Nunca más (*)

Por Olga Starzak

 

 

Un segundo antes de que Melina entrara a mi habitación yo había cortado la comunicación telefónica que hacía más de una hora mantenía con Guillermo.
-¿Con quién hablabas? –me preguntó.
-Con nadie.
-Podrías contestarme que es problema tuyo, o que no me importa… o ¿ahora también hablás sola?
-Ahora también… ¿qué significa? –estaba dispuesta a cambiar el rumbo de la conversación. Después de todo lo único importante, en ese momento, era que no se enterase con quién estaba conversando.
– Significa que estás muy rara, Mariana.
– No te preocupes; no es con vos.
Mentí con descaro. Estaba rara. En verdad era un problema mío pero también le incumbía. ¡Y debía importarle! Guillermo era su novio. Ella me lo había presentado cuando, a poco de comenzar a salir con él, juntos programaron una reunión para presentarme a un amigo.
-Estás muy sola –me dijo mi amiga.
-Puede ser… puede ser. Pero no desesperada –sonreí.

Nos conocimos el sábado siguiente en un café de La Cañada. Hoy puedo evocar con exactitud aquel momento. Así como no podría precisar nada de aquel otro muchacho que nos acompañaba. A los cinco minutos de habernos sentado, después de las presentaciones, Guillermo y yo conversábamos sin poder desviar la vista el uno del otro. Un imán nos había atrapado pero no me di cuenta hasta bastante después, cuando sus llamados telefónicos comenzaron a coincidir con el horario en que su novia cursaba en la facultad. Nos quedábamos largo tiempo dialogando, y contándonos de nuestras vidas.

Melina y yo vivíamos juntas desde que había decidido independizarme de mi familia, trabajar y reiniciar mis estudios universitarios, abandonados como consecuencia de la separación de mi padres y la siguiente depresión que sumió a mi madre hasta preferir la soledad de la muerte a la que la había sometido su marido, al desaparecer un día cualquiera para radicarse en otro país con una mujer de mi edad. De la edad que tenía entonces, claro está… apenas veinte años.

-Venite a mi departamento –me invitó con espontaneidad cuando supo de mi intención.
-Apenas pueda compartiremos los gastos –le aseguré.
-No te hagas problema, donde come una, comen dos –bromeó.

Guillermo y yo no pudimos disimular por mucho tiempo: nos enamoramos y sin mediar palabras nos entregamos a nuestros deseos. Hablaríamos con Melina.
Ella no se extrañó.
-Guillermo, ¿de veras creés que soy tan tonta? Sólo estaba esperando que te des cuenta, porque parecías no darte. Desde que conociste a Mariana no hacés más que hablarme de ella. Y vos, nena… ¿qué esperabas para contarme?
Debía estar loca, ¿no tenía más para decirnos? Sí, lo tenía. Estaba enamorada de un profesor de la universidad, quince años mayor que ella y planeaba mudarse con él.
No era todo.
-Quedate a vivir acá, Mariana. No puedo contarle esto a mis viejos. Me llevaré sólo algunas cosas. Vos estás en falta conmigo –lo dijo feliz. –Tu compromiso consistirá en cuidar de este departamento, y cubrirme mientras podamos.

Así fue. Guillermo y yo nos volvimos inseparables. Nos bastaba con estar juntos. No teníamos proyectos en común, simplemente porque los suyos tenían que ver con su intensa vocación de piloto. Ese mismo año se graduó en la Escuela de Aviación e ingresó a la Fuerza Aérea. Con devoción me hablaba de sus logros laborales. Poco después dejé mis estudios; había comenzado a trabajar doce horas diarias en una fábrica textil y era imposible, al regresar a casa, concentrarme en los apuntes de psicología.

Recuerdo la primera vez que visité el departamento donde vivía Guillermo con su familia, un piso sexto, con vista a la Avenida Ambrosio Olmos. Quedé encandilada. Brillaban desde los pisos de roble hasta las arañas de cristal. Los muebles, de estilo colonial, estaban ubicados en justa medida. Un dormitorio con baño privado, cambiador y sala de lectura, para los padres; uno para cada uno de los hermanos, un solarium en la terraza, y un jardín de invierno separando el living del comedor. Una muchacha de uniforme recibía mi gastado abrigo, y otra -vestida de igual manera- traía el café que tomábamos sentados en un sillón de cuatro cuerpos, de cuero tan blanco como la nieve.
Sentí vergüenza de mi condición, para entonces tan humilde. Había crecido en el seno de una familia muy culta, con mi padre como gerente de una Aseguradora y mi madre, secretaria ejecutiva. Nunca conocí las causas pero ambos fueron destituidos de sus puestos y nunca pudieron lograr un trabajo con las posibilidades económicas que sostenían. Mamá se dedicó a las tareas domésticas y a mi única hermana, y papá comenzó a dar clases en la universidad. Lo único que le quedaba era su título de Contador Público. Y el hábito de leer todo lo que cayera en sus manos. Ya no podía seguir engrosando su privilegiada biblioteca. A decir verdad, es todo lo que nos dejó. Por mucho tiempo no toqué ni uno de sus muchos libros pero con el correr de los años sentí la necesidad de volver a ellos y luché por recuperar gran parte sólo cuando me trasladé al sur de la Patagonia.

-Me voy por un año –largó Guillermo en el medio de una cena en un moderno restaurante del centro.
-¿A dónde? ¿Cuándo?
-A Estados Unidos, la semana que viene.
-Voy a extrañarte.
-Te escribiré.

Lo extrañé; no me escribió. Durante ese largo año algunas veces llamé a su madre, otras me encontré con una de sus hermanas. Estaba bien, capacitándose en vuelos militares de alto riesgo.

-¿Mariana?
-Sí, ¿quién habla?
-¿Ya no me conocés la voz?
-¡Guillermo! ¿dónde estás? –el corazón me latía con fuerza.
-A una cuadra de tu casa. Tuve miedo de ser inoportuno. ¿Podemos vernos?
-Claro que podemos. Pero… ¿dónde estás? Ya no vivo en casa de Melina.
-¡Huy! Juro que no lo pensé. ¿Dónde vivís?
-En Allende. Con mi hermana. Decime dónde estás y voy.
-Nos vemos en La Cañada. ¿Te acordás de nuestro Café?
-Me acuerdo, claro que me acuerdo. En una hora estoy allí.

No había trascurrido el tiempo entre nosotros. La misma risa, la misma pasión… nuestro raro amor tan intacto como entonces. Nos contamos las novedades. No dejamos de mirarnos, de tocarnos… Guillermo estaba otra vez conmigo y yo no necesitaba más nada.
Fueron largos años, maravillosos, aunque sin planes. Primero él en la casa de su madre, yo en la de mi hermana, ya casada y con un hijo. Después alquilé cerca de la suya, para poder vernos más y compartir la vida de otra manera. Pero nuestra única manera eran las visitas y algunas salidas nocturnas. Jamás me pidió nada, jamás le pedí nada. Es que de verdad no necesitaba más nada, hasta entonces…

Guillermo estaba cada vez más absorto en su trabajo. Hacía continuos viajes, de poca duración. Supongo que a Buenos Aires. Eran épocas en las que nada sabía de él pero siempre volvía. Volvía a mi casa, se adueñaba de mi vida y mis sueños.

Éramos felices. Al menos yo lo era. No había ni un antes ni un después en nuestras vidas, siempre era un presente impregnado de eternas caricias. En las noches que se quedaba conmigo, dormía muy poco. En una ocasión le pregunté si siempre le pasaba: bajó la mirada y pude percibir un dejo de preocupación. Me contestó que sí. Últimamente padecía de insomnio pero confiaba que pronto pasaría. No tenía la costumbre de indagarlo, y no lo hice en ese momento. Tal vez hubiera debido.
Cuando sentía que daba vueltas en la cama lo abrazaba fuerte como queriendo protegerlo de quién sabe qué. Me levantaba, le hacía un té de tilo, lo acompañaba si se levantaba, y amanecíamos recostados en el sillón del living casi siempre sin hablar.

-Mañana viajo, Virginia. Esta vez no sé por cuánto tiempo.
-¿Puedo preguntar adónde?
-Preguntar podés, lo que no podés es saber.
-Disculpame, no quise molestarte.
-No me molestás, es que no lo sé. Primero Estados Unidos, un nuevo curso. Al regresar me trasladarán a la Capital.
-¿Tengo que entender que no nos veremos nunca más?
-Tenés que entender que debo irme –enfatizó. -No soy yo quien lo decide. Lo sabés.

No lo sabía; sí entendí que era una despedida.
Nos amamos con una fuerza inédita. No imaginé, en ese momento, que ese día se engendraba un hijo en mis entrañas. Cuando me enteré no tuve cómo contárselo. Su familia no sabía nada de él. La hermana se encargó de hacer averiguaciones en su trabajo y logró comunicarse. Le dijo que me llamara.

-Sacátelo, Mariana. No podemos tener ese chico.
-¿Por qué? –grité.
-Porque cuando crezca querrá pegarme un tiro.

Colgué sin decir una palabra. Lloré como nunca lo había hecho. Y me aferré con ansias al fruto de aquel amor que perdía.
Me alejé de su familia. Comencé a adelgazar aunque los controles médicos me aseguraban un embarazo normal. Me sentía sin fuerzas, el pecho siempre apretado por la angustia. Los pensamientos en ese hijo que me devolvería a la vida.
No alcanzó con el deseo, a los seis meses de gestación y en mi casa, con la ayuda de Melina, lo parí. Nació muerto. Sumida en la desesperación y presa del pánico, subimos al primer taxi que pasó. Mi bebé envuelto en una sábana sangrienta. En el hospital me atendieron sin creer lo que mi amiga les contaba. No había tenido contracciones, sólo un enorme deseo de defecar, una necesidad de pujar con fuerza desmedida, y allí… allí entre mis piernas, mi chiquito morado, su cuerpo frío, los ojitos blancos.
-¡Hijos de puta! ¿Qué pasa en este país que nadie cree en nadie? ¿Por qué me mira así? –le grité al médico.
Y me desmayé.

Fueron tiempos difíciles. Me acompañaba la convicción de que nunca más vería a Guillermo, pero un día volvió. Habían pasado cuatro años. No lo reconocí, sólo era suya la voz. Había adelgazado más de diez kilos y perdido el cabello. Ya no usaba bigotes. La piel lucía opaca, los ojos enrojecidos.
Me preguntó por el embarazo, le dije que había sido una mentira. No volvimos a tocar el tema. Quería que el dolor fuese solo mío. Tenía derecho. ¡Vaya si lo tenía!

-Me casé Mariana. Me casé hace dos meses, en Buenos Aires.
-¿Tengo que felicitarte?
-No. Podés darme el pésame.

Guillermo seguía ocupando mi corazón como entonces, de una manera incomprensible. Nada quería saber de su vida, supongo que por miedo.
Nunca me pertenecería. Pero cuando estábamos juntos nuestras pieles se fundían,… y volvíamos a vibrar. Una pasión que era fuego.
Y después el silencio de la soledad.

Tentada por un aviso en el diario me postulé para trabajar en una agencia de viajes. Enseguida ingresé. La diferencia económica que separaba a este de aquel trabajo en la fábrica era muy significativa, situación que me permitió mudarme al centro, frecuentar otros sitios y hacer nuevas amistades. Como secretaria del dueño pasaba largas horas en su compañía. Era un hombre de gran temple y su presencia me contenía. Hacía diez años que estaba en pareja y tenía dos hijos. Pese a eso me dejé seducir.
Me casé con él poco después.
Guillermo, para entonces, pasaba con frecuencia por la vereda de la oficina y se detenía a mirar hacia adentro. En una oportunidad, salí a su encuentro. Nos sentamos en una confitería cercana.
-Estás hecha una señora –me dijo.
-Soy una señora.
-Me retiraron del trabajo.
-En buena hora.
-Nunca voy a olvidarte.
-Conviene que lo hagas.
-No siempre se hace lo que se quiere.
-Casi nunca se recupera lo que se pierde.
-¿Nos podemos ver en otro lugar?
-Creo que no.

Cuando nació el segundo de mis hijos ya vivíamos en Ushuaia. Viajé a Buenos Aires por problemas de salud de uno de ellos y casualmente me encontré con la hermana de Guillermo, le pregunté por él. Quise saber si tenía hijos y supe que no. Debo confesarlo: me sacudió una emoción placentera, de vil orgullo. Le pedí su número de teléfono. Ese mismo día nos vimos. No hubo reproches, ni preguntas.
Sólo la maravillosa sensación de volver a estar juntos.

Hoy cumplo cincuenta años. La menor de mis hijas acaba de recibirse de arquitecta. Viajaré a Buenos Aires para la fiesta de graduación.
Acomodo mi ropa en la maleta y agrego con cuidado la agenda que guarda un número de teléfono que sé de memoria..
La vida me enseñó que sólo la muerte es un “nunca más”.

 

 

 

(*) Inspirado en la vida real.