URANOMETRÍA AUSTRAL

 

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

A los paisajes típicos del mar, la meseta y la montaña, la Patagonia suma como un escenario natural más la vista de su cielo; que es un espectáculo en sí mismo. Su policroma imagen varía del azul de pleno día —salvo si está encapotado y se torna color “llueve y no llueve”—, al encendido horizonte del atardecer y a los pálidos tonos crepusculares que, ganando de modo pausado la esfera celeste de este a oeste, anuncian la salida el sol. Pero alcanza su magnificencia en las noches despejadas, cuando miríadas de estrellas se encienden en la cúpula azabache hendida casi al medio por la Vía Láctea; un camino que de tan luminoso parece blanco.
La imaginación humana unió con líneas los astros que titilan en la negrura y creó las constelaciones. La bóveda austral presenta muchos de estos dibujos; como el cazador Orión, que teniendo por cinturón a las Tres Marías indica el norte con la punta de su puñal, el Centauro de enormes dimensiones; y la Cruz del Sur que señala el austro, pero que para evitar desorientarse hay que saber distinguir de la “Falsa Cruz” recurriendo al “Puntero”.
No debe olvidarse que en este firmamento tenebroso brilla algún que otro planeta, como Marte o Venus. Y también las estrellas fugaces, los meteoritos y aerolitos; y las nebulosas, nubes resplandecientes en la inmensidad; y todos esos nuevos objetos astrales que la ciencia incorpora día a día. Y ahora, en forma cada vez más habitual, los satélites artificiales; cuyos trazos fúlgidos cortan el cielo en rumbos insólitos, provocando no poca sorpresa e inquietud en el espectador desapercibido.
Al fijar su vista en el espacio, los pobladores primigenios de esta tierra concibieron sus propias leyendas. Quien nos narra algo de esto es Mario Echeverría Baleta en sus volúmenes “Vida y leyendas tehuelches”, que incluye, entre otros, el mito sobre las estrellas (“Terke”); y “Cuentan los chonkes”, donde describe la fábula de la Cruz del Sur (“Choiols”). También Dalila Giampalmo, autora de “El Cielo patagónico. Mitología originaria. Cuentos y Ciencia”, relaciona la visión científica de la astronomía sureña con las historias autóctonas; y lo mismo hace Guillermo Abranson con “En el cielo las estrellas”. Por su parte Gregorio Álvarez, en el “Tronco de Oro” se refiere a las tradiciones que recogió de primera mano en el Neuquén sobre las constelaciones meridionales:
“Las Tres Marías…. En el Neuquén cordillerano esta misma constelación recibe el nombre de Huelu Huentrao. Así me lo informó el paisano Anticao de Taquimilán. “¿No ve, patrón, que las estrellas de las puntas, una tira p´allá y la otra p´acá?”… La Cruz del Sur o Crucero. Es a esta constelación que los paisanos de la región norte del Neuquén y los de la costa del Aluminé llaman Pünon Choique (rastro del avestruz)… La Vía Láctea… para el paisano de estirpe araucana es el Huenú Leuvú (río del cielo). Está constituido por los fuegos que han encendido las almas elegidas de la raza, es decir, la de los antepasados gloriosos…” A estas figuras trazadas en el éter, Álvarez agrega cuatro más que eran conocidas en el Neuquén antiguo: Cayu Gau (las “seis cabrillas”), la del Luán (guanaco), la del Choique (avestruz) y la de las Laques (boleadoras).
Sin dudas, la formación sideral más representativo de la Patagonia es la Cruz del Sur, o Crux, o Crucero, “Croes y De” para los colonos galeses, “Choiols” para los aoni ken; que se incorpora a la vexilología local en las banderas de las provincias de Santa Cruz y Tierra del Fuego, al folklore de la zona en la letra de muchas canciones, como “Guanaqueador” de Hugo Giménez Agüero: 
“Ocultará la historia con letras de sudor 
tu nombre, tu país, tu paz, tu credo
y vendrás con el sol en primavera
junto a la Cruz del Sur como un recuerdo”;
Y, también, por supuesto, a la Literatura. El conjunto cuya figura familiar forman acrux, becrux, gacrux y decrux, inspiró la obra de reconocidos artistas, como a Pablo Neruda su “Oda a la Cruz del Sur” y a Julio Cortázar el tango “La Cruz del Sur”; al que le puso música Edgardo Cantón:
“Extraño la Cruz del Sur
cuando la sed me hace alzar la cabeza,
para beber tu vino negro, medianoche.”
La índole sureña del símbolo, dio para que algunos autores lo usasen al nombrar sus libros vinculados de una u otra manera con estas latitudes. Pablo Korcha publicó un poemario llamado “Mis coirones rimados bajo la Cruz del Sur”; en tanto el navegante solitario Vito Dumas denominó a su crónica del viaje desde Europa hacia el hemisferio sur “Solo, rumbo a la Cruz del Sur”. El propio autor de estas líneas cayó en la tentación de titular “Palabras bajo la Cruz del Sur”, a una olvidable antología de cuentos y poesías publicada hace algunos años.
Muchas veces al viajero patagónico lo sorprende el final del día transitando por una ruta solitaria; y en un paraje alejado de cualquier ciudad, pueblo o caserío, sumido en la obscuridad apenas alumbrada por la claridad estelar, se ve tentado a detener el auto, parar el motor y, en medio del silencio profundo de la meseta, contemplar el firmamento en sombras.
Mirar hacia arriba de noche, desde un punto aislado de la Patagonia y lejos de la polución lumínica de las localidades, permite percibir la infinitud del Cosmos. Y, por oposición, revela la finitud del ser humano, que resulta ser apenas un minúsculo trazo de vida sobre la superficie de esta mota de polvo que es la Tierra, uno más entre los planetas que giran alrededor del Sol; que es a su vez sólo uno de los incontables soles reunidos en un sinfín de galaxias —tantas galaxias como granos de arena, al decir de Brian Aldiss— que se despliegan ante la vista azorada del observador nocturno.