HABLANDO DE COSAS QUE VUELAN

 

Por Paulo Neo (*)

 

“Y sentía, que de algún modo, estaba trazando en el cielo un dibujo coherente y estético.”

Mario Levrero

 

 

 

Lo bueno de una cabaña en medio del bosque es justamente eso: la desconexión total. No hay señal telefónica y nadie llamará intentando vender un plan nuevo o un seguro extra. No hay televisión y uno se ahorra eternas horas de zapping para encontrar alguna película decente o algún documental interesante. No hay internet, con lo cual uno no pierde tiempo revisando mails de empresas que ofrecen viajes imposibles o editoriales que recomiendan los libros del verano, ni nada de eso. Los grupos de wathsapp están verdaderamente silenciados y nadie más puede importunar con esas cadenas de mensajes cursis, ni ese tipo de cosas odiosas e inevitables. A quien diga que puede ser un poco aburrido le doy la razón, pero solo a medias: con algunos libros, café y alguna bebida espirituosa puedo asegurarles que el tiempo vuela. Sobre todo si uno tiene la manía de intentar escribir algún texto decoroso de vez en vez.
Hablando de cosas que vuelan, ¿han notado la cantidad de películas de terror o suspenso que suceden en un bosque? Mientras más profundo, cerrado y tenebroso, mucho mejor: el efecto se acentúa. Las escenas resultan más escabrosas y los desenlaces más trágicos, más espeluznantes. Pues bien, la cosa es que me desperté anoche a eso de las cuatro de la mañana y ya no pude dormir. No tuve mejor idea, para no despertar a mis hijos que dormían a pierna suelta, que llevarme una vela encendida y ponerme a leer en un claro del inmenso bosque que nos rodea. Apenas me alejé unos cincuenta metros de la cabaña, pero a excepción de mi pequeña candelilla, la oscuridad era absoluta. Con decir que apenas se distinguía la forma de los árboles a dos palmos de distancia. Me traía entre manos un ejemplar de “A paso de cangrejo” de Umberto Eco que había empezado en el colectivo de camino hacia acá. Al principio no hubo ningún problema, para que les miento. Me sentía a gusto y disfrutaba bastante la situación anómala pero licenciosa. Mientras se sucedían las páginas y me imbuía en los textos del gran catedrático y pensador italiano, fui percibiendo de a poco, que no estaba tan solo como creía. Desde la copa de los árboles, percibí el aleteo de aquello que intuí bestias de la noche. Movimientos más bien pesados, como de búhos o animales brincando de rama en rama. Atrás y a los lados se sucedían roces, pisadas, resquebrajar de varillas. Al sonido poco estridente de bandadas de pájaros se le sumó otra que nunca antes había escuchado: una voz extraña, creciente y palpitante como una gárgola emergiendo de una caverna. 
Tenía miedo, es verdad. Pero me resistía a dar por terminada la lectura y volver a la cabaña. En eso me encontraba, debatiendo conmigo mismo si continuar con aquella absurda resistencia o retornar a la cama a ver si el sueño llegaba, cuando una ligera brisa me sacudió. Nada violenta, de hecho, apenas perceptible. Pero suficiente para apagar la vela y lograr que mi corazón sufriera una parálisis. Y justo en ese preciso momento, lo sentí. Alguien, o más bien algo, como saberlo, me tocó la cara. Un leve rasguño, una simple rozadura en la oscuridad que minó todas mis defensas y me llevó al colapso, al ataque histérico y la corrida desesperada.
 Ya en la cabaña, prendí todas las luces, desperté a los niños con gritos angustiosos y cachetadas en las mejillas y encendí la vieja radio a pilas. Tapié como pude puertas y ventanas, y elevamos rezos, a voz en cuello, a todas las deidades que pudimos recordar. Cabe aclarar que nunca he sido muy creyente, pero como entenderán, toda ayuda posible era más que bienvenida. Cantamos canciones dedicadas a la Virgen de Guadalupe, oramos al gran Buda y recitamos algunos versos del Corán que recordaba de algún libro leído hace tiempo.
Por suerte, pronto amaneció y con la luz del sol lentamente se disiparon los temores. El corazón volvió a su ritmo normal y los niños incluso se reían un poco de la situación. En ese momento, recordé el libro de Eco tirado en el bosque. Se lo comenté a los niños y fuimos por él. Lo divisamos desde lejos ya que la tapa dura es casi verde y las letras blancas sobre una ilustración rojiza. Cerca de él, uno de esos frutos que se conocen como piñas. En fin, ¿acaso han notado la cantidad de películas de terror o suspenso que suceden en un bosque? 

 

(*) Escritor de Río Gallegos. Relato tomado de su página web.