PIONERO DE LA CIENCIA FICCIÓN Y POETA DE LA PATAGONIA

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

Eduardo Ladislao Holmberg fue un típico exponente de esa generación que a fines del siglo XIX y principios del XX brilló en el panorama nacional. Al igual que Clemente Onelli, quien lo sucedió en el cargo de Director del Zoológico de Buenos Aires en 1903, cultivó la acción y el pensamiento. Además de explorar las regiones apartadas del país con una visión científica, dedicó parte de su tiempo a la Literatura; no sólo para plasmar sus investigaciones sino para incursionar en el terreno de la ficción. Porque a su múltiple actividad pública y académica, Holmberg agrega el mérito de ser el primer escritor de ciencia ficción del país y uno de los pioneros de la narrativa policial.

El principal título que lo convierte en precursor de la fantasía científica nacional, es “Kalibang y los autómatas”; un cuento que figura en muchas antologías del género. Pero tiene otros, como “El viaje del maravilloso del Señor Nic-Nac” o “Dos partidos en lucha”. Menos conocida es su intervención en la novela colectiva “El paraguas misterioso”, junto con Roberto Payró, José Ingenieros, Gregorio de Laferrere y varias notorias plumas más. En la ficción policial, puede citarse su cuento “La bolsa de huesos” y la nouvelle “La casa endiablada”; que pertenece a esas obras donde la pesquisa sobre el crimen entrelaza la solución detectivesca tradicional con una más fantástica.

Esta variante del género policial fue ensayada por Arthur Conan Doyle en “El sabueso de los Baskerville” y por Michael Burt en su tríptico “El caso de las trompetas celestiales”, “El caso del jesuita sonriente” y “El caso de la joven alocada”; aunque el primero se vuelca a la explicación natural, en tanto el segundo lo hace hacia la sobrenatural. Si bien Holmberg es más de la escuela de Sherlock Holmes y tiende a una solución mundana; ciertos aspectos del caso quedan en una zona intermedia.

Pero no se agotó aquí la expresión literaria de Holmberg por cuanto, para reflejar sus estudios, redactó más de ciento ochenta trabajos, desde notas a libros de texto; entre los que pueden mencionarse “Arácnidos Argentinos”, “La fauna y la flora”, “Botánica elemental” y “El joven coleccionista de historia natural”. También incursionó en la poesía; de lo que se hablará más adelante.

¿Cuál es la relación entre este escritor y la Patagonia? Hay dos de sus obras que lo unen a la región. De hecho, su primera creación literaria es una crónica de la expedición que realizó al Río Negro en 1872, mientras aún cursaba la carrera de medicina, a la que llama “Viajes por la Patagonia”. Aunque confiesa que hizo la excursión por simple curiosidad, admite que el viaje le había mostrado su “vocación hereditaria” y su “impulso congénito” para estar en contacto con la naturaleza. Ello recuerda al típico erudito decimonónico, que no permanecía en el gabinete sino que salía en persona a buscar sus especímenes en lugares exóticos; cuyo arquetipo es el “profesor Challenger” de Conan Doyle.

Holmberg escribe al menos una vez más sobre aspectos científicos de la Patagonia; en la contribución al estudio de los arácnidos colectados por Adolfo Doering, a cargo de los temas zoológicos y geológicos de la campaña al desierto del General Julio Argentino Roca en el año 1879. Tal trabajo figura en el “Informe Oficial de la Comisión Científica agregada al Estado Mayor General”.

La segunda obra de fuste en la que Holmberg refiere estas tierras australes, es el poema largo “Lin Calel”; publicado en 1910 en homenaje al Centenario. La acción se inicia a principios de 1810 en Neuquén, tierra de los pehuenches, cuando su cacique Auca Lonco convoca a un Viñatúm. Asistirán otras etnias, como los picunches, los rankilches, los puelches, los guerreros del Arauco allende las montañas; y también

Vendrán, pero del Sur, de las distantes / comarcas que al Estrecho más se acercan.
los fornidos Tehuelches que fabrican, / cosiendo con maestría varias piezas,
los mejores killangos de guanaco, / de avestruz y de zorros de la Sierra
con abundantes y lustrosos pelos / que por la luz oblicua se platean,
excelentes abrigos, en regiones / donde la nieve se levanta espesa.

Durante el parlamento, la machi Parnopé augura a Auca Lonco que ensalzará su posición casándose con Lin Calel, la bella hija del jefe pampa Tromén Curá y una cautiva. Ante tal designio, el cacique manda al guerrero Reukenam para que, previo acordar con el padre, traiga a la futura reina. Pero el enviado se enamora de Lin Calel y ésta le corresponde. Sin embargo, leal a su soberano, cumple con la misión de llevar la mujer a los toldos neuquinos. Advirtiendo que los siguen una tropa de cristianos, Reukenam deja una partida a cargo de su segundo. Esto provoca la ira de Auca Lonco; quien lo acusa de cobarde, reniega de Lin Calel y sale con sus lanzas a enfrentar a los blancos. Viéndose en ese trance, los enamorados deciden huir a Chile cruzando los Andes. En tanto, Auca Lonco encuentra que los cristianos vienen en son de paz y que entre ellos está la madre de Lin Calel. Regresan juntos al aduar. Al llegar, el mandamás se enfurece al conocer la fuga de Reukenam; y conmina a todos, cristianos y pehuenches, a detenerlo. El 25 de mayo alcanzan a los fugitivos; quienes los observan desde una altura. Lin Calel ve a su madre entre los perseguidores, la llama a gritos y se declara cristiana; ante lo que Reukenam, perdida su esperanza, se arroja al abismo y muere.

Sobre este poema se basa la ópera homónima que, con música de Arnaldo D´Esposito y libreto de Víctor Mercante, se estrenó en el Teatro Colón en el año 1941. Ha sido vuelta a representar un par de veces más; incluso hace pocos años con motivo del Bicentenario.

Más allá de su inclusión en el ámbito de la Literatura Patagónica ampliada, hay otro punto sobre las letras de Holmberg que quiere rescatar esta nota: el ejemplo que el autor representa de aquellos escritores que unen el Arte literario con la ciencia. En él coexistieron esas dos dimensiones de la creatividad humana; como sucedió con Arthur Clarke, Isaac Asimov y Carl Sagan. No es raro, entonces, que los cuatro hayan sido cultores de la ciencia ficción. Lo extraño es que habiendo escrito Holmberg sus obras en las postrimerías del siglo XIX, varios años antes que los otros, no tenga en el país el reconocimiento que merece como uno de los pioneros universales del género. Será por eso de que “nadie es profeta en su tierra”.