EL TERROR QUE VINO DE GALES

 

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

 

 

    El escritor Fernando Nelson principia su cuento “El pasajero indeseable”, incluido en el volumen “Cuentos de la Patagonia” (*), con una cita del rico e imaginativo folklore galés: “Es una criatura con el cabello desgreñado, largos dientes negros, brazos que cuelgan muy flacos a los costados; se dice que su alarido puede, literalmente, helar la sangre en las venas de quienes los oigan”. Y es ese alarido, “Oh!, Oh!, fy ngwr, fy ngwr!”, el que en la obra de Nelson pronuncia un extraño ser, instalado en lo alto del palo mayor del velero en el cual unos colonos navegan hacia el Valle del Chubut; allá por mil ochocientos setenta.

   La referencia alude a la leyenda del Cyoeraeth; y fue tomada del volumen de William Howells llamado “Cambrian Superstitions, Comprising Ghosts, Omens, Witchcraft, Traditions &c”; una recopilación del acervo mítico de Gales publicada en 1831. Howells reúne estas tradiciones impulsado por el premio ofrecido por el editor de un periódico; pero también movido por su deseo de rescatar las ancestrales creencias que ya habían sido recuperadas en otros sitios de Gran Bretaña.

   Por Howells nos enteramos que el espantajo mencionado por Nelson es mujer, ya que gime “¡mi marido!, ¡mi marido!”. Si se hubiera tratado de un hombre, su grito hubiera sido “fy ngwrayg! fy ngwrayg!” (¡mi mujer! ¡mi mujer!). En su enjundioso tratado, Howells describe muchas otras costumbres misteriosas, como la del “All hollow E´en”, además de diversas supersticiones y consejas. También trata sobre la presencia de las hadas; recordando que la “Fata Morgana” era Morgan le Fay, hermana del Rey Arturo. Todas estas imaginativas manifestaciones hablan del ubérrimo legado cultural de la “tierra de poetas y cantores”.

   Los agrestes paisajes cambrianos y sus resonancias célticas, dieron lugar a muchas piezas de horror de la mano de literatos como Arthur Machen; uno de los mejores autores del género fantástico de todos los tiempos, cuya calidad literaria fuera alabada por Jorge Luis Borges.

   La obra maestra de este escritor es el cuento largo -o novela corta- “El Pueblo Blanco”, de 1899. Howard Phillips Lovecraft lo incluyó entre las diez mejores producciones de la Literatura de terror universal; y el editor y estudioso de ciencia ficción Everett Franklyn Bleiler lo llamó “probablemente el mejor relato sobrenatural del siglo, tal vez de la literatura”. Esta opinión es compartida por muchos lectores, como permite ver una rápida recorrida por distintas páginas de internet de aficionados al género. “¿Conoce el verdadero terror?”, dice un personaje a otro al inicio de la historia. Y para que lo conozca le entrega “El cuaderno verde”; un escrito que muestra la potencialidad artística de la narración fantástica, con plásticas descripciones que recuerdan – por varios motivos – las inquietantes páginas de las “Instrucciones para un descenso al infierno” de Doris Lessing y de “El tercer policía” de Flann O´Brian. Algunas lecturas entienden que el espanto surge de las experiencias de la niña al ser introducida al mundo de la magia por su institutriz. Pero el verdadero terror, el que menciona el personaje al principio del relato, es distinto; y su esencia se revela, en forma magistral, en el último párrafo de la obra.

   Machen repite la técnica de una ficción dentro de otra, en la novela “Los tres impostores”; que a su vez incluye “La novela del sello negro”. Esta última creación transcurre en Gales; donde las leyendas pre-romanas se mezclan con los cultos primordiales de pueblos pretéritos. Años más tarde, en esos escenarios el escritor Colin Wilson ambientó “El regreso de los Lloigor”; un texto perteneciente al “Ciclo de Ctulhu”.

   Pero hubo un investigador que estudió la mitología britana en forma científica: Sir James George Frazer. En su inigualable ensayo “La Rama Dorada”, rescata numerosas tradiciones cámbricas que contienen muchas de las ideas que dieron lugar a las fantasías ambientada en esos parajes. Habla, por ejemplo, de la costumbre de encender los “Fuegos de Beltane” en las cumbres de las colinas; honrando una deidad cuyo nombre provendría del sanguinario dios Baal del Oriente Medio. Dice Frazer: “También en Gales se acostumbraba encender fuegos de Beltane a principios de mayo… Ponían tortas de harina de avena y de harina morena cortadas en cuartos en un saco pequeño para harina y todos los presentes tenían que sacar un trozo… A todas las personas a quienes tocaba un trozo de la torta morena, se las obligaba a saltar tres veces sobre las llamas o a pasar corriendo por entre los dos fuegos, lo que significaba asegurar una cosecha abundante…”

  El antropólogo inglés reconoce en tales ritos ígneos una pervivencia de los sacrificios humanos celtas: “Es importante…” dice, “que se conozca por pruebas irrecusables que los celtas efectuaron sistemáticamente los sacrificios humanos por el fuego…” La forma en que eran realizadas estas inmolaciones se expone muy bien en el filme británico de 1973 “El hombre de mimbre”, dirigida por Robin Hardy. En el 2006 se hizo en EEUU una nueva versión, llamada también “El hombre de mimbre”; cuya corrección política hizo perder mucho del encanto del original. Daba, sin embargo, una de las claves del tema que quiere tratar esta nota. En esa película, la sacerdotisa pagana Summerisle dice: “Mis antepasados celtas trajeron sus tradiciones a América”. Con el mismo concepto, el autor de estas líneas escribió un cuento titulado “De la supervivencia del culto al dios Baal”; publicado en este blog hace un tiempo con poco éxito. Por el contrario, fue exitoso el intento de Nelson; quien acierta al traer esos mitos a la Patagonia a través de los inmigrantes galeses.

   El trasvase de las antiguas creencias del país del Dragón Rojo a las costas del Chubut, resulta subyugante y plausible. Es inspirador imaginar que, siguiendo la estela de las naves que cruzaban el Atlántico, en sus mástiles y cofas, en sus bodegas y pañoles, vinieron a la Patagonia los espectros ominosos, los espíritus druídicos, los entes feéricos del viejo Cymru; y se aposentaron en las márgenes del río sinuoso. Si fuera así, si en los parajes del Camwy morasen los seres sobrenaturales de Gales, no sería ocioso para los habitantes de esta comarca tener presente la sana advertencia que William Shakespeare pone en boca de Falstaff en “Las alegres comadres de Windsor”:

                                                                       “Heaven defend me from that Welsh fairy”

 

 

(*) “Cuentos de la Patagonia”. Nelson, Fernando. (Ediciones Fernando Nelson, Puán, 2015). Mail del autor: literaturaspuan@gmail.com