CABALLOS

 

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

 

El trío jinete, caballo y perro, constituye una figura insoslayable al hablar de la Patagonia. Alguien ajeno a la labor rural puede creer que es una imagen de tiempos idos; pero quien conoce la realidad de la vida en la meseta sabe que es tan habitual en estos días como lo fue siempre. Ya sea recorriendo alambrados, arreando algún piño o yendo de un puesto a otro, el hombre sobre su pingo acompañado de un cuzco ladero, a veces de varios, puede ser visto a la vera de las rutas regionales por cualquier automovilista que pasa raudo por el asfalto. Aunque la veloz máquina deja atrás pronto al centauro y su cancerbero, éste, al paso cansino o al galopón corto de su flete, seguirá existiendo; ajeno a la solipsista visión de la sociedad moderna.
Como no puede ser de otra manera, la Literatura regional ha recogido tal simbiosis en forma reiterada. Desde estas páginas se habló varias veces del montado, ya sea arriero, baqueano, mensual, capataz o patrón del campo; o un gaucho más que recorre las extensiones yermas del sur. Merece el can dedicarle a futuro una nota exclusiva. Hoy es el turno de la cabalgadura, basamento de esa unión.
La historia ecuestre en la Patagonia comenzó con los aoni kenk. Diversas fuentes aseveran que a mediados del siglo XVIII los tehuelches contaban con caballos para el transporte y la caza. Sin embargo, no puede afirmarse, como dijeron Charles Darwin en “El viaje del Beagle” y George Musters en “Vida entre los Patagones”, que ya en 1580 se los haya visto en poder de los naturales que poblaban el Estrecho de Magallanes. En ningún momento Pedro Sarmiento de Gamboa, el navegante español citado como fuente original por los dos ingleses, registra en su “Relación” tal dato. Al contrario, en todos sus encuentros con los habitantes del lugar estos se desplazan a pie. Y en el interrogatorio al que las autoridades españolas de Lima someten a Tomé Hernández, sobreviviente de Puerto San Felipe —una de las dos ciudades fundadas por Sarmiento de Gamboa en el Estrecho—, rescatado por Tomás Cavendish luego de habitar tres años la región, la respuesta es clara:
Preguntado,: si los Indios andaban á caballo, y si los hai en aquella tierra? Dixo: Que siempre los vió á pie, y que no vido caballo ninguno.
Más adelante, a fines del primer tercio del siglo XIX, las rastrilladas del norte de la región fueron holladas por los cascos de los corceles que llevaban a las lanzas araucanas al malón. Buscando estas huellas llegó la caballería de Juan Manuel de Rosas, en su expedición de 1833. Al tiempo, en 1865, se asienta la Colonia Galesa del Chubut; donde el equino empieza a ser empleado en forma habitual. Más tarde, con las campañas del General Roca, ingresan a la región grandes tropillas; como “los blancos” del General Villegas. Vienen luego los exploradores, los pioneros, los comerciantes, los pobladores… y poco a poco el caballo se hizo parte del escenario sureño.
Así como hay caballos famosos en la Historia y las letras mundiales, los hay en la Patagonia. Uno de ellos es el “Malacara”; que salvó de la muerte a John Evans. El episodio, narrado por Clery Evans en el libro “John Daniel Evans el Molinero” en base a una crónica escrita por su antepasado, se resume en la frase que sobre la lápida de la tumba de la leal montura escribió su agradecido dueño:
Aquí yacen los restos de mi caballo Malacara que me salvó la vida en el ataque de los indios en el Valle de los Mártires 4-3-84 al regresarme de la cordillera.
También son conocidos “Gato” y “Mancha”, los dos criollos que llevó Aimé T. Tschiffely en su épica marcha entre Buenos Aires y Nueva York, de 1925 a 1928. Como es sabido, eran chubutenses; del sudoeste de la provincia, donde Emilio Solanet, mecenas de la raza criolla y quien se los brindó al suizo, los había comprado al cacique tehuelche Liempichún. El viajero narró su aventura en un libro, “El paseo de Tschiffely”. Años más tarde le siguió una versión para chicos, de la misma pluma, “Gato y Mancha cuentan su historia”, en la cual sus compañeros narran la travesía desde su punto de vista. Tschiffely es autor de varias obras más; alguna de ellas con temas patagónicas. En 1937 realizó un raid en automóvil entre Buenos Aires y Tierra del Fuego; que describió en la obra “Ese camino hacia el sur”. Fue también biógrafo del escritor e hijo de pioneros Lucas Bridges, en “El hombre de la bahía del Pájaro Carpintero”.
No puede dejar de citarse como célebre, aunque de ficción, al bravío “Pampero” del cacique Patoruzú; y su versión juvenil, “Pamperito”, el potrillo que monta Patoruzito, oriundo de su estancia sureña.
Sin embargo, así como hay nombres notorios, existen una miríada de sufridos y anónimos fletes que forman parte de la historia patagónica. Desde aquellos que transportaron, por leguas y leguas, a próceres como el Perito Moreno o los que llevaron a los Rifleros de Fontana en su periplo; hasta los que en la actualidad son ensillados en las heladas madrugadas de invierno para conducir al peón a realizar sus faenas; y que en el verano soportan estoicos el calor y las sabandijas que se ceban en su sangre, mientras atados a una mata esperan pacientes que su amo termine de levantar un poste caído o cuerear una oveja muerta. También como el zaino del infausto padre primerizo de la canción “No me abandones ahora” de Hugo Giménez Agüero:
Apure zaino ese tranco / Mientras se vea la huella
Que me ha llegado el hijo mío / Y ha llegado el hijo de ella
O los pingos de la “Oda a tres arrieros muertos en la nieve”, de Luis Gasulla:
Tenían que ser muy hombres para venirse al tranco
cuando la vida exigía galopar sin freno bajo el cielo sureño,
Hay todavía otros caballos más en la Patagonia: los baguales que moran, o al menos moraban hasta hace unos años, en la Meseta de Somuncurá; símbolo de épocas que se pierden en la obscuridad de la Historia, cuando aún no se había formado la clásica tríada que dio lugar a esta nota.
La imagen de esos cimarrones galopando por la meseta, genera distintas reflexiones. Una de ellas evoca la rapidez con que la naturaleza recupera el lugar perdido. El ralo barniz doméstico pronto se pierde y resurge, impetuoso, el estado salvaje. Otra idea, contraparte de la anterior, alude a cómo la humanidad se las ingenia – y lo hizo desde el principio de los siglos – para emplear los recursos que ofrece la creación y mejorar sus condiciones de vida. Fue lo que ocurrió, milenios atrás, con la conversión del brioso animal en un fiel colaborador; a cuyo lomo el ser humano se abrió camino, superando las distancias y acortando los tiempos que la geografía de un mundo en ese momento aun inconmensurable, imponía a su poquedad de criatura desnuda e indefensa.

Nota: Quiero dedicar este artículo a Jorge Gabriel “Rico” Robert, “mi tocayo”, como solía llamarme. Mientras escribía la nota, pensaba que, dado el tema, a él le iba a gustar mucho leerla. Pero su fallecimiento llegó antes de terminarla. Tengo la esperanza de que pueda disfrutarla desde donde está ahora.