PATORUZITO

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

 

En oportunidad de recordar en estas páginas al cacique Patoruzú, se dijo que para rastrear más su “prosapia sureña” era necesario estudiar a Patoruzito; esa otra creación de Dante Quinterno. Que es el mismo personaje, por supuesto, pero en su infancia. Ambos son hijos de Patoruzek y descendientes de Patora “La Tuerta”; cuyos recuerdos guardan en el templo cerrado con la proverbial llave anhelada por muchos malhechores. Así reza el testamento paterno, que se conoce en el primer episodio de las correrías del caciquito, “Chiquizuel, el brujo diabólico”: “Yo Patoruzek designo a mi hijo Patoruzito, mi sucesor como cacique y dueño de estas, mis tierras…”
Sin embargo, algunos analistas dicen que en realidad no se trata del Patoruzú niño. Afirman que son dos figuras distintas que coexisten; dado que sus aventuras son contemporáneas. Pero no es cuestión de transformar este artículo en un estudio filosófico: la tira no es un compendio de ontología; se trata sólo de una historieta para chicos. Y tampoco es un estudio de sociología o ciencia política, como aducen otras interpretaciones.
Es paradójico, pero Patoruzito nació después que Patoruzú. La primera aparición de Patoruzú fue el 19 de octubre de 1928. La de Patoruzito diecisiete años después, el 11 de octubre de 1945. Su principal dibujante fue Tulio Lovato, uno de los más cercanos colaboradores de Quinterno; en tanto los argumentos eran de Marco Repetto, Mariano Juliá o Laura Quinterno. Desde el primer número, Patoruzito estuvo acompañado por Isidorito.
Como fue analizado por algunos aficionados al tema, una diferencia entre las andanzas de Patoruzú y las de Patoruzito, es que las primeras transcurren en forma usual en un ambiente urbano, en tanto las otras se desarrollan en un entorno rural. Ergo, en las páginas de Patoruzito se pueden encontrar más referencias a la Patagonia. Desde su presentación inicial se aclara que es “tehuelche” y también “patagón”; y se introducen elementos regionales. Sin dudas, se hace sin excesivo rigor científico; pero sí presentando rasgos suficientes para caracterizar la zona: los inviernos nevadores, la presencia de fósiles y paleontólogos, la existencia de tribus, como los Gargantúa, que evocan las fábulas de los gigantes patagones. El paisaje, en general, recuerda a la precordillera. Se ven en forma permanente las siluetas de las lejanas montaña; en las cuales también a veces suceden lances.
Más allá de imprecisiones lógicas, los cuadros de la historieta no puede dejar de traer recuerdos a quienes de chico hayan pasado algún verano, en carácter de puebleros invitados, en alguna estancia del sur. Las mateadas y los cuentos de aparecidos en la cocina de los peones, el vislumbrar a lo lejos los jinetes de alguna columna militar montada de maniobras, como las que podría conducir el tío de Isidorito, los paseos a caballo acompañando alguna faena rural y algún que otro galope desbocado… Muchas veces en las peripecias se introducen componentes típicos del folklore argentino. Por ejemplo, el episodio “El Rey de la Pradera”, en el cual Patoruzito recibe a su potrillo Pamperito, se inicia con una serie de referencias a mitos criollos, como la mula ánima, el hombre tigre o la muerte de blanco; y en su transcurso Isidorito narra completa la leyenda del Bragado.
Con el tiempo, el pequeño gran cacique también tiene sus aventuras en Buenos Aires e incluso viaja al extranjero; como cuando en “Ludovico Rey” va al “Reino de Limburgo”. A veces lo hace acompañado por Isidorito –que entre la década de los sesenta a los setenta cambió su característico vestuario infantil con moño y pantalones cortos, por campera, polera y pantalón largo– y otras veces sólo. Esta referencia a su compañero de correrías, lleva a presentar otra característica de la historieta: el grupo de personajes secundarios que forman el marco de las andanzas del caciquito y que también hacen cuadro a las del cacique. Además de Isidorito están la Chacha Mama, famosa por sus empanadas, Ñancul, el capataz con nombre de resonancias regionales, el malvado brujo Chiquizuel y su nieto Chupamiel, permanentes conspiradores que quieren quedarse con la estancia del protagonista, el capitán Cañones, quién con los años llegaría al grado de coronel, Pierre, el administrador francés del hotel porteño. A esas figuras constantes se agregan otras, buenas y malas, que van y viene por sus páginas. Ciertas veces se introducen personalidades de la vida real, como Martín Karadagián y Juan José Pizzuti.
Es de notar que cada tanto, como para dar fuerza al acierto de que indagando en las páginas de Patoruzito se encontrarán las claves de Patoruzú, aparece algún dato sobre los atributos familiares. Por ejemplo, en “Magnate pero bandolero”, uno de los habituales truhanes pregunta por qué los dedos gordos de los pies de los Patoruzek apuntan al cielo. “La fuerza de su raza nacía en la raíz de su cabello, corría por sus arterias y se concentraba en sus dedos gordos para de ahí irradiar al cielo”, explica con seriedad el joven mandamás.
Patoruzito tiene los rasgos que va a mantener cuando sea grande y se transforme en Patoruzú: honradez, valentía física y moral, nobleza, bondad, humildad, sobriedad, caridad, modestia, seguridad en sí mismo; un muestrario de aquellas buenas cualidades que Dante Quinterno intuyó en los pobladores de la Patagonia. No es poco homenaje el que el genial artista hizo a la región.

 

 

Nota: los datos para esta nota fueron tomados del tomo número 13, “Patoruzito. Dante Quinterno” de la Nueva Biblioteca Clarín de la Historieta (Arte Gráfica Editorial, Buenos Aires, 2007). En el año 2004 se estrenó la película “Patoruzito”; y en el 2006 “Patoruzito: la gran aventura”. Por referencias, se sabe que en estos filmes se cuenta una historia del personaje; que no coincide con algunos datos que surgen de la lectura de sus historietas. El autor de estas líneas prefiere basarse en lo que revelan esas tiras; que describen al Patoruzito que conoció en su infancia.