UNA SALIDA

 

Por Luis Alberto JONES

 

 

El Mocho no quiso saber nada. Aludió que la novia lo había cortado diciéndole que ya había salido dos veces sin ella. Y bueno, entonces fuimos nosotros tres: Marquitos, Piti y yo. El viernes, al final, encaramos para Recoleta. No era una salida habitual. Es que no veíamos otra manera mejor de gastar la guita y festejar que ir a comer con lo que habíamos ganado pegándole a las últimas cuatro de la Quiniela. Según nuestros cálculos, que podían no ser certeros ya que siempre íbamos a comer pizza, nos alcanzaba en un restaurante bien para cinco, lo que nos daba algo de margen para un cafecito cerrando la noche.
Estaba buenísimo. Menos mal que habíamos ido bien vestidos porque los comensales eran todos bacanes. Lógico, ya lo imaginábamos. El primer error fue cuando el mozo, sin mostrarnos la carta, nos avanzó con el plato del día: pato a la naranja con batatas a la rigoleau. Y sí, con la propaganda que le hizo, agarramos viaje. La verdad valió la pena. El pato tenía color dorado con un baño de miel y largaba un aroma que te  apuraba a devorarlo. Las batatas eran tiras verdes que se derramaban alrededor. Increíble la presentación. Le agregamos un postre, también sugerido por el veterano mozo. No sé cómo describirlo, tenía de todo pero era un tipo de helado. Una base de vainillas y para arriba como una torre de frutillas formando un volcán coronado con crema y unas bolitas negras, arándanos se llaman. Un poco empalagoso diría.  Con una presentación que con solo mirarlo ya lo comimos.
Canchero el tipo, el mozo digo, nos ofrece si no queríamos cerrar la noche con un champagne. Otro acierto, lo disfrutamos y nos hizo sentir unos ricos. Menos a Piti. Me parece que lo tocó porque por ahí le costaba cerrar algún pensamiento. Qué bárbaro. Bueno, hasta la boleta digo. No era como si hubiesen comido tres, ni cinco. Para nosotros eran como diez. Agregamos algo que llevábamos porque hacía días que habíamos cobrado, pero ni cerca. Es que el lugar y la calidad eran incuestionables pero destruyeron nuestras matemáticas previas. Ahí empezamos a mirar el mostrador como condenados. Es que sabíamos que detrás de él nos esperaba el temido cadalso de las cosas sucias. Yo le di a los platos, a Marquitos le tocó los cubiertos. Peor le fue a Piti con las ollas y sartenes. Los dedos le quedaron impermeabilizados con la grasa.
Al Mocho le contamos que la pasamos bomba. Es que él es un tipo que la imaginación no le da para suponer lo que nos pasó.