UN SUSTO A MEDIANOCHE

Por Ernesto Aníbal Portilla

 

Era verano, nuestro campamento estaba cerca del Lago Cardiel, provincia de Santa Cruz, había muchas caras nuevas porque hacía poco tiempo que nos habíamos instalado en esa zona y por lo general completaban los faltantes de personal con gente del lugar.
Había ingresado gente de Piedrabuena, San Julián y G. Gregores que generalmente ocupaban puestos de peones o choferes pero al jefe se le había ocurrido en esta ocasión tomar un ayudante administrativo para controlar los papeles del depósito. Otra cosa que no era habitual, era tomar personal que no fuera joven, pero para este tipo de tareas no era un requisito muy significativo.
Ingresó un hombre de unos 45 años, que procedía de Piedrabuena, casi no teníamos contacto con él porque estaba siempre encerrado en el depósito o en su habitación y tampoco compartía con nosotros los picaditos que se armaban antes de la cena, en las tardes largas del verano en la canchita del campamento, y además fue uno de los últimos en incorporarse.
Nuestro jefe como suele ser frecuente con los jefes, no era  de nuestro agrado, era un ingeniero recién recibido pero contrariando todas las suposiciones, tenía ya 50 años y se caracterizaba por no tener nunca una iniciativa ni solución para ningún problema imprevisto, falto de criterio a veces ingenuo, como si se guiara por una lista de soluciones, y no podía apartarse ni abordar algún tema que no estuviera escrito allí.
Un día al poco tiempo de prestar servicio, el nuevo empleado no se presentó a cumplir con sus tareas y el depósito permanecía cerrado, ya eran casi las once de la mañana y el hombre no aparecía, en esto el jefe toma conocimiento de la situación y sale a buscarlo hasta su habitación, golpea la puerta pero nadie contesta, insiste diciendo: Sr. Leich, ¡mire que le pongo falta sin aviso! y nada, entonces se atreve a abrir la puerta y para su sorpresa se encuentra con que el hombre estaba muerto en su cama.
Circuló la versión durante mucho tiempo que cuando vio el cadáver y como se trataba de algo totalmente imprevisto, lo increpó diciéndole: ¡menos mal que está muerto porque si no le ponía falta sin aviso! Anécdotas de esta naturaleza eran una cosa común en este hombre que a veces nos resultaba incomprensible. Durante algunos días nadie se atrevía a entrar en esa casilla, pero en todo grupo humano siempre hay algún desorejado, impertinente o irrespetuoso, como se lo quiera llamar, así era nuestro compañero Juanito Flores.
Un día se le ocurre desagraviar o desembrujar la casilla de Leich, pero debía ser de noche. Organizó una partida de truco a la que cada uno concurrió acompañado de una botellita de vino para darse valor, al rato la algarabía era total, truco, vino y risas, pero entre tanto jolgorio nadie había advertido que se acercaban las doce de la noche, la hora de las brujas como dicen algunos. Repentinamente se apagó 1a luz, algunos dejaron caer sus vasos mientras se le erizaban los pelos, se hizo un breve silencio y se escuchó un grito estremecedor que a todos tomó desprevenidos, salieron precipitadamente de la casilla llenos de espanto, a la mayoría se le pasó la borrachera de inmediato y desaparecieron en la penumbra de la noche, cada uno a su cama, tapaditos hasta las orejas.
Al día siguiente, pese a que todos sabían que la luz se había cortado porque a esa hora apagaban el grupo electrógeno y el grito lo había dado el mismísimo Juanito Flores, nadie más se metió en esa casilla que quedó deshabitada hasta que fue desarmada para trasladarla a otro campamento donde se mezclaron los paneles diluyéndose el embrujo.

 
 
 

(*) Escritor comodorense, nacido en Carlos Tejedor, Buenos Aires en 1937; y radicado en la Patagonia desde 1958. En 1992 se integró al “Fogón de Escritores”; momento en el que comienza su producción literaria en los géneros cuento y poesía; obteniendo con este último un premio en el Concurso del 95 Aniversario de la Ciudad de Comodoro Rivadavia. Este cuento se tomó de su volumen “Era verano” (Edición del autor, sin fecha ni lugar de edición); que reúne narraciones cortas publicadas en los diarios El Chubut, Crónica y El Patagónico. Tiene publicado cuatro volúmenes de cuentos y poesías más; entre ellos “Fruslerías” (cuentos, 2015).