UN SUEÑO

Por Rubén Héctor Ferrari

 

 

Atisbo un horizonte lejano,
Más allá de la voz y la mirada,
aquí, desde un eterno monólogo de playas,
absorto, solemne y solitario…
Hay una brisa tenue de los Andes,
con mensajes de nieves y de heladas.
Estoy sintiendo el Sur en mis espaldas,
en estas largas tardes de esperanza.
Debo ganarle al corazón antes que aquiete,
para vivir el sueño que ha acuciado,
insistente, mis entrañas.
Y aguardo la llegada puntual
de un viejo barco,
cargado de ilusiones y patriarcas.
Ansío contemplar las sementeras
del primitivo labrador de estas comarcas,
y en el fondo de las lomas construida
la capilla enhiesta
de la fe sagrada.
Quiero vivir aquel instante
de profunda comunión de los pioneros,
y en la modesta arquitectura de las casas,
percibir el aroma inconfundible de las llamas
de achatadas jarillas y neneos.
¡Ah!.. Deseo ver por un momento
el milagro en el Golfo de un velero,
un arcón, una Biblia y la porfía
por ganarle al desierto su sustento.
¡Anhelo observar con el asombro
de un niño ante el paisaje inusitado,
la rubia mies que sobre el páramo
sea el aliento de Dios para el esfuerzo!..
Sólo entonces bajaré a la arena,
cuando el viejo maderamen del navío,
salga a buscar otros mares y distancias,
y quede acá, sobre la costa brava,
igual que un angostado Austro,
la afilada punta de un arado.
Voy a hundir después en las acequias
 el febril cansancio de mis plantas,
mientras sangra el Chubut hacia los surcos
y en atónita quietud, el viento arisco,
guarda en sus alforjas de incesantes viajes
el abrazo silencioso de dos razas.