LOS LIBROS Y LAS IMÁGENES

 

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

 

En la novela “Padres e hijos” de Ivan Turguenev, el protagonista, Bazarov, afirma: “El dibujo me ofrece en una imagen lo que en un libro se desarrolla en diez páginas completas”. Esto es muchas veces cierto; y lo es sin dudas para una persona que no sabe leer, para quien una ilustración no vale diez páginas sino infinitas; ya que ni una sola palabra tiene utilidad para él. Pero también es verdad que los vocablos no sólo permiten transmitir imágenes visuales sino auditivas, olfativas, táctiles, gustativas, difíciles de graficar; y, sobre todo, pueden comunicar ideas abstractas, pensamientos y sentimientos, que es el terreno de lo literario. Por otro lado, la escritura, en cuanto a representar lo captado por la vista, recurre a la imaginación. Cada lector recrea la fisonomía de los personajes, sus vestimentas, los lugares donde transcurren las acciones, según su propia inventiva. Es una tarea creativa que no deja lugar al estereotipo ni admite el producto enlatado.
Sin embargo, Literatura y artes plásticas se han llevado bien desde largo tiempo atrás; y ello no escapa a las letras relacionadas con la Patagonia. De hecho, algunas de las estampas más emblemáticas de la región difundidas en la Europa antigua, fueron hechas para un libro. Cuando en 1766 vuelve a Inglaterra la expedición del Comodoro John Byron —abuelo del poeta Lord Byron—, trae la noticia de que realmente existían los gigantes de la Patagonia a los que había hecho referencia Pigafetta. A poco de su regreso, en 1768, se publicó un volumen de autor anónimo donde se hablaba de tales portentos; y se reproducían dos viñetas, que se transformaron en alegorías de esos territorios lejanos: las de un hombre y una mujer con un niño, de proporciones ciclópeas, en compañía de un europeo que a su lado semejaba un escuálido liliputiense.
Un año más tarde, en un texto del Abate Pertney, quien había acompañado el viaje de exploración de Bouganville a las Islas Malvinas, se incluyen nuevas ilustraciones de los colosos patagones muy similares a las anteriores; también difundidas en forma amplia. Una digresión literaria: a raíz de los relatos propalados por los marinos de Byron, el tema de los titanes sureños fue objeto de atención por parte de la sociedad inglesa. Es así que el escritor Horace Walpole, autor de “El Castillo de Otranto”, título considerado como la primera novela de terror gótico, escribe un breve ensayo en tono sarcástico llamado “An account of the giants lately discovered”; donde dice:
“All that public can learn yet is, that captain Byron and his men have seen on the coast of Patagonia five hundred giants on horseback”.
Volviendo al tema principal, los santos fueron acompañando los folios a lo largo de la historia, pasando de los dibujos a la fotografía; e incluso combinando ambas técnicas. Las ilustraciones también saltaron a la tapa de los volúmenes. Con el advenimiento de nuevas tecnologías de impresión, se facilitó la inclusión de figuras en las obras; y se cimentó la variante de la infografía y otras técnicas parecidas; en cuyo extremo más alejado se sitúa el “libro de artista”. Éste no sólo recurre al grabado sino al objeto; y, pasando a los terrenos de la pintura y la escultura, escapa del dominio de la Literatura. Dentro de las numerosos frutos que ofrece esta irrupción de lo gráfico en lo textual, pueden encontrarse las recopilaciones de fotos, los volúmenes de cuentos para chicos, pletóricos, como es lógico, de láminas coloreadas; y la historieta, variantes todas hallables en la Literatura regional.
En una oportunidad, la autora chubutense Margarita Borsella empleó el término “Literatura ilustrada” para nombrar una exposición en la cual presentaba algunos de sus escritos, acompañados de tomas fotográficas también de su creación. Con el tiempo, la instalación se transformó en un libro, “Silencios”; donde esta simbiosis ente las letras y la plástica se vislumbra página a página. La amalgama de las dos disciplinas se ve en otras obras; como “Microficciones Ilustradas”, microrrelatos, relatos y poemas del escritor de Río Gallegos Paulo Neo y dibujos de Andrés Casciani, la “Antología Íntima” de la fueguina Niní Bernardello con los aportes plásticos de Maximiliano López o la novela ilustrada “La Santa Cruz de Hielo”, de Luis Ferrarasi, graficada por Andrés Berón, ambos artistas santacruceños.
Hay un estrecho vínculo de la imagen y la palabra con la realidad, a la que interpretan en abstracto. A veces la exponen tal cual es; pero también pueden amplificarla, pueden llevarla por los caminos de la imaginación; y allí no hay quien alcance la acción de estas Artes. Aunque, como dijo Alfred Korzybski, “el mapa no es el territorio”. Cuando se quiere reflejar la substantividad, nada puede superarla. Se puede fotografiar o describir una escena o un paisaje. Por ejemplo, la visión de un lago cordillerano, desde la falda boscosa de una montaña, un mediodía de verano. Pero ni la imagen ni las letras podrán hacer sentir lo que se percibe en forma objetiva estando presente en ese momento en el lugar; la combinación de placer estético que brinda a los ojos la naturaleza bajo la luminosidad propia de la hora del día, la tibieza del sol calentando la piel, el rumor de algún arroyo lejano o el zumbido del vuelo de un insecto; y el olor de la resina de los alerces. De lo real a lo virtual hay un gran paso.