POR LAS RUTAS DEL SUR

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

Ernesto Sábato finaliza su novela «Sobre héroes y tumbas» con la huida de Martín hacia la Patagonia; región que se presenta al joven como una tierra prometida en la cual espera recomenzar su vida. Y es guiado a ella por una figura representativa del sur: un camionero, a bordo de cuyo vehículo arribará a esos nuevos horizontes. Bucich, patagónico de pura cepa que se dice nacido “en Lago Viedma, cerca del Fisroy”, oficia de tutor para abrir las puertas del futuro mundo que aguarda al muchacho. Su frontal personalidad, que impacta al acompañante, se va dibujando en varios párrafos como estos:

“Y luego, después de terminar aquel salamín y el café negro, le dijo a Martín, ahora le metemo, pibe, y saliendo, subió a la cabina y puso en marcha el motor, encendió las luces de posición y empezó su marcha hacia el puente Avellaneda, iniciando el viaje interminable hacia el sur… decididamente hacia el sur, en aquella ruta 3 que terminaba en la punta del mundo… A veces saludaba a algún camionero que venía en sentido inverso.

– Parece que lo conocen mucho – comentó Martín. Bucich sonrió con orgullosa modestia. 

– Pibe, hace más de diez años que ando en la ruta 3. La conozco más que a mis manos. Tres mil kilómetros desde Buenos Aires al estrecho. Así es la vida, pibe”.

Sábato recurre a la típica estampa del camionero para realizar este ritual iniciático porque es el conocedor de la zona; el moderno baqueano que comparte las rutas sureñas con otros argonautas: los viajantes de comercio –como el protagonista de «Gondwana», el excelente cuento de Jorge Honik– y los conductores de colectivos de larga distancia. Estos trabajadores del volante tiene algo de navegantes; porque es fácil metáfora imaginar que las vastedades mesetarias semejan la infinitud del mar.

Carlos Dante Ferrari también toma la figura del transportista en su novela «Ruta 3: hacia la Patagonia». En ella el personaje principal vive inmerso en un círculo vicioso fruto de sus propias decisiones, del cual intenta escapar. Así presenta Ferrari el mundo de Ricardo Murray:

“Atravesar el campo patagónico en medio de la oscuridad provoca un raro hechizo. El cielo, casi siempre despejado, es un inmenso bastidor de astros trémulos. Cada tanto la bóveda celeste desliza algunos resplandores efímeros; son luces misteriosas, intrigantes. A flor de tierra, sobre el camión, la experiencia también provoca cierta inquietud. La ruta se reduce al cono luminoso de los faros que van abriendo la visión del viajero metro a metro. A ambos flancos se adivina una platea oscura, inabarcable…  En la cabina se crea un clima íntimo: el motor gasolero entremezcla su trajinar con la música suave de la radio, arrullando tus pensamientos. Y si hace calor, como sucede en estos días de enero, el frescor de la noche se convierte en el mejor aliado para enfrentar el desafío de una larga