FRAZER EN LA PATAGONIA

 

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

 

Frazer nunca estuvo en la Patagonia. Tampoco usó demasiados testimonios sobre las tradiciones de los nativos de la región en “La Rama Dorada”, su obra maestra editada por primera vez en 1890. Allí menciona la zona al hablar de la renuencia a pronunciar el nombre de los fallecidos, que, dice, “parece prevalecer entre las tribus indias de América, desde la Bahía de Hudson hasta la Patagonia”. Dos veces más trata en ese trabajo de las costumbres de los habitantes primigenios del lugar, describiendo la reacción de un grupo de patagones ante la aparición de un brote de viruela y la resistencia de los araucanos a revelar su antropónimo.
Sin embargo, el legado cultural patagónico hubiera aportado un importante caudal de datos para apoyar la hipótesis del sabio. Así lo entendió el investigador y escritor neuquino Gregorio Álvarez, admirador de la obra de Frazer, al denominar “El tronco de oro” a su magnífico estudio sobre el folklore provincial. Si bien se refiere a un mito local, tiene en mente el libro del erudito inglés; y lo cita varias veces en su texto.
Por ejemplo, al traer a colación los “festivales ígneos” y la costumbre de la “Cruz de Mayo” en el norte del Neuquén, los vincula con las creencias paganas que menciona Frazer: “En el libro La Rama Dorada, de Frazer, vemos que esta tradición, con algunas variantes, se conserva en Escocia, Irlanda, Países Escandinavos, norte de Francia y otros países de Europa”. Vuelve a recurrir a Frazer cuando habla del animismo; y también al estudiar el “árbol de fuego” o “árbol ombligo”, que, siguiendo al británico, asocia a los ritos de fertilidad.
En su indagación sobre los cuentos de origen indígena en el acervo neuquino, incluye una interesante referencia. “En algunos casos”, dice Álvarez, “coinciden con los asuntos, mitos y supersticiones que Frazer apunta como materia costumbrista en su maravilloso libro La Rama Dorada”. El autor repite el concepto en su ensayo “Substratum y pervivencia del folklore del Neuquén”. Otro investigador del folklore sureño, Robert Lehmann Nitsche, observa algo similar. En “La pretendida existencia actual del Grypotherium”, trabajo de 1902, afirma “Los mitos de los hermanos Grimm, por ejemplo, están en boga entre los araucanos con más o menos variantes…yo mismo he anotado para la República Argentina el cuento de los hermanos Hansel y Gretel y Los músicos de la ciudad de Bremen…”. Frazer recuerda esta afinidad al comparar el temor de ciertos pueblos a divulgar los nombres propios con “el enano que baila alrededor de la hoguera, en el cuento de Grimm, cantando que mañana se casará con la hija del rey, porque nadie sabe que se llama Sin nombre; cuando lo oyen los niños y descubren su secreto, pega una patada de rabia y se hunde en los antros infernales.”
La hipótesis que Frazer presenta permite entender mejor la acción humana; no sólo en el pasado sino también en el presente. Plantea que al inicio de su encuentro con la naturaleza incierta, el ser humano probó el camino de la magia; intentando vínculos racionales aunque erróneos. Frazer llama a esta magia simpatética, con dos variantes: la homeopática y la contaminante. Por este nexo con el ocultismo, el escritor Carlos Dante Ferrari transcribe una frase de La Rama Dorada en la solapa de su novela El gallo canta a medianoche.
Al darse cuenta de que la magia fallaba, la humanidad pasó a un nuevo estado: la religión. No dependía de su voluntad modificar la realidad, sino de entes superiores a quienes debía recurrir. Cuando, con el tiempo, esta pretensión pareció poco eficaz, avanzó un escalón. Volvió a las relaciones lógicas, ahora con un método, la ciencia, que unía en forma correcta causas y efectos. De todas maneras, Frazer no descarta que surja una nueva visión superadora; una cuarta forma de interactuar con la naturaleza.
