LOS PERROS, LOS PERROS (1)

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

 

 

En la vida cotidiana, a veces se tornan obvias circunstancias que, miradas con un poco de curiosidad “científica”, dejan de resultar evidentes. Una de ellas es la relación del perro con el ser humano; unión tan habitual que resulta difícil imaginar que no siempre existió. Pero hace miles de años el can era un animal salvaje que en algún momento se acercó a ese ser bípedo, débil y sólo dotado de su inteligencia para sobrevivir; y estableció una perdurable simbiosis.
A diferencia del caballo, el perro ya estaba presente en la América pre-colombina. Habría llegado allí con los primeros pobladores venidos de Asia miles de años atrás. Sus descendientes son algunas razas de Alaska, otras de México, como el chihuahua, el “pelado” del Perú y el “pila” argentino. No parece que haya morado entre los grupos aborígenes de la Patagonia en épocas muy antiguas. El “perro yagán”, de los habitantes de Tierra del Fuego, tendría ascendencia vulpina; en tanto el warrah malvinense, al que Lobodón Garra presenta domesticado en su cuento “Las brumas del Terror”, estaría emparentado con el aguará.
Pero los canes que acompañaban a los Aoni Kenk en su trashumancia, como el “Ako” del cacique Orkeke, de quien habla George Musters en “Vida entre los Patagones”, provendrían de aquellos que vinieron con los españoles en el período virreinal y se diseminaron por toda la pampa. Estos primeros especímenes australes se cruzaron con los ejemplares de otras razas europeas, traídos por los colonos y pioneros del sur.
Entre los perros característicos de la Patagonia resaltan, sin duda, los ovejeros. En 1894, el reportero John Spears del diario “The Sun” de Nueva York, entrevista a Edelmiro Mayer, entonces gobernador de Santa Cruz, quien dice que la mayoría de esos fieles pastores sureños eran del tipo “Collie escocés”. Sin embargo, existe en los campos sureños una gran cantidad de “Collie border”, o sus descendientes mestizos, que habrán llegado a la región de la mano de diversos estancieros. Aunque como el hombre de campo no discrimina las razas, más allá del predominio del pelaje negro y blanco, se ven chocos de toda laya. El poema “Nuestros perros” de Raúl Entraigas los festeja de esta manera:
Nuestros perros ovejeros son gran parte / De la vida asendereada del sureño.
¡Fidelísimos! Si el patrón, agarrotado, allá en el yermo
Cae envuelto en la mortaja de la nieve, / su fiel perro
morirá de inanición, aullando de hambre, / tiritando sobre el hielo;
pero no abandonará nunca el cadáver / de su dueño…
Los perros también acompañan a los habitantes de la región en las actividades cinegéticas, motivadas a veces por la necesidad de obtener alimentos o la protección de sus rebaños. El interesante artículo de Spears dice que a fines del siglo XIX había dos castas de caza. A una de ellos la considera una mezcla de galgo con un tipo más robusto, como el sabueso; y lo llama “galgo patagónico”. Podría ser el “galgo barbucho patagónico”; progenie de los Irish wolfhound introducidos por barcos que comerciaban con los Selknam y los Aoni Kenk, y el refuerzo genético de los Deerhound importados por algunos estancieros. La otra clase, que Spears llama “de pelea”; unía al ovejero y al retriever.
Una variedad que sin ser patagónica adquirió gran arraigo en la zona, por su pericia en la caza del jabalí, es el dogo argentino; de familiar silueta e inconfundible pelaje blanco. El mismo pelo albo del “perrito blanco” de la canción “Cazando jabalíes” de Abelardo Epuyén, transcripto por Donald Borsella en su cuento “Las torres altas”; que es un panegírico a esos bravos compañeros de cacería:
Vamos mi perrito blanco, / el rastro no hay que perder,
ha de ser barraco grande / y colmilludo tal vez
Ahora si perrito blanco, / ahí estaba el jabalí
Préndetele de los cuartos / que después me toca a mí
Cerrando este recorrido por algunos de los tusos típicos de la región, cabe citar al más sureño de todos ellos: el que desde 1951 hasta 1993 fue empleado en las bases antárticas del país para tirar de los trineos. Al principio se llevaron huskies, malemutes y groenlandeses; los que con el tiempo dieron lugar a una nueva raza, el “perro polar argentino”. Cuando los países del Tratado Antártico prohibieron su uso en el continente blanco, los últimos especímenes fueron repatriados y la estirpe se extinguió. Uno de los ejemplares más recordados es “Poncho”; sobre el que Emilio Urruty escribió el libro “Poncho, la legendaria vida de un perro polar argentino”. Cuando murió, el explorador antártico Gustavo Giró puso en su epitafio las palabras que Lord Byron escribió para su fiel “Boatswain”:
Aquí reposan los restos de un ser / que poseyó belleza sin vanidad,
fuerza sin insolencia, valentía sin ferocidad,/y tuvo todas las virtudes del hombre sin sus vicios.
El artículo no quiere olvidar a las mascotas que alegran los hogares patagónicos; ni a los dignos sucesores de Laelaps y Etra que rescatan personas, buscan estupefacientes, hacen de lazarillo y realizan otras tareas de bien público de un extremo a otro de la región. Pero también debe mencionar a los cimarrones. En la Patagonia, el fenómeno del retorno de esta noble criatura a la vida salvaje comenzó a darse a fines de la decimonona centuria; aunque tiene plena vigencia en la actualidad. Se da el caso de ataques de jaurías asilvestradas; tanto en la zona rural donde hostigan al ganado, como en las áreas urbanas, en las que en ocasiones agreden a las personas.
En esta nota se mencionó varias veces a los canes de linaje. Por eso, para terminar, vaya un recuerdo hacia los perros raza “perro”. Cuando uno mira a esos pichichos variopintos, sabe que no tienen pedigrí; pero sospecha que pueden tener alcurnia. Porque a lo mejor entre sus ancestros se hallan los que marcharon con las legiones romanas y se desperdigaron por Europa, los que surcaron el mar con los navegantes ibéricos, los que siguieron a las tropas patrias en las campañas libertadoras…
Y, tal vez, estén en ellos los genes de los que acompañaron a las hordas humanas que en pos de nuevas tierras cruzaron el Estrecho de Bering, en el alba de la humanidad. Quizás cuando dan vueltas en círculos para hollar las hojas y armar su cubil, sea sobre un suelo de tierra o de mármol, vuelvan a esa época. Acaso, al agitarse mientras duermen enroscados, en sus sueños perrunos estén soportando duras ventiscas al lado de sus amos cubiertos de pieles, en la marcha hacia el Este plena de miedos e incertidumbre. Y puede ser que sueñen con la amenaza de las fieras que poblaban de terror la fría noche; cuando personas y canes se acurrucaban en la obscuridad al lado del mustio fogón.
Detrás de ese perro de mirada calma y porte humilde puede haber una prosapia que envidiaría el más esnob; y que llega por caminos sigilosos hasta el canis lupus, cuya ferocidad, siempre latente, sabe dominar. Como también acepta moderar sus ansias de libertad —preciado anhelo de todo ser vivo— en aras de una sinérgica convivencia con la especie humana.
(1) El título de la nota, por supuesto, parafrasea el de la novela “Los galgos, los galgos” de Sara Gallardo; como un recuerdo para esa obra en la que la célebre autora asigna a los perros un destacado lugar.
(2) Dedico esta nota a las personas que consideran a los perros sus amigos más fieles; a quienes los perros a su vez, sabedores del cariño que les brindan, seguramente consideran sus mejores amigos.