LOS PUENTES DE LA PATAGONIA

 

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

 

En “Un puente sobre el Drina”, Ivo Andric recrea la historia de la región de Bosnia-Herzegovina; ese antiguo límite entre Occidente y Oriente que formó parte del Imperio Romano, fue más tarde conquistado por los otomanos, pasó luego al dominio Austro-Húngaro y en la actualidad, después de haber integrado la República Yugoslava, es una nación independiente. El centro del relato es la obra de arte que titula la novela; símbolo del vínculo entre las dos culturas separadas por las márgenes del río, que forjaron el pasado del lugar.
Es que los puentes son proverbial metáfora de unión material y espiritual. En la Patagonia, tierra de grandes ríos, los puentes enlazaron el territorio con el resto del país; facilitando el pasaje de los cursos de agua que en tiempos pretéritos se vadeaban a fuerza de valor y músculo. Si se viaja por la Ruta 3 de norte a sur, el primer puente en aparecer es el “Ceferino Namucurá”, en Pedro Luro; que franquea el Río Colorado, límite de la Patagonia. Más adelante, el Río Negro se cruza en la tierra de las ciudades gemelas, Carmen de Patagones y Viedma, por el viejo puente Ferrocarretero y por el puente vial “Basilio Villarino”.
Siguiendo hacia el sur, la ruta pasa el Río Chubut por el “Puente nuevo” de Trelew. Pero en el Valle Inferior, el Camwy puede atravesarse por varios puentes: 28 de Julio, “Tom Bach”, Maesteg, Gaiman, “Hendre”, “San Cristóbal”, “Stefyn James”, “Ingeniero Ricardo Mafia”, nuevo de Rawson y El Elsa. Y también por uno de los más conocidos: el Puente del Poeta, situado próximo al emplazamiento de su antecesor de madera fabricado por Griffith Griffiths; en cuyo honor se lo bautizó. “Carpintero de puentes y palabras”, reza la placa que recuerda a Griffiths. Y es así, porque además de construir el primer puente de Rawson y el Hendre, fue un poeta que con el nombre bárdico de Gutyn Ebrill intervino en los Eisteddfod del Valle, fundó el Gorsedd regional y fungió de primer archidruida.
El escritor Sergio Pravaz, quién además habla del tema en su nota “Puentes” (*), dedicó a la obra el poema “Cantata de los dos puentes”:
“A estos parajes viniste esquivando el expediente
y el largo masticar del polvo en el camino.

Como en aquel año que llegaste para suplantar a tu padre
cuyo dominio fue esa noble madera elegida por Griffiths el poeta…”
Julia Chaktoura, en su trabajo “Gaiman. Conversaciones en el Valle”, evoca el puente de esa localidad en una de sus “Misceláneas” titulada “Los puentes”. En el texto, la autora dilucida el motivo de la abundancia de puentes en la zona:
“Ese río, extenso y remolineante, fue motivo de preocupación por sus intempestivos desbordes. Y también fuente inacabable de vida. Y en ese destino de unir y separar a los habitantes de ambas márgenes, dio vuelos al ingenio humano para inventarle caminos al agua. Los puentes sobre el río Chubut fueron una constante necesidad de la Colonia.”
A su vez, Fernando Nelson usa una de estas construcciones, una pasarela en las chacras, como escenario de su cuento “Anochecer en el puente viejo”. En su trama el amor se hace obsesión y lleva a idear un asesinato. Así describe el lugar: “Cuando avistamos el puente, en efecto se veía poco. El angosto pasadizo se balanceaba sobre un río que en aquellos inviernos traía grandes trozos de hielo a la deriva”.
Volviendo al recorrido de la Ruta 3, unos cuantos kilómetros más adelante su traza transpone el Río Santa Cruz por una monumental obra apoyada en la isla Pavón; hogar del Comandante Luis Piedra Buena. Siempre con rumbo 180 grados, la carretera pasa luego sobre el Río Gallegos; en el paraje cercano a la capital santacruceña nombrado por Hugo Giménez Agüero en su “Malambo Blanco”:
“Brilla la luna radiante en el cielo infinito / mientras crece la noche en su inmensidad.
Me voy para Güer Ayke cantando bajito / y mi canto se escucha en la soledad.”
Finalmente, en Tierra del Fuego, la ruta traspasa por el puente “General Mosconi” al último de los grandes cursos de agua australes, el Río Grande.
Muchos puentes más hay en la región, tanto en la meseta como en la cordillera. En esta última comarca, tierra de rica hidrografía agua, son diversas las estructuras que permiten franquear los chorrillos, arroyos y ríos. Hay también distintos tipos de puente. Los hay de hormigón, de metal, de madera. Y además están los puentes colgantes. Esa grácil variedad se observa, por ejemplo, en la pasarela sobre el Río Grande instalada por José Menéndez a principios del siglo XX y hoy monumento histórico. No puede dejar de recordarse a los antecesores de muchos de estos artificios: las balsas, usadas para superar las corrientes al mando de su patrón. Así describe la maniobra Oscar Camilo Vives, en su relato “La Balsa”:
“El balsero parado junto a la compuerta observa avanzar el vehículo que ahora desciende melindrosamente la planchada de tablas y luego con resolución sube a la planchada… finalmente… se dirige al otro extremo de la balsa para asegurar la tensión del cable de amarre y la almadía se pone en marcha”.
Más allá de formar parte habitual del paisaje cotidiano, el puente en sí mismo tiene algo de portentoso. Este ingenio arquitectónico, al principio muy simple, fue perfeccionado de tal manera que permitió superar obstáculos imbatibles para la contextura humana. Por eso su invención no sólo parece una maravilla, sino también un milagro. Suponer tal prodigio quizás dio pie a esa leyenda de la tradición árabe citada por Andric en su libro, que dice que Dios había creado al mundo como una esfera perfecta. Pero cuando estaba aún fresca, por envidia, el diablo la estrujó y sus uñas marcaron la superficie dejando profundos surcos. Al ver esto, Dios mandó a sus ángeles a solucionar la cuestión; porque las hendiduras hechas por el diablo dividían el orbe e impedían que las criaturas se moviesen a sus anchas. Ellos entonces tendieron sus alas y, enlazando los bordes de las grietas, formaron calzadas por donde se podían salvar los torrentes y las simas.
Y así aprendieron los mortales a construir puentes.

(*) Diario “Jornada” de Trelew del 8 de julio de 2012.