Esta explicación revela una profunda comprensión del ser humano como una criatura desvalida frente al implacable cosmos, que busca hacerse un lugar avanzando paso a paso, entre el miedo y la duda, por la senda del progreso. Un único ser humano que, en todos los espacios del planeta que le tocó en suerte morar, reacciona de la misma manera; porque es la misma especie en la integridad del orbe.
No se entiende, entonces, por qué surgió en los últimos años una crítica tan cerrada y uniforme contra el antropólogo europeo. Uno de los argumentos de esta crítica dice que su hipótesis no está probada. Pero las enseñanzas de Frazer interpretan en forma satisfactoria nuevas incógnitas que se presentan. Además, estas tesis teóricas son válidas mientras se disponga de datos que las apoyen. Y Frazer apoyó sus tesis con abundante material: la segunda edición de “La Rama Dorada”, entre 1907 y 1914, fue de doce tomos. Para reducirla a un solo volumen, más apto para el público, dejó de lado las citas bibliográficas; advirtiendo en su prólogo que el origen de los datos puede encontrarse en la versión completa.
Otro reproche es que Frazer elaboró sus teorías mediante el testimonio de terceros y no de los suyos propios. No obstante, son numerosos los estudiosos en ciencias sociales que recurren a material ajeno a fin de acceder a una mayor cantidad de casos. Por otro lado, Frazer también hizo “trabajo de campo”; por cuanto obtuvo una parte importante de su información en las Islas Británicas, donde vivía.
Una tercera objeción asegura que Frazer ve tres estadios distintos en sucesión cronológica; y sin embargo existen registros de la coexistencia de magia y religión. De hecho, pueden convivir los tres estados: en la actualidad lo hacen los pensamientos mágico, religioso y científico. Mas de lo que habla Frazer es de la evolución del raciocinio en etapas como categorías de análisis; donde la magia es la más primitiva.
Más allá de estas consideraciones, “La rama dorada” tiene un valor literario innegable. Es de un estilo atrayente y entretenido; y recurre muchas veces al humor y a la poesía. Al inicio de su obra, el autor describe la escena cuya elucidación lo llevó a realizar sus investigaciones, la del rey sacerdote de la diosa romana Diana en el bosque de Nemi, de una manera sumamente plástica:
“Alrededor de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el puesto sacerdotal… El ensueño azul de los ciclos italianos, el claroscuro de los bosques veraniegos y el rielar de las aguas al sol, concordarían mal con aquella figura torva, siniestra. Mejor aún nos imaginamos este cuadro como lo podría haber visto un caminante retrasado en una de esas lúgubres noches otoñales… Es una escena sombría con música melancólica: en el fondo la silueta del bosque negro recortada contra un cielo tormentoso, el viento silbando entre las ramas, el crujido de las hojas secas bajo el pie, el azote del agua fría en las orillas, y en primer término, yendo y viniendo, ya en el crepúsculo, ya en la oscuridad, destácase la figura oscura, con destellos acerados cuando la pálida luna, asomando entre las nubes, filtra su luz a través del espeso ramaje”.
Y el viaje iniciado en ese primer capítulo, culmina en el mismo sitio con una poética descripción:
“Nuestro largo viaje de descubrimiento ha terminado y nuestra barca arría al fin su cansado velamen en el puerto. Una vez más tomamos el camino a Nemi. Está cayendo la tarde y mientras subimos la larga cuesta… miramos atrás y vemos el ciclo encendido en la puesta del sol, iluminando a Roma con su resplandor dorado como la aureola de un santo agonizante… Pero volvamos la espalda y sigamos nuestro camino… hasta llegar a Nemi… El lugar ha cambiado poco desde que Diana recibía el homenaje de sus devotos en el bosque sagrado. Es verdad que el templo de la diosa de la selva ha desaparecido y que el rey del bosque ya no está de centinela ante la Rama Dorada. Pero los bosques de Nemi todavía son verdes y cuando el crepúsculo va decolorándose por el Oeste, llega a nosotros, llevado en las alas del viento, el sonido de las campanas de la iglesia de Aricia, llamando al Ángelus…”
Al leer un texto con tal calidad artística, se entiende por qué el ensayo ganó el derecho a formar parte de la Literatura.