MOMENTOS

Por Mónica C. Avendaño

Fui a hacer un trámite a una entidad pública. Me gusta observar lo que pasa alrededor. Había una demora importante en la atención. Esperaba mucha gente de distintas edades y condiciones. Todos estaban con caras adustas, incómodos por la tardanza. Se quejaban. Una joven entregó su celular al niño que la acompañaba, y él dejó de gimotear. Otra pequeña se asomaba detrás de su madre con ojos muy curiosos. Seguía ingresando gente. Cada vez se notaba más el malhumor que generaba la espera. Llegó una señora con su hija de unos cinco años, disfrazada con una larga pollera de colores. No bien entró acaparó la atención de la otra niña. Se miraron, se sonrieron y, como en un acuerdo sobreentendido, comenzaron a perseguirse mientras soltaban carcajadas. Invitaron al niño del celular, con la misma mirada con que ellas se entendieron, pero él ni se dio cuenta. Ellas siguieron riendo. Nos hacíamos a un lado para facilitar su juego. Participábamos en él sin ser conscientes. La mayoría de los rostros se suavizaron. El tiempo dejó de ser importante. Estirábamos las manos para acariciar las cabezas de las pequeñas que pasaban corriendo. Las respectivas mamás les pedían juicio en el comportamiento. “Molestan a la gente”, dijeron. Decidieron que las niñas continuaran jugando en el jardín cerrado, que precede al ingreso del salón donde estábamos. Ellas obedecieron sin oponerse. De golpe todo cambió. Volvieron las caras ceñudas, los murmullos quejosos, las manifestaciones de disgustos, las miradas al reloj en forma permanente. Sólo el niño con el celular se mantuvo igual, pendiente de la pantalla. Nunca sabría que tuvimos un momento de frescura, un oasis de placer que nos brindó el juego milenario y cándido de dos inocentes, en el que podría haber participado.

(*) La autora vive en Playa Unión (Chubut)