HUMO

Por Luis Ferrarassi (*)

 

Aspiro, siento el ardor en mi garganta, el dolor del placer, trago, soplo y el humo sale despedido por mi boca. La nube oscura, densa que se va llevando en cada aspiración un nuevo segundo de mi vida, como si el humo fueran unas garras que al entrar acuchillan mi vitalidad y al salir se llevan consigo un trozo de mi interior. Cuando esa opaca niebla se alza, toma altura, cobra vida y cuerpo, forma una figura que he imaginado. Al principio tenía que pensarla de antemano y luego hacerla realidad. Ahora ya manejo mejor este asunto. Mientras la nube se disipa en el aire de mi habitación, pienso en un caballo y eso es lo que el humo dibuja antes de evaporarse.

No sé cómo llamar a esto que hago. No lo considero habilidad porque no tiene ningún fin. No creo que sea talento, porque no es ninguna habilidad. No es un poder porque no requiere de talento ni demuestra habilidad porque no tiene ningún fin.

Recuerdo que comenzó cuando fumé mi primer cigarro, allá por 2007. Desde entonces, a lo largo de estos siete años, sólo me ha servido para divertirme y entretener a mis amigos cuando nos emborrachamos.

Sin embargo, fui muy estúpido como para no darme cuenta que el “hecho” de poder crear figuras con el humo (y no con otra cosa, como el vapor, el vaho de la respiración en las noches gélidas o la neblina), fue creciendo y manejándose por sí mismo.

La primera vez que no pude controlarlo, sucedió de repente. Yo solté el humo y pensé en una mujer con un niño, tomados de las manos. Pero no se formó aquella imagen, sino el rostro de una persona. Luego, se disolvió y volvió a formarse otra imagen: un corazón, que luego se disolvió también.

No logré identificar el rostro. Pero aquella duda se resolvió cuando una hora y media después, me enteré del fallecimiento de mi abuelo por un ataque al corazón.

Traté de no atribuirlo a lo que hacía con el humo. Podría ser coincidencia. Pero mi propio abuelo siempre me decía que no había que mentirse a uno mismo. Volví a fumar y en cada expiración se formaban figuras de personas muriendo de diversas formas. Sólo a veces, pocas veces, reconocía a alguien y luego me enteraba de su muerte. Las otras, no había nada que hacer al respecto. Entonces, surgió la pregunta: “¿Podré hacer algo por las personas que conozco? ¿Sus muertes estarán premeditadas de tal modo que sea un acto irreversible del destino? En ese caso, ¿por qué razón se me ha dado de evidenciar estas cosas si no puedo interceder?”

A medida que seguía pasando el tiempo, me fui acostumbrando a esto y ya no me hice más preguntas retóricas, sino que comencé a intentar interceder en las muertes de personas conocidas. Pero no había mucho tiempo entre la visión y la consumación.

En una sola ocasión pude evitarlo y fue cuando estaba junto a la persona cuya muerte fue anunciada por el humo.

Luego de eso, ya no pude hacerlo nuevamente.

Nunca pensé en alguna divinidad malvada manipulándome para su entretenimiento al darme esta visión, que bien podría ser un poder salvador, hasta que vi morir a mi madre y el hecho se llevó a cabo sin que pudiera hacer nada.

Entonces sí lo pensé.

Y tuve dos opciones.

Elegí la primera que se me ocurrió y dejé la segunda como Plan B: dejé de fumar, aunque fuera muy difícil.

Durante dos semanas tuve las peores pesadillas de mi vida. Sufría terribles dolores en todo el cuerpo. De noche soñaba y de día veía toda clase de cosas horripilantes. Sea como fuere, aquello era peor que fumar. Así que, volví a hacerlo.

Los siguientes tres meses volví a lo anterior: visiones dibujadas por el humo. Más personas conocidas muriendo bajo el martillo dictador de alguien que se reía de mí.

Era momento de poner en práctica el Plan B y hacerlo rápido.

Encendí un cigarrillo, rodeé mi cuello con una soga, lancé una nubecilla de humo y salté de la silla. Antes de desvanecerme, vi mi propia imagen dibujándose en el aire y difuminándose con la misma rapidez con que emergió de mi garganta. Seguida a la imagen de mi rostro, apareció la de una munición que fue quien destruyó la de mi cara.

Me salvaron en el momento justo antes que se me acabara el aire.

Desde entonces, van doscientos días que no salgo de mi casa ni he vuelto a fumar y no puedo evitar vislumbrar a esta vida como un camino infinito lleno de humo y rostros difusos que nunca terminan de formarse.

(*) Escritor riogalleguense.