GIGANTOLOGÍA

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

Todo comenzó con Antonio Pigafetta y su descripción de los patagones en el “Primer viaje en torno al globo”: “Un día apareció de improviso en la playa un hombre de estatura gigantesca… Era tan alto aquel hombre, que le llegábamos a la cintura, siendo además muy proporcionado”. Ya en la novela de caballería “Primaleón”, de la cual Hernando de Magallanes toma el nombre que da a los habitantes de la región en 1520, aparece un gigante: “Patagón”, líder de los “patagones”, con titánico cuerpo de hombre y cabeza de can. Años después, en 1580, Pedro Sarmiento de Gamboa recorre el Estrecho que Magallanes descubriera, y toma contacto con sus moradores. Los llama “Grandes hombres”, “Gente Grande”, “Gente Crecida” e incluso “Gigantes”; basado en los dichos del otro pueblo que vive allí, el de los canoeros, que temía a esos portentos. Pero cuando captura a uno y lo sube a la nave, su descripción es mesurada: “Es crecido de miembros”, dice.
Sin embargo, su “Relación” del viaje al Estrecho se conoce primero por la recensión que hace Bartolomé Leonardo de Argensola en la “Conquista de las Islas Malucas”; y allí ese historiador agrega detalles que Sarmiento no menciona. Por ejemplo, da la siguiente versión de lo ocurrido: “El Indio preso era entre los Gigantes Gigante; y dice la relación que les pareció Cíclope”. Lejos está de lo que escribió el navegante. Tampoco Edward Cliffe, uno de los cronistas de Francis Drake, que cruzó el paso entre los océanos en 1578, los vio de dimensiones descomunales: “…our General… met with 3 of the Patagons… These men be of no such stature as the Spaniards report, being but of the height of English men: for I have seen men in England taller than I could see any of them.”
En 1766 regresa de su circunnavegación John Byron, abuelo del poeta. Poco después se edita en Inglaterra la crónica “Viaje alrededor del mundo hecho en el navío de S.M. Británica del Delfín mandado por el Comandante Byron”, de ignoto autor; que contribuye a difundir la leyenda. Además de mostrar los más célebres dibujos de los enormes sureños, la obra narra su encuentro con ellos: “…un patagón… me salió al encuentro. Era de una estatura gigantesca… juzgando de su estatura por comparación a la mía, puedo asegurar que no era menos de siete pies”. El interés que el asunto despertó, motivó que Horace Walpole, autor de “El Castillo de Otranto”, escribiese su ensayo “An account of the giants lately discovered”.
Al tiempo, el libro sobre la travesía de Byron se publicó en Francia; con un introito que pretende agregar información sobre los jayanes de la Patagonia. Es el criterioso editor de la “Relación” de Sarmiento de 1768, quien en su enjundioso proemio desmiente tal prólogo; que ataca el testimonio de Sarmiento, pone en boca de otros cronistas, como los que acompañaron a los hermanos Bartolomé y Gonzalo de Nodal, palabras que nunca dijeron; y defiende ciertos relatos descabellados. Uno de ellos es la anécdota de Madalena de Viqueza, fábula sobre una española llegada a América para hacer fortuna; que recorre medio continente hasta terminar viviendo con una tribu de patagones. Rescatada luego por un buque, regresa a España. En la narración se afirma que sus anfitriones medían diez o doce pies de alto. El prologuista francés dice que esta historia figura en un libro del franciscano José Torrubia; de 1760.
Pero no es cierto. “La Gigantologia Spagnola Vendicata” del Padre Torrubia no incluye la fantasiosa novela de Madalena. Sin embargo, menciona varias veces a los “Gigantes” del Estrecho de Magallanes, como una de las pruebas que apoyan su teoría de que en la Tierra vivía una población ciclópea antes del Diluvio Universal; de la cual eran relicto los gigantes de los que se hablaba en diversas partes del mundo. La obra de Torrubia tiene tres partes: las “Memorias” de la Gigantología Española, donde se menciona a los Goliat australes, la “Carta” sin firma que critica el anterior texto; y la “Respuesta” a la carta anónima , en la que el sacerdote cita sus fuentes.
Cuando lo hace para los gigantes patagónicos, incluye varios informes; entre ellos, los conocidos de Magallanes y Sarmiento. También alude a la expedición de Jofré de Loayza, que según dice vio “Uomini di tal grandezza, che lo Spagnuolo piú corpulento no arrivava a toccare colla sua mano alzatta, il mezzo…”; aunque en la crónica del periplo que hace Andrés de Urdaneta no dice eso, sino que “…llevó á las naos, un patagon. Era… grande de cuerpo, vestido de una pelleja de cebra…”. Torrubia también menciona al poeta Martín del Barco Centenera; que hablando de Sarmiento en su epopeya “La Argentina”, recuerda a los gigantes cuyo avistamiento inicial atribuye a León Pancaldo, marino de Magallanes:

 

Trató con los gigantes de Pancaldo / que están por cima el Puerto Leones.
Acuérdome yo ahora que Gibaldo, / soldado genovés, entre razones
que conmigo trataba, y con Grimaldo, / de su nación, discretos dos varones,
me dijo muchas veces que los viera / desde el navío llegar a la ribera.
La campaña de Byron aporta las últimas noticias sobre los “gigantes” patagónicos. Con posterioridad, los viajeros que frecuentaron la región, provistos de una visión más objetiva acorde con el avance del método científico, pusieron los datos en su justa dimensión; y los patagones siguieron sobresaliendo por su contextura, pero en términos más austeros. Charles Darwin, en su “Viaje del Beagle”, los menciona de seis pies. George Chatworth Muster, en “Vida entre los patagones”, afirma que tienen entre cinco pies y diez pulgadas a seis pies y cuatro pulgadas; coincidente con estudiosos más modernos, como Rodolfo Casamiquela, que refiere que podían alcanzar hasta los dos metros de estura y ser de una gran corpulencia. Sin duda, los tehuelches eran altos y bien apersonados, como puede observarse en sus fotografías; pero se alejan de las medidas de los titanes que pintaban los cronistas de antaño.
Aunque no debe atribuirse a una inventiva exuberante la estatura adjudicada a esta etnia por los antiguos escritores europeos. Sus obras son de una época donde fantasía y verdad se entreveraban; y era común citar leyendas, tradiciones y otras fuentes de escaso rigor documental para describir el mundo. No era una actitud mendaz; era tan sólo el método aceptado para investigar, resabio del pensamiento mágico. De a poco la ciencia separó lo real de lo imaginario. Esa tendencia llegó también a la Literatura. Al consolidarse los géneros de ciencia ficción y terror, se superó la mezcla de consejas y hechos ciertos que atiborraban las letras; y pudo el lector distinguir los textos informativos de los recreativos. Pero con una pertinaz trayectoria de boomerang, la sociedad actual volvió a mezclar ficción y realidad; de la mano del mundo virtual que difumina límites y embrolla el pensamiento. Es cierto: ahora ya no se cree en gigantes. Pero muchas veces se admiten fantasmagorías mucho más estrambóticas que esa.