EL HOTEL DEL FIN DEL MUNDO

Por Cristian Perfumo (*)

 

 

—Se registró con un nombre falso. Julián Bellido —me dice Palito señalando en la pantalla de su computadora portátil al hombre que abre la puerta de la suite 401.
—A nosotros nos da igual. Sabemos que es él —le respondo.
El hombre deja pasar a la mujer que lo acompaña y cierra la puerta tras de sí. Le ayuda a quitarse el abrigo, y lo cuelga en un perchero. Hace lo mismo con el suyo. Después, sin pronunciar palabra, abre la botella de champán que pidió que le subieran a la habitación y sirve dos copas.
—No está mal la minita que eligió —aporta Palito.
—Nada mal —agrego—. Quizás demasiado parecida a su mujer, ¿no te parece?
—Tiene un aire, sí, sobre todo la cara.
Pero no hay comparación. Ojo, que no digo que la esposa no esté buena, pero esta… este cuerpo es otro nivel.
La pareja brinda, prueba el champán y se sonríen el uno al otro. Mi mirada alterna entre la pantalla y la puerta de la pequeña sala donde estamos. Si esa puerta se abre y alguno de nuestros compañeros de trabajo nos descubre, tenemos tres segundos para cerrar la computadora de un manotazo. Si tardamos más y la persona que entra logra rodear la mesa, estamos en el horno.
—Un día tenemos que ver algo así pero en vivo, Alfredo —me sugiere mi compañero.
—¿Ah sí? ¿Y cómo vas a convencer a los huéspedes para que hagan coincidir su diversión con nuestro descanso? Ya sé: «Bienvenidos al hotel Fin del Mundo, uno de los más exclusivos de la Patagonia. Recuerden que toda actividad sexual, ya sea coito, felación o cunnilingus sólo podrá tener lugar durante los períodos de veinte minutos en los que nuestros empleados tienen descanso y se pueden dedicar a observarlos mediante las cámaras instaladas por ellos mismos. El desayuno se sirve de siete a once de la mañana. Que tengan una excelente estadía.»
Palito estalló en una carcajada, aunque sus ojos no abandonaron la pantalla en ningún momento.
—Me refiero a que ojalá alguna vez enganchemos a una pareja en vivo. No me vas a negar que tendría mucha más emoción saber que lo que vemos está pasando en ese momento.
—Ustedes los jóvenes y la puta costumbre de querer todo ya —protesté—. Esto pasó hace apenas dos horas, es prácticamente lo mismo. Como cuando ves un partido en diferido: mientras no sepas el resultado, todo bien.
—En este caso el resultado está bastante claro. Mirá, mirá. Ahí brindan por segunda vez. Qué lástima que la cámara no tenga audio. Seguro que le está diciendo «por una noche inolvidable» o alguna boludez así.
—Para ella seguro que va a ser inolvidable. ¿Sabés la guita que le debe cobrar al presidente de un banco?
—A lo mejor no sabe quién es.
—Seguro que sí. Estas minas pueden oler la guita…
—Mirá qué romántico el tipo —me interrumpe Palito—. Besito en la mejilla. Al final resultó ser un galán. Upa, la manito de ella un poco traviesa, ¿no?
—Sí, pero te apuesto lo que quieras a que él no le va a dejar manejar los tiempos.
Sabía. Mirá como le aparta la mano. Como cuando le querés tocar una teta a tu primera novia y no te deja.
—Yo si estuviera con una hembra así, ni en pedo le aparto nada. Meteme mano, mamita.
Sonrío ante el comentario. Palito me hace acordar a mí hace veinte años. Debe ser por eso que le agarré tanto cariño al pibe. Y a juzgar por la manera en que me pide que lo aconseje cada vez que tiene un problema en el trabajo, y a veces afuera, yo diría que él a mí también me quiere.
—Está bien que le ponga un poco el freno —le explico—. La quiere disfrutar sin apuro. Andá a saber los malabares que tiene que hacer un tipo como él para librarse un rato del laburo y de la familia.
—¿Ah sí? Mirá cómo se puso el que se la toma con calma. Si al final, de carne somos.
Ahora el tipo se saca la ropa con desesperación, alternando entre quitarse una prenda y besar a la mina en la boca.
—¿Cuánto te parece que le podremos sacar? —me pregunta.
—Y… en el video se nota clarito que es él. ¿Cuanto ganará el presidente de un banco?
—No sé. ¿Un millón de dólares al año?
—¡Ni en pedo! Es el presidente del Banco Austral de Comodoro Rivadavia.
—Por eso. Es el más grande de la Patagonia.
—De la Patagonia. No de Suiza.
—A ver vos que sabés tanto entonces. ¿Cuánto gana este tipo?
—Ni idea. Pero le pedimos el sueldo de cuatro meses. Dos para vos y dos para mí.
—¿No será mucho? Al último le pedimos apenas un sueldito de maestro.
—Porque era maestro.
El dedo huesudo de Palito se clava en la pantalla.
—¡Ah, bueno!, ahora sí que está a mil el amigo —comenta—. Chau vestido rojo. Uy, mirá lo que es eso. Está como cañón esa mina.
—Esas piernas tienen gimnasio.
—Tremenda.
Palito se agarra la cabeza, cierra los ojos y niega sonriendo.
—¿Qué te pasa?
—Ojalá Marcela tuviera ropa interior así.
—Y comprásela, boludo —le sugiero.
—Nah. Me da vergüenza.
—¿Vergüenza? Si vos de eso no tenés.
—Es que recién empezamos. No la quiero espantar.
Miro de nuevo la puerta y, tras comprobar que no viene nadie, me tiro hacia atrás en la silla, haciendo equilibrio sobre las patas traseras. Palito será muy bueno para la tecnología pero de la vida no sabe absolutamente nada. Lo contrario a mí. Quizás por eso nuestra sociedad marcha sobre ruedas.—Con más razón —le explico juntando las yemas de los dedos—. Ahora es el momento de establecer las…
—¿Qué hace? —me interrumpe—. ¿Para qué le tapa la cara con la almohada, si es un bombón?
—A lo mejor le hace acordar a su mujer y se siente culpable.
—Che, me parece que la mina está pataleando.
—Uy, la puta madre. ¿Qué está haciendo el boludo este?—. Ahora soy yo el que se agarra la cabeza.
Mudos frente a la pantalla, seguimos con la vista las piernas de la mujer. Los segundos, o quizás minutos que siguen se nos hacen eternos. Cada patada es más lenta. Cada sacudida tiene menos energía. Al final, apenas se perciben pequeños espasmos en las puntas de los pies.
—¡Se dejó de mover! —grita Palito y busca en sus bolsillos hasta encontrar el teléfono.
—¿Qué hacés?
—Llamar a la policía.
—Pará, boludo —le digo, arrebatándole el aparato de las manos—. Si se enteran de que ponemos cámaras en las habitaciones, nos rajan del laburo.
—Qué me importa el trabajo ahora. Capaz que sigue viva y todavía estamos a tiempo de ayudarla.
—Palito, esto pasó hace dos horas. Mirá, el tipo se está vistiendo. Seguro que ahora agarra sus cosas y se va.
Efectivamente, el presidente del Banco Austral ya está caminando de arriba abajo por la habitación. Primero limpia las copas con un pañuelo. Después se viste y enfila hacia la puerta. Por la forma en que se mueve, no me queda claro si lo que acaba de pasar es un accidente o algo premeditado.
—Vamos a la habitación, entonces. Capaz que la mina sigue ahí.
—Seguro que sigue ahí —le digo.
—Tenemos que hacer algo, Alfredo. Si no, mañana a la mañana cuando Marcela entre a limpiar, se la va a encontrar.
Empujo un poco a Palito para quedarme frente a la computadora y abro el programa de control de las cámaras. Hay varias imágenes en miniatura, una por cada habitación, y también un montón de botones que no tengo ni idea de para qué sirven. Selecciono la suite 401 y después de un par de segundos se abre una nueva ventana en la pantalla. La imagen que contiene ya no es una grabación, sino un feed en vivo. Maximizo y vemos que la mujer sigue ahí, en la misma posición que cuando el tipo le quitó la almohada de la cara.
—No podemos ir, Palito. Esa mina está muerta y ya no hay forma de ayudarla.
—¿Y ahora qué vamos a hacer?
—Aprovechar la oportunidad —le respondo sin quitar los ojos de la imagen de la imagen del cuerpo inmóvil sobre la cama—. Todo esto tiene un lado positivo.
—¿Lado positivo? ¿Te volviste loco, Alfredo? Acaban de matar a una prostituta en el hotel y nosotros no hicimos nada para ayudarla.
—¡Lo vimos dos horas después! ¿Qué carajo podíamos hacer para ayudarla?
Entonces sí me giro para mirar a mi compañero. Tiene los ojos perdidos en un punto en la pared, la mandíbula le tiembla y niega con la cabeza sin parar.
—Palito, pensá un poco. Si el tipo acaba de matar a una mina, ¿sabés la guita que le podemos sacar con este video? Ahí sí que son millones. Le hacemos robar su propio banco si queremos.
—¿Millones? ¿Vos decís?
Palito me mira a los ojos. La mandíbula todavía le tiembla, pero su cabeza ha parado de negar.
—Claro, mostro. Vos quedate tranquilo que esto lo manejamos como siempre. Vos ya hiciste tu parte —dijo dándole una pequeña palmadita a la computadora—. Ahora me toca a mí.
Sin que ninguno de los dos pronuncie palabra, Palito copia el video en un pendrive y lo pone sobre mi palma extendida. Mientras me lo guardo en el bolsillo mi cabeza empieza a redactar la carta que lo va a acompañar. Aunque tampoco es que haga falta ser un poeta. Basta con incluir la frase “Si no me das tanto, mañana esto está en Youtube”.
—Va a salir todo bien, Palito. Ahora lo importante es mantener la boca cerrada.
Le pongo una mano en el hombro y asiente con la cabeza. Después saco mi teléfono y miro la hora.
—¿Ya son y veinte? —pregunta.
—Faltan dos minutos.
Palito apaga la computadora y la guarda en su locker. Salimos juntos de la sala de descanso para el personal y nos dirigimos cada uno a su puesto de trabajo. Yo vuelvo a ser conserje y Palito, acomodándose el gorro, se convierte una vez más en botones.
Sonrío. Hoy es nuestro último día como empleados del Hotel del Fin del Mundo.

 
 

(*) Cristian Perfumo escribe novelas de misterio y aventuras ambientadas en la Patagonia, de donde es originario. Sus textos han sido traducidos al inglés y al francés, y en 2017 fue el primer latinoamericano en ganar el Premio Literario de Amazon. Pueden descargar más cuentos de Cristian en el siguiente enlace: http://www.cristianperfumo.com/cuentosineditos