada.
Yo esperaba, siempre parada frente al reloj de péndulo de la casa de mis padres, paralizada. Pero Grace también se despabiló de su sueño y sus tantas lágrimas ocultadas y, en una noche de grillos, abrazó a Josuah bajo las sábanas. Lo supe porque al tiempo tuvieron otra niña, no porque él me lo hubiera contado. Era preciosa. Era la prueba de mi borrosa existencia. Era un angelito que se fue también al cielo con los demás ángeles al mes de haber nacido. Esta vez, Grace la siguió. Ya no le alcanzaron esas oscuridades que iba dejando Josuah, ni las espigas de trigo creciendo al sol, ni los abrazos de él bajo ningunas sábanas.
Josuah se casó conmigo a los dos meses. Algunos de estos vecinos solícitos y corteses, amables y considerados, comenzaron a hablar mal de nosotros, en verdad, solamente de mí. “Fue su amante de siempre”, decían en el patio de la capilla mientras preparaban el servicio de té, mientras las mujeres lavaban la ropa en el río y secreteaban entre los mosquitos. Era mentira y no me afectaba. Como no me afecta ahora que vengan con sus lágrimas a decirme que lo sienten mucho, que nos quedamos tan solos y que qué será de estos cinco chicos tan pequeñitos y del otro, sin madre ni padre. La pena es por él, pero no por mí. Yo seré para siempre la intrusa, la segunda. Por fin Grace habrá ganado y se lo lleva ahora a esa definitiva tierra de ángeles, con sus dos niñitas vestidas de hadas rubias. Y está bien: tiene de nuevo a su familia reunida para siempre. A mí me queda sólo su sangre, esta tumba en la chacra, este tiempo que no transcurre y usted que me aniquila con sus ridículas preguntas. Por qué no me deja tranquila. Si ya está, si ya le dije todo. Si ya sabe que después de dos días de su muerte, encontraron al asesino oculto entre los juncos que crecían en un recodo del río. Lo mataron ahí. Yo hubiera hecho lo mismo. Le pegaron más de veinte tiros de escopeta, todos juntos. Le partieron el cráneo con la culata y lo enterraron enseguida en ese lugar, para que ni siquiera los chimangos pudieran acercársele. Lo que yo todavía no puedo entender es por qué Josuah se dejó matar, tal vez para pagar alguna vieja deuda que tenía con Grace, una traición en sueños. No sé, ya no me interesa. Quiero dormir, ¿usted no entiende? Y que los chicos sigan llorando si tienen ganas, al fin de cuentas, han perdido a su padre, que aúllen como lobos pero que, por piedad, algún alma con corazón se los lleve un rato afuera y me dejen en paz. He compartido siempre su recuerdo, pero esta vez no puedo con el abandono. Y será la ausencia la que se instale en esta casa después de que usted se haya ido, y los chicos, y el resto de mi familia, y mis vecinos solidarios y atentos. Después de que pueda moverme, cierre los ojos y el miedo se difumine.

NOTAS

En 1879, uno de los colonos, Aaron Jenkins, fue asesinado por un fugitivo chileno. Es probable que el reo haya sido uno de los evadidos del Penal de Punta Arenas durante el sangriento Motín de los Artilleros, en noviembre de 1877. Varios de ellos alcanzaron la Colonia.
En 1874 se había asignado al puerto de Rawson un subprefecto, y en 1875, a un comisario de inmigraciones. En 1879 el subprefecto Rodolfo Petit de Murat estaba a cargo de la Comisaría, el presidente del Consejo era James Rhys y como alguacil ad honorem, el mismo Aaron Jenkins.
Los vecinos que apresaron al prófugo y que se ofrecieron para acompañar a Aaron Jenkins fueron Jenkin Richards y Evan Edwards.
Fue Evan Jones quien, al volver a su casa, encontró el cuerpo de Aaron en el paso y enseguida avisó que había ocurrido un horrible asesinato.
Dieciocho colonos marcharon juntos y encontraron al asesino. Hicieron fuego en una sola descarga cerrada. De esta forma todos tuvieron la misma responsabilidad. No hubo sumario.
Años antes, Aaron Jenkins había descubierto por casualidad el secreto de la labranza exitosa en las tierras del valle: fue él quien construyó los primeros canales de riego.
Aaron estaba casado con Rachel, en segundas nupcias. Tenían un hijo, Richard, y Rachel tuvo efectivamente una hija en el Mimosa, Rachel (26 de junio de 1865), que murió el 22 de septiembre del mismo año a bordo del Mary Ellen. En 1868 nació Arianwen pero falleció al mes, lo mismo que su esposa (15 de julio de 1868). El 12 de septiembre del mismo año, Aaron se casó con Margaret Jones con la que tuvo cinco hijos.
Los datos anteriores son comprobables en los registros. Su infidelidad y supuestos amores paralelos entran en el terreno de la ficción.