JUGAR A SER OTRO

 

Por Paulo Neo (*)

 

 

De la serie: Sordidez y encanto.

 Xochitepec, febrero 2016

 

 

Las máscaras de Carnaval suponen la materialización de un deseo común a la mayoría: disimular algunas falencias. O más bien: jugar a ser otro. Al menos por un día, por algunas horas, y siempre y cuando uno se esfuerce lo suficiente, el deseo puede verse cumplido. Mientras la música suena ensordecedora, mientras los reflectores alumbren las pasarelas, conforme la espuma corre, los vasos se vacían y se vuelven a llenar, los papelitos vuelan por el aire, mientras el velo de la noche (que tiene algo de sórdido, de brutalmente mágico) los apaña, todo es posible.
En lo alto de la foto se puede ver a la mujer que, sentada a la mesa, observa algo que sucede más allá. Seguramente debido a que en las tablas del escenario se suceden bailarinas semidesnudas; un paralítico lee un discurso que pretende ser alegre pero resulta deprimente; algunas niñas emperifolladas para el concurso de ocasión; el “rey de los feos” bufonea y chilla como pez fuera del agua; todo sucediendo casi al unísono. Incrementando la sensación de desorden, de caos predispuesto, de frenesí general. A la mujer todo le parece distante, o eso es lo que comunica su expresión: aburrimiento, lejanía, dispersión.
El mozo, en cambio, de quien solo vemos medio cuerpo cubierto en parte por el uniforme, está más atareado que de costumbre: hay mesas dispuestas en la calle, más horas de trabajo, más altercados con los clientes y más dolores de cabeza. Pero también de seguro más propinas, un dinerito extra que no viene nada mal, quizás piense para darse un poco de fuerzas. Todo eso mientras espera el próximo pedido que no tarda en llegar, bien cerca de la barra y con dos chavales esperando a sus espaldas.
Lo intrigante de la foto es la pareja de jóvenes. La muchacha está sentada en el piso, casi de espaldas. Pero su hombro izquierdo apunta al muchacho. La actitud es sugerente, ligeramente provocativa. El muchacho, en apariencia más relajado, apoya la mano en el vaso que “casualmente” ha colocado sobre la otra mujer y ella. A quien suponemos corteja o pretende pero de forma más bien tímida. La mujer, que ha buscado su collar de perlas, sus aretes haciendo juego, y que ha elegido ese vestido que le deja la espalda al descubierto, lo mira directo a los ojos, quizás esperando que el joven se decida de una vez, que aproveche la amnistía ridícula pero eficaz de esa noche de Carnaval.
Y ya la música se apaga, los reflectores apenas alumbran, solo quedan restos de espuma en los vasos sucios, los barrenderos amontonan los papelitos, mientras el velo de la noche, que tiene mucho de sórdido, de brutalmente mágico, los apaña.

 

(*) Escritor de Río Gallegos. Este relato fue tomado de su página web.