zorro-gris

RELATO 8

 

Por Hugo Covaro (*)

 

 

     En este páramo, que presta su soledad añosa, el hombre de sal ejercita sus oficios. Lánguidos chiveros. Sogueros de lentos mediodías. Chulengueadores. Rastreadores de pumas. Hacheros de monte bajo. Juntadores de lana mortecina*. Tejedoras de matras dolorosamente hermosas. Mujeres silenciosas con hechura de barro. Abuelos cavilosos con la piel de alfarerías.
     Rufino Nahuelquir era zorrero.
     En sus ojos neblinosos de lejanías, se podían ver todos los salares. Pisándose la sombra, encorvado, partiendo en dos la paz de los picaderos, andaba tras el rastro de los zorros, quemado de inviernos. Con las trampas sobre el hombro, aparecía de los cañadones como salido de la tierra. Era un viento inmemorial que olía al incienso resinoso de los molles silbadores.
     El tiempo, detenido en sus harapos, dormía su índole de pájaro resguardando su corazón de tinaja.
     –Tenés que elegir güen sitio –me decía–. En lo posible bajo una mata grande así podés atar el alambre de la trampa. Que tenga matas también a los costaos, así el zorro tiene que dentrar a la juerza y de frente. Hacé un pocito en la arena y colocala con la traba puesta. Ponele un papel encima y, despacio, andá echándole tierra hasta taparla. Pasale una rama pa’ borrar los rastros. Dispués venite arrastrando una osamenta un largo trecho y colgale, un poco adelante, el cebo bien amarrao a una buena mata. Pa’ que el ladino no disconfíe, hacé fuego cerca y oriná donde hiciste campamento.
     La salina, con su antigua memoria de mar, lo veía regresar de revisar las trampas, como quién va del silencio al olvido.
     –Si hay un ñerrí trampeao, no le tengas miedo a los gruñidos que pega. Que los perros lo empaquen a puro ladrido, pero que no lo muerdan. Vos arrimate con el palo y tratá de pegarle en el hocico. Si le das justo cae seco, de seguro. Ahí nomás cuerialo y estaquialo bien tirante. Eso sí, cambiá de sitio la trampa…los zorros olfatean el olor a sangre y le arisquean…
     Todos los rumbos de la sal tienen las pisadas de sus alpargatas. Tal vez un día de éstos, casi viento, salga a borrar los rastros de los zorreros, antes que la muerte le ponga la mirada de agua. Entonces, juntos, veremos crecer la tierra como un vientre, en el sitio donde bajan los dioses indios. Será para el tiempo de los días largos. La calandria, parada sobre la rama más florida, cantará su ausencia con el pecho embarrado de crepúsculo.

 

 

 

(*) Escritor de Comodoro Rivadavia. Este relato fue tomado de su libro “Luna de los salares”. (1985)