“YAOYIN”, de Silvia Noemí Iglesias (*)

  

 

Huelga decir que no abundan las novelas patagónicas de “raza pura”; es decir, escritas por autores patagónicos genuinos y cuya trama, además, esté ambientada en nuestro territorio austral. He allí uno de los primeros motivos de beneplácito cuando llega a nuestras manos una obra de esas características.
 “Yaoyin”, aquilata ambos dones y con creces.
La autora, Silvia Noemí Iglesias, quien se autodefine como “habitante de la Patagonia, nacida en Puerto Madryn”, es periodista, escritora y Profesora de Letras. Ha publicado con anterioridad “Cuerpos Perfectos” (2005, Primer Premio Poesía XXIV Encuentro Nacional de Escritores Patagónicos) y “Cuerpos Extraños (Poesía, 2012). En la actualidad también conduce un programa de difusión cultural por LU17, Radio Golfo Nuevo de Puerto Madryn.
En cuanto a la trama, la autora conduce la atención del lector desde la primera hasta la última página con el entrecruzamiento de dos historias paralelas. Se trata de dos familias radicadas en la zona costera del Chubut. Los protagonistas y relatores, a su vez, son dos niños: Nina —Saturnina Peña— vive con sus abuelos en Cabo Raso. Juan —la otra voz en primera persona— ha llegado al Chubut en compañía de sus padres y de Mario, su hermano mayor, para establecerse provisoriamente en la estancia “La Maciega”, de propiedad de unos parientes lejanos, los Maupás. A esta altura resulta oportuno aclarar que Juan es nada menos que Juan Domingo Perón, el hombre que años más tarde se convertirá en uno de los líderes políticos más famosos y controversiales de la Argentina.
Bien sabemos que la impronta de los inmigrantes y las cicatrices del desarraigo forman parte casi inescindible del poblamiento rural patagónico. Como buena descendiente de ellos, Silvia logra interpretar ese sentimiento siempre subyacente en alusión a la abuela viajera, y nos llega a través de las cavilaciones solitarias de Nina. Es una estampa de tantas otras desventuras similares, escrita con una prosa cargada de lirismo:
Qué te llevó a tomar ese barco. Qué secreto te empujó por las escalinatas y te dejó quieta, a bordo, muy cerca de las barandillas, mirando no la tierra sino el mar que se abría adelante. Qué viento llevó la brisa hasta el valle de tu pueblo. Qué escondida ansiedad te desabrochó las manos para señalar un lugar nuevo.
 
Qué lleva a una mujer a abandonar su lugar y rodar por aguas amargas y tierras carnívoras. Qué la lleva a despoblar lo poblado y largarse al páramo. (…) Qué oscura claridad te hervía adentro hasta salirse en humo por la boca y llevarte a decir:
 
—Me voy a América.
Ya en tierra sureña, la autora, con aquilatado conocimiento de la flora y la fauna local —kakché, tomillo, quilimbay, sampas, cortaderas; choiques, pumas, guanacos, son vocablos que a lo largo del texto ambientarán la agreste cotidianidad de la meseta—describe de manera vívida las costumbres y escenarios propios de la vida campesina en el litoral marino chubutense.
También el yaoyin es un co-protagonista de fuerte peso en esta obra. ¿Cómo puede gravitar con tanta fuerza una mata autóctona en el desarrollo argumental? Es que Nina tiene franca adoración por este arbusto, al que le atribuye propiedades portentosas. Sus pequeñas bayas comestibles siempre viajan con ella, sea envueltas en hojas de gordolobo o bien en una latita, y a fin de que nunca le falten, en su mudanza a Cabo Raso la niña ha llevado consigo una pequeña planta con las raíces envueltas en un trapo mojado, para hacerla arraigar en su nuevo destino.
Nina es pura ternura: inocente, tímida, con una vida interior intensa, a veces perturbada por experiencias casi místicas, epifanías que le son reveladas desde el trasmundo donde perviven los seres queridos, que a menudo se comunican con ella en forma secreta.
Y naturalmente, en ese contexto tan especial, llega el momento indicado en que nacerá el amor…
Pero los libros —siempre lo decimos— deben ser leídos y no contados. Es en este tramo de la historia, pues, donde dejaremos los puntos suspensivos, para que el futuro lector tenga el placer de completarlos por su propia cuenta, a cada vuelta de página.
Vale la pena concluir esta breve reseña con el texto de contratapa. La pluma de Jorge Curinao ha encontrado palabras muy atinadas para aludir a la esencia de esta novela.
Dice así:
“El único viaje posible es el camino: el respiro nuestro de cada día. Ponerse a caminar es el desafío. Dar treinta y tres pasos y más. Darle sentido a los sueños, al canto. A veces hay un mapa para el recorrido, para el nacimiento. Está allí, huérfano de padre, tirando piedras en el desierto. En estos lejanos paisajes donde la muerte viene y desordena todo. El mapa es la memoria.”
“Pero es también el tiempo del Yaoyin, de sus frutos rojos puestos al sol. Yaoyin.”
“Un nombre para quienes han sabido llegar a la orilla y aún buscan seguir en el camino. Caminar es el oficio”.
C.D.F.
 

 

 

(*) Novela. ISBN 978-987-1638-35-2. Imagen de tapa: “La ola”, de Matías Villalobos. 122 páginas. (Vela al Viento Ediciones Patagónicas, 2013).