SOY LECTOR

 

Por Kayra Wicz (*)

 

Recuerdo que durante las siestas de mi niñez lo único que se sentía en toda mi casa era la máquina de coser de mi madre. En la pared, al lado de la ventana donde cosía había un cartel que decía “Si usted ha sido explotado, no permita que su hijo lo sea”.
Años más tarde en una visita al museo Evita de Chapadmalal, vi el afiche completo. En esas tardes mi madre me ponía a leer cualquier cosa en voz alta. Y siempre mi pregunta era esta: “¿por qué tengo que leer esto?”. Mi madre se levantaba y decía “Para que nadie te explote”. Rotunda era. Y con el dedo marcaba la palabra explotado. Hasta creo que aprendí leer con esa palabra.
Hasta los 12 años la lectura fue elegida por mi madre. Obligada. Un día de enero de esos 12 años me paré delante de la biblioteca. Leí todos los lomos. Un título llamo mi atención “La metamorfosis”. No comencé a leerlo, sino a devorarlo. En aquel verano de 87 me convertí en lectora. No antes. A partir de ahí empecé a aprender, a interpretar, a formar opinión, a ser. Al elegir la formación docente como carrera entendí que tenía como función primordial la de ser un mediador que permita el acceso a toda la información posible y que la elección de la lectura debía ser un acto de libertad. La lectura literaria obligatoria sólo es realmente útil para la consecución del objetivo prioritario de desarrollar la competencia lectora, y así ampliar los horizontes de las lecturas personales. La implicación personal es un beneficio común a todos los procesos de aprendizaje, como así también la falta de la implicación personal es la causa más frecuente del fracaso escolar.
El poder como seres lectores es universalmente temido porque se sabe que la lectura puede convertir a dóciles ciudadanos en seres racionales y capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria y a los abusos de poder.
Los lectores de libros amplían o concentran una función que nos es común a todos. Leer letras en una página no es más que una de las muchas formas de leer. El astrónomo lee un mapa de estrellas. El arquitecto lee su plano. La modista sus moldes. El jugador lee sus cartas. El bailarín lee los movimientos del coreógrafo. La música leída en las manos del director es la orquesta que brota. El ciego se deja llevar por sus dedos. El campesino y el pescador leen los signos de la naturaleza. Todos ellos comparten la habilidad de descifrar y traducir signos.
En todos los casos es el lector quien interpreta el significado. Todos nos leemos a nosotros mismos y al mundo para vislumbrar qué somos y dónde estamos.
El objetivo de la formación literaria es el de potenciar y guiar la necesaria libertad que se debe tener como lector literario según su competencia lingüística, su sensibilidad y su capacidad recreadora.
La literatura tiene sus componentes de subjetividad, de individualidad que no podemos cuantificar, pero si destacar. La literatura es una “experiencia”, es decir, algo que implica la propia vida y se inscribe en el ámbito personal, puede ser comunicada, pero no transmitida. Y aún en caso de ser comunicada lo será por una decisión, libre y sujeta a restricciones que cada uno impone.
La competencia literaria permite interpretar la plurisignificación del texto literario que es inherente a su esencia, como lo muestran las diferentes lecturas que aporta cada lector. Desde Roland Barthes se sabe que el texto literario no está acabado en sí mismo hasta que el lector lo convierte en un objeto de significado, el cual será necesariamente plural. Penetrar en un texto literario es abrir un puente desde la propia realidad – una existencia singular, en un momento preciso, desde una cultura determinada, en una encrucijada histórica precisa, con una cotidianeidad y en un contexto definido – hasta la realidad del autor. A diferencia de la escritura, la lectura no se puede escapar de su condición dialéctica: la lectura siempre es diálogo.
Leer es como respirar, es una función primordial. En el acto de lectura se encuentra el principio social. Aprender a leer es un rito de paso, durante toda nuestra vida la experiencia es acumulativa y avanza por progresión geométrica.
Los lectores somos capaces de milagros. Resucitamos mensajes del pasado. Entre un lector y un libro se engendran pensamientos, ideas, sueños, se redefine el universo. Cuando leemos nunca estamos solos.

 

 

(*) Colaboradora del blog.

 

 

Bibliografía:
Barthes, Roland, El susurro del lenguaje, Barcelona: Paidós, 1994.
Bovo, Ana María, Narrar, oficio trémulo. Conversaciones con Jorge Dubatti. Editorial Athuel, 2002.
Manguel Alberto, Una historia de la lectura, Emecé,2005.
Montes, Graciela, La gran ocasión, Argentina, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 2006.
Montes, Graciela La frontera Indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético, Fondo de cultura económica, 1999
Petit, Michele: Lecturas del espacio íntimo al espacio público. Material fotocopiado, sin datos de edición).