OTRA DE PIRATAS

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

Con diez cañones por banda, / viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela / un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman, /por su bravura, el “Temido”,
en todo mar conocido / del uno al otro confín.

(José de Espronceda, “La canción del pirata”)

Esta es otra nota de piratas. Y de bucaneros y filibusteros. Y de corsarios, que no es lo mismo; como ya se verá. Según es habitual en el blog, el artículo no trata sobre cualquier pirata; sino de aquellos que merodearon los mares de la Patagonia. Que los hubo, de verdad y de ficción.
¿Cómo diferenciar un corsario de un pirata? Ambos asaltaban naves mercantes y atacaban pueblos costeros. Sin embargo, el corso se hacía en el marco de una guerra entre naciones; con permiso de una de ellas, sólo sobre objetivos de la otra y respetando las normas de un incipiente “derecho de la guerra”. Los primeros corsarios que rondaron estas costas fueron los súbditos ingleses, en ese momento en conflicto con España, que contaban con patentes emitidas por sus soberanos. Los principales fueron Francis Drake, Thomas Cavendish y Richard Hawkins; quienes entre 1578 y 1594 transitaron frente a la Patagonia para cruzar al Pacífico y asolar las posesiones españolas en esa zona. De su paso por el lugar quedan unos topónimos, la huella de un ajusticiamiento y el rescate del poblador español de Puerto Hambre.
Años más tarde, desde 1600 a 1614, siguieron el rumbo varios corsarios holandeses, cuya nación se encontraba en armas contra la Corona hispana. Fueron esos navegantes Simón Cordes, Dirk Gerris Pomp, Oliver Van Noort y Joris Van Spielbergen. Pero luego, de 1667 a 1694, vinieron verdaderos filibusteros: los franceses Jean Baptiste de la Feuillade, Ravenau de Lussan, Massertie de la Marre y Jouhan de la Guilbaudière; y los ingleses Bartolomé Sharp, John Strong, John Eaton y Basil Ringrose. Eran piratas del Caribe que huían de la cruzada en su contra realizada por las autoridades de Jamaica; y buscaban seguir sus correrías en el Pacífico rodeando la América del Sur.
Las peripecias de esos navegantes se incorporaron a la Literatura en obras como “Exploradores y piratas en la América del Sur: historia de la aventura” de Ernesto Morales; prolífico escritor argentino conocido en estas páginas por su obra “La ciudad encantada de la Patagonia”. También escribió una biografía de Pedro Sarmiento de Gamboa, a quien en 1584 se encomendó construir dos fuertes, uno a cada lado del Estrecho de Magallanes, para detener a estos bandidos. Otra obra al respecto es “Bucaneros en el estrecho de Magallanes durante la segunda mitad del siglo XVII”, de Mateo Martinic Besos.
Para la Guerra de la Independencia Argentina, el gobierno patrio libró numerosas patentes de corso. Algunos de estos nautas incursionaron en los mares australes. Por ejemplo, en 1815 una flota al mando del almirante Guillermo Brown, formada por la fragata “Hércules”, el bergantín “Santísima Trinidad”, la corbeta “Halcón” –al mando de Hipólito Bouchard- y la goleta “Constitución”, atravesaron el paso de Drake en campaña corsaria, e hicieron una parada en el estrecho de Magallanes para reparar las averías sufridas por los navíos antes de seguir su expedición. Años más tarde Bouchard, en otra acción de corso, hizo flamear la bandera nacional en la ciudad de Monterrey, California, actual territorio de Estados Unidos; en ese momento parte del imperio español. Pero en ese viaje circunnavegó el globo hacia el Oriente, evitando el mar austral.
Con motivo de la Guerra contra el Imperio del Brasil, el gobierno de las Provincias Unidas dio nuevas patentes de corso. La presión enemiga sobre el Río de la Plata hizo que los corsarios se refugiaran en el puerto de Carmen de Patagones. Entre ellos se puede mencionar a los franceses Francisco Fourmantin y Pedro Dautant, los ingleses James Harris, John Thomas y Edmund Elsegood; y el galés James George Bynnon (que era corsario y no pirata, como un par de siglos antes habían sido sus compatriotas Henry “El Pirata” Morgan y Bartholomew Roberts). Los corsarios de Patagones fueron parte de la defensa de la plaza ante el ataque brasileño del 7 de marzo de 1827; que los tenía como objetivo.
Estas vicisitudes están narradas en libros al estilo de “En la estela del Corsario Elsegood” de Luciano Becerra; “El corso rioplatense” de Pablo Arguindeguy y Horacio Rodríguez; o el artículo “Guerra de corso contra Brasil” de Laurio Destefani. Es de particular interés la novela “Bouchard, el corsario”, del escritor Eros Nicola Siri, publicada en la recordada colección para jóvenes “Robin Hood”.
Hacia 1830, el jefe español en Chiloé, Antonio de Quintanilla, otorgó varias patentes de corso para atacar los buques chilenos en la región. Después desaparecen los corsarios y piratas, con o sin permiso oficial, de los mares sureños; hasta que en 1851 se produce el violento motín de Punta Arenas. Su cabecilla, Miguel José Cambiazo, subleva la plaza, fusila al gobernador y a otros pobladores; y captura dos buques en el puerto. Aduciendo apoyar un levantamiento político en Chile, se lanza a una navegación pirata que culmina frente al río Gallegos, donde su propia tripulación se insubordina, lo apresa y regresa para entregarlo a las autoridades chilenas. En su nave capitana, la Florida, enarbolaba una insignia color rojo con una calavera y dos tibias cruzadas y la leyenda (sic) “Conmigo no hai cuartel”. Armando Braun Menéndez narra este episodio en su obra “Cambiazo, el último pirata del Estrecho”.
Pero no es el postrer bucanero de la región. Quizás influido por esta historia, en su novela “El faro del fin del mundo”, ambientada en 1859, Julio Verne presenta al villano Kongre. Este antiguo filibustero devenido en “naufragador”, huido por sus fechorías de Punta Arenas, busca apoderarse de un buque para escapar de la isla de los Estados donde quedó confinado con su pandilla. Su intención es navegar el Pacífico y continuar sus correrías, secundado por el cruel Carcante. En la novela, Kongre comete mil felonías; pero se muestra mucho más cruel Yul Brynner cuando cubre su papel en la película de 1971 dirigida por Kevin Billington.
Y esa visión de crueldad y sevicia es más compatible con la verdad histórica. Lejos de ser los románticos caballeros del mar que pintan algunas ficciones, cuando actuaban como cuentapropistas –al contrario de lo que sucedía con los corsarios- los piratas eran verdaderos maleantes que aprovechaban la soledad de alta mar para atacar buques indefensos o el aislamiento de las poblaciones para asolarlas; actuando con brutalidad y sin miramientos con sus prisioneros. Sólo la distancia en el tiempo y las licencias poéticas permiten traer a esta época la figura de un bucanero heroico o pintoresco; como el que inmortalizó José de Espronceda a principios del siglo XIX. Por ejemplo, el que menciona Joan Manuel Serrat en “Una de piratas”:
Todos los piratas tienen / un temible bergantín,
con diez cañones por banda / y medio plano de un botín,
que enterraron a la orilla / de una playa en las Antillas.
O el de Joaquín Sabina, en “La del pirata cojo”; con cuya estrofa se termina esta filibustera evocación:
Pero si me dan a elegir / entre todas las vidas yo escojo / la del pirata cojo
con pata de palo, / con parche en el ojo, / con cara de malo,
el viejo truhán, capitán / de un barco que tuviera por bandera
un par de tibias y una calavera.