MARIE DE VERNET

Por Sergio Pellizza (*)

 

16 de julio de 1829. – Por fin. – Gracias Dios Mío, llegamos.
Después de incontables días de de sentir la inestabilidad líquida del Océano Atlántico bajo los pies, María Vernet, podía acomodarse al equilibrio de la tierra firme. En este interminable periodo solo había podido salir una sola vez a cubierta. Han desembarcado las provisiones y los muebles. Desde adentro María mira ese afuera desconocido. La caja de madera en un rincón contiene el piano, aun no desembalado. Tendrá que crear nuevos acordes que se armonicen con el viento, las olas, el insonoro suceder de la nieve. Luis Vernet su, marido, comandante político y militar de las Malvinas por orden del gobierno de Buenos Aires la ha traído hasta aquí enlazándola con sus sueños y proyectos. El la llama su misión. Se la había explicado muchas veces. Aspiraba a que este grupo de cien personas, de nacionalidades diferentes: un portugués, alemanes, españoles, ingleses, gente de varios países, negros venidos de Dios sabe dónde y los gauchos; se multiplicara y pudiera constituirse en una población estable y con el tiempo en una ciudad.
En este hoy del invierno de julio de 1929, esta era su realidad. 
Sus dos hijos pequeños Luis Emilio y Luisa, un tercero en camino con solo tres meses de gestación en su vientre; su esposo, el hermano Loreto y su cuñado Emilio. Allí terminaba el inventario de sus afectos familiares. En lo material algunos muebles y el piano su seguro acompañante, lleno de nuevos sonidos para armonizar con el paisaje.
Algunos días más se caen del almanaque, días muy cortos que como chicos cansados buscan la tranquilidad cálida de las hojas del diario de María Vernet que registra escrupulosamente cada uno de estos periodos de tiempo. Así el quinto día, 20 de julio, marca su primera y gran responsabilidad. Debe abrir su casa y tocar el piano y hacer una velada para esta insipiente sociedad. Piensa que en estos días la oscuridad prematura es como un pozo. La luz de las velas, la buena lectura, la música, tal vez logre entrar en ese túnel que comienza a abrirse cuando el sol se oculta. Llegó el momento. Sobre una mesa improvisada, están las copas, los pastelitos preparados por la negra Gregoria, los licores…
Emilio entra de golpe con buen ánimo, cuelga el capote y abre el piano, invitando a su cuñada con cortes ademan.
Los alegres acordes de una mazurca, recibe a los que llegan. Los hombres y mujeres saludan a María que ha dejado de tocar y se aproxima al grupo. María brilla hoy como en los salones de Buenos Aires. Como en un sueño luminoso y confortable suspendido en medio de un paisaje inhóspito, los primeros pobladores celebran su comunión con las islas. Afuera quedan suspendidos la nieve, el, hielo y el viento…
Fines de diciembre. Humean ollas de de agua y en su habitación María se retuerce y muerde un pañuelo. La comadrona pone su mano sobre la ardida frente. Le alcanzan el vinagre… un grito prolongado y nace la primera malvinense. Le pusieron de nombre Matilde. Malvinita le llaman cariñosamente. Si no fuera por su diario, hubiera pensado que el tiempo se le voló de entre las manos llevándose el crecimiento alegre de los niños…
En estos tiempos situaciones externas complican la vida de la naciente colonia. Por pesca ilegal de lobos y ballenas en las costas de las islas provoca la reacción de los colonos; es apresada la goleta de bandera Norteamericana Harriet. Vernet entiende que comienza una etapa de difícil litigio. El cónsul de Estados Unidos en Buenos Aires George Slacum dice: “El pueblo de estados Unidos tiene derecho de cazar y pescar donde quiera.”
No siempre existe concordancia entre el ánimo y el paisaje. Pero si hay un 30 de agosto, Día de Santa Rosa, nublado y ventoso. En que se disparan los 21 cañonazos que conmemoran la soberanía argentina y la toma de posesión de las islas. Un grupo de hombres y mujeres se apiñan alrededor del mástil tiene un significado diferente para los colonos y los Vernet, es la tierra propia, para los marineros norteamericanos solo un impedimento de pronta solución. Malvinita, bajo la mantilla de lana duerme plácidamente en brazos de su mamá; ni las salvas pudieron despertarla. Abajo en la bahía los marinos extranjeros siguen la ceremonia con displicencia. Hay algo más intenso que el frio que la estremece. Es la proclama que resuena en ella con toda su voluntad y fuerza. María es ya parte de las islas y quiere que sus hijos y los hijos de sus hijos hereden la pertenencia… No fue así… En 1833 fueron tomadas por la fuerza del imperio británico. María de Vernet y “Malvinita” no están en este presente. Las islas siguen en las mismas usurpadoras manos. Lo que es permanente es la voluntad de pertenencia de argentina sobre ese territorio nacional.
Las islas Malvinas forman parte de esta mística patagónica, la parte del territorio que no se ve, es el Mar Epicontinental Argentino.
Esta plataforma es una continuación morfológica, de la Patagonia Extra Andina. Es una meseta sumergida que desciende en forma de escalones y a partir de unos 543 Km de Río Gallegos emerge formando las Islas Malvinas, que son por irrefutables derechos geográficos e históricos ABSOLUTAMENTE ARGENTINAS.

 

 

(*) Escritor de Río Gallegos. Contacto: destellospatagonicos@gmail.com