TESTIMONIO SIMPLE PARA ESTA TIERRA DEL SUR

 

Por Anita Aracena (*)

 

 

Chubut, tu nombre, se alarga con las estrellas.
Los sueños de la infancia vuelven mirando el cielo.
De nuevo dibujo con las nubes
Y espero la noche acercarse mientras el viento se levanta
y todo el corazón se dobla sin hablar
entre la jarilla y el jume.
La pampa agita sus pequeñas ciudades verdes.
A veces, un molino solitario
dialoga con las gotas de agua.
Antes, eso era antes, el río venía
con un cielo navegando en las velas
y un mar lejano salado y marinero.
Vino la pequeña lluvia y el trigo a la orilla del agua.
Acaso el mismo que juntaba las canciones
entre la primavera y el humo que subía el invierno
de una aldea de Gales.
Que puso un día, campanas en el valle,
sobre el río, el cielo y los álamos.
Antes, todavía antes, los indios madrugadores de senderos
aprendían la luz que manejaban las flechas
Alguien debe recordar en la ciudad de los rascacielos
entre la sucia soledad del aceite y el humo
el sabor de los calafates y la mirada lechosa
de los chulengos,
el rincón donde se juntan las torcazas
y el zumbido de los tábanos después del mediodía.
El pulso inicia el paisaje que trepa por la sangre
porque quiero decir la patria chica
con la sonrisa botada de sol y mar
hasta que las estrellas inunden los ojos
y los sueños de los niños sigan creciendo en el sur.

 

 

(*) Escritora de Comodoro Rivadavia. El poema es de su libro “Cómo son de azules las palabras” (Edición del autor, Comodoro Rivadavia, 1986).