NAVIDAD PATAGÓNICA

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 
 
 
 
“Cuando Mr Frogdner dijo: –Bueno, así que mañana es Navidad! –el campamento pareció callarse…” Así comienza Andreas Madsen su relato “Mi primera Navidad en la Patagonia”, incluido en el volumen “Relatos nuevos de la Patagonia Vieja”. El campamento mencionado era el vivac de la comisión demarcadora del límite entre Argentina y Chile a cargo de Ludovico Von Platen; próximo al Lago Argentino, a fines del año 1901. Allí acampaban seis daneses, un alemán, un francés y un noruego. En las cercanías lo hacían cuatro galeses, a cargo de los carros que habían traído a los expedicionarios desde el Valle del Chubut.
Se despertó así entre estos hombre la idea de celebrar esa rara Navidad “sin nieve, trineos y tintineos de campanillas”, como dice uno de ellos. Cortaron un calafate a guisa de arbolito de Navidad; y lo adornaron con tiras de papel metalizado de los paquetes de tabaco, banderas de sus países pintadas a lápiz sobre cartón y trozos de velas. Esa noche, Von Platen invitó a los galeses a unirse al festejo. Sigue la crónica:
“Después de cenar nos sentamos a conversar y a esperar que obscureciera lo suficiente para sacar el árbol y encender las velas. Finalmente llegó el gran momento. Lo transportamos con cuidado… y encendimos las velas. Los galeses abrieron grandes los ojos, parecían totalmente confundidos, estoy seguro de que ascendimos mucho en su respeto. Los galeses son gente sólida y seria, que saben respetar y atesorar las tradiciones y el respeto a Dios. Hubo un gran silencio en el campamento (…) Entonces Frodgner comenzó a cantar despacito “Julen har bragt versignet bud” (“La Navidad ha traído un mensaje bendito”), y de pronto sonó con fuerza el conocido salmo navideño en la tranquila noche patagónica…”
“… Los galeses canturreaban la música, ya que no conocían las palabras… Von Platen les preguntó sino querían entonar uno de sus himnos navideños, y ello cantaron en galés. No comprendíamos nada, pero nos quedamos sentados como encantados, oyendo su hermoso canto, algo melancólico… Por último cantamos “Glade jul, dejlige jul” (“Noche de paz”, en danés)… Von Platen se levantó y dijo, muy despacio, – “Buenas noches y Feliz Navidad” y cada uno de nosotros se dirigió en silencio a su carpa…”
Madsen no es el único autor que trae el recuerdo de la Navidad a la Literatura Patagónica. Ese gran escritor y estudioso que fue Gregorio Álvarez, en su excelente obra “El tronco de oro”, habla de las tradiciones navideñas en la cordillera neuquina en los primeros años del siglo XX:
“… llama la atención el que no se acostumbre a festejar la Nochebuena entre la gente de campo, ni la víspera de Año Nuevo. En cambio lo hace con mucho entusiasmo los días marcados en el almanaque como de Navidad, Año Nuevo y Reyes. Los festejos revisten distinta modalidad según se trate de los pueblos, o del medio rural. En los primeros, la fiesta empieza con la misa del Gallo, celebrada a las 24 horas del día 24 de diciembre, para proseguirla al día siguiente con la Misa de Navidad. Después… la gente regresa a sus hogares donde les espera una buena taza de chocolate acompañada generalmente con tabletas (alfajores) y lulos (bizcochos caseros). En el campo, donde no existen templos, la gente se desplaza a caballo hasta las casas de parientes y amigos para saludarles … En las iglesias y capillas de pueblos de cordillera se prepara el pesebre de rigor o “nacimiento” con las efigies del Niño Jesús, Virgen María, San José, ángeles, pastores, reyes magos, un asno y un buey…”
Álvarez describe que el día de Navidad se acostumbra entonar “el canto llamado Las Alabanzas, con versículos apropiados para la Navidad, llamados Villancicos en otras partes…”. Y da algunos ejemplos:
En el monte de Belén / hacen fuego los pastores
para calentar al Niño / que ha nacido entre la flores.
Del tronco nace la rama / Y de la rama la flor
De la flor nació María / Y de María el Señor.
Un escritor que se ha inspirado en el ambiente navideño, fue el rionegrino Pascual Marrazzo; quien escribió una serie de relatos breves alusivos a “las Navidades”; como “El hombre de la bolsa”:
“Era Noche Buena y el hombre tenía aspecto de sombra, sólo los ojos le brillaban y le daban un tinte humano. Los niños corrían cuando él deseaba acercarse, arrastrando una bolsa. ¡El hombre de la bolsa! Gritaban… convencidos de que era una negra bestia que quería capturarlos. El hombre de la bolsa (por llamarlo de alguna forma) viendo que con su figura ancha y torpe para caminar no conseguiría… superar a los chicos, se confundió en la noche rumbo al río. Cuando llegó a la orilla… se metió en el agua y lavó sus ropas y su cuerpo. Al cabo de dos horas renovaba su andar totalmente seco y limpio, su barba lucía como la nieve y su atuendo como la capa de un torero. Los niños ya no estaban en las calles, así que eligió golpear las puertas, pues, de las chimeneas, ni le hablen.”
Para finalizar este sobrevuelo sobre la Navidad en la Patagonia, dos voces del Chubut; las dos gaimenses. Rubén Ferrari recuerda el sentido profundo de la fecha en su poema “Al hombre de todas las edades”:
No me cierres esta noche / las dos hojas labradas de tu acceso
y permite por hoy que mis andrajos / se acerquen hasta el lecho
de sedas imperiales de tus hijos. / Déjame que, sobre el sueño de ellos,
cuando las dos agujas del tiempo / se claven en las doce horas inmortales
de este veinticinco navideño, / me sienta un poco Cristo
y pueda mirarte / como Él lo hizo con Lázaro…
Yo luego me iré sin molestarte /con mis sueños de paz
y esta ternura / que no puede contener / mi pobre pecho.
En tanto en “Tiempo de verano de mi niñez”, Gwen Adeline Griffiths de Vives trae el recuerdo de una Navidad en el Gaiman de hace unos años; algunas de cuyas tradiciones se siguen manteniendo:
“Era Navidad la fiesta más ansiosamente esperada y me colocaba todos los años en la misma inquietante zozobra, ¿qué me traerá Santa Claus?… (…) Luego, en la mañana de Navidad aprendía mi ingenua inocencia la distancia que hay entre los sueños y la realidad, mas la alegría de posesión de un juguete nuevo aventaba cualquier atisbo de desilusión que hubiera podido despuntar. (…)
Presurosamente, transitaba la mañana, llena de sol de verano, en ocasiones oscurecido por grandes nubes grávidas de lluvia, que casi nunca descargaban pero alarmaban nuestro pensamiento que el más leve contratiempo maculara ese día tan esperado. La hora del almuerzo congregaba a la familia. Inolvidables comidas de Navidad donde reinaba omnipotente el pavo relleno al horno, cuya aparición, traído diligentemente por mi madre sobre una gran bandeja, provocaba el bullicio infantil. (…)
Luego a la tarde, a la capilla a tomar el té, en largas mesas cubiertas de tortas de toda clase y tamaño… (…) Terminado el concierto regresábamos reunidos en pequeños grupos marchando con lentitud en la serena paz del anochecer, que se desplegaba sobre un horizonte de azules desleídos sobre fondos escarlatas.”
Estas palabras reflejan el espíritu de la Navidad: paz en los corazones, tranquilidad en las almas. En la Patagonia, como en todo el mundo, la serenidad se adueña de los espíritus; y la Literatura no es ajena a este sentimiento. ¿O habría que poner en pasado simple todos los verbos de este último párrafo?