LOS ORNITÓLOGOS Y LA ORNITOLOGÍA

 

Por Jorge Eduardo Lenard VIVES

 

Parado en el umbral donde confluyen civilización y naturaleza, el ser humano suele escudriñar el ámbito de la segunda en busca de sus raíces. La pulsión por retornar al medio donde nació lo lleva a pergeñar una serie de actividades lúdicas; que van desde la ejecución del proactivo “turismo aventura” a la apacible contemplación de los variopintos paisajes que ofrece la geografía inmaculada. Entre las opciones que lo acercan al mundo virgen —o casi virgen, dado que no existe lugar del orbe a salvo de la curiosidad indiscreta de los satélites—, se destaca la observación de aves; hobby que permite disfrutar de una de las más espléndidas manifestaciones de la vida. A la diversidad de la avifauna, que torna apasionante el avistaje dado las múltiples posibilidades que ofrece, se suma el placer de descubrir las plásticas formas y lo portentoso de su vuelo; esa proeza que tanto excita la imaginación de los bípedos terrestres quienes sólo pueden surcar el aire, con mucha menos gracia, en sus artificios voladores.
La Patagonia alberga casi 350 clases de pájaros. La cantidad podría pasar desapercibida para el visitante ocasional, pero es bien conocida por el poblador vernáculo y por el ornitólogo profesional o aficionado. Hay variedades que vuelan, otras que caminan y aun algunas que nadan. Las hay de todo tipo, color, aspecto, tamaño… Están las que viven en la costa del océano, las que moran en la cordillera y las que habitan la meseta; aunque en sus vagabundeos no es extraño que algunos ejemplares, libres de toda barrera física o taxonómica, intercambien sus hábitats. 
La Literatura regional de ficción las ha tomado muchas veces como tema. Tal es el caso de una de las principales obras de Rodolfo Peña, “Trágica Gaviota Patagónica”, donde el ave que viene desde la costa es un mensaje reconfortante para ese marinero de corazón que es Fermín Eleuterio. La figura de la gaviota confronta en el espíritu del peón con la del águila mora, que ocupa otro papel importante en la novela. En la obra “Vuelo de cóndor”, Martha Perotto habla del majestuoso señor de los cielos y de su relación con la humanidad. Por su parte, “El pingüino aventurero”, relato de Asencio Abeijón, recuerda a uno de los animales emblemáticos del sur; y en el capítulo “Con los ojos del águila” de su libro “El chamán y la lluvia”, Hugo Covaro vuelve a ese rapaz que, al igual que el ñanco, tanto significado tiene en el folklore vernáculo.
La heterogeneidad de la fauna alada fue reflejada por los primeros exploradores que recorrieron la zona. Producto de la campaña del General Julio Argentino Roca de 1879, se publica el “Informe Oficial de la Comisión Científica Agregada al Estado Mayor General de la Expedición al Rio Negro”; una de cuyas partes, redactada por Adolfo Doering, describe 110 especies aladas de la región. Otros viajeros que recorrieron estas latitudes, como Luis Jorge Fontana en su “Viaje de exploración en la Patagonia austral” o William Henry Hudson —un reconocido protector de las aves y primer socio honorario de la Sociedad Ornitológica del Plata— en “Días de Ocio en la Patagonia”, dedican varias páginas a su descripción.
Con el tiempo esas reseñas se transformaron en unas publicaciones más específicas: las guías dedicadas en detalle a la identificación de los plumíferos regionales. Entre ellas pueden mencionarse “Aves terrestres de la Patagonia”, de Hernán Povedano junto con María Victoria Bisheimer; “Aves de Patagonia, Tierra del Fuego y Península Antártica” y “Aves del Canal de Beagle y Cabo de Hornos” de E. Couve y C. Vidal; “Guía de aves y mamíferos de la costa patagónica”, de Guillermo Harris, “Manual ilustrado de las Aves de la Patagonia, Antártida Argentina e Islas del Atlántico Sur”, de Carlos Julio Kovacs, Ors Kovacs, Zsolt Kovacs y Carlos Mariano Kovacs; editado por el Museo Ornitológico Patagónico de El Bolsón; y “Aves de Patagonia y Antártida”, de Dario Yzurieta y Tito Narosky.
Algunos trabajos se focalizan en espacios geográficos más reducidos. Tal el caso de “Aves de la provincia de Río Negro” del ya citado Hernán Povedano; “Aves del Noreste del Chubut” de Santiago Sainz Trápaga; “Aves de Tierra del Fuego y Cabo de Hornos. Guía de Campo” de Ricardo Clark, “Aves de la provincia de Neuquén” de J. O. Veiga, F. C. Filiberto, M. P. Babarskas y C. Savigny; y la “Pequeña guía fotográfica de aves de Villa Los Coihues”, del fotógrafo Hernán Pirato Mazza y la bióloga Carla Pozzi. Semejante exuberancia literaria habla de la rica miscelánea emplumada de la zona y del interés que despierta en el público.
En esta nota los protagonistas son los pájaros patagónicos. Pero quieren dedicarse estos últimos párrafos a recordar a sus observadores, quienes, munidos de cámara fotográfica, largavista al cuello y alguna guía como las mencionadas más arriba dentro de una mochila colgada a la espalda, salen a encontrar a estas criaturas en su hábitat natural. Al igual que los astrónomos, los arqueólogos y otros investigadores amateurs, los diletantes de la ornitología llevan dentro de sí esa curiosidad científica que cada tanto logra producir un hallazgo para el corpus del saber universal. Con la seriedad del investigador profesional, ellos registran y comparten sus comentarios; estando siempre latente la posibilidad de descubrir un nuevo espécimen, u observar algún comportamiento inédito o anómalo que agregue información para mejorar el conocimiento de la avifauna.
Pero, por supuesto, en estos amantes de la volatería está también presente el placer estético que la actividad les brinda; el gozo de contemplar esa maravillosa obra de arte de la creación que son las aves en libertad y en su ambiente natural. Como ya se dijo alguna vez en este blog —y como trata de recordarse en este breve epílogo—, el espíritu del científico y el del artista convergen muchas veces en los individuos para dar lugar a destacadas manifestaciones culturales.

 

Nota: se dedica esta nota a Verónica y Carlos, quienes en una conversación en Puerto Madryn interesaron al autor en el tema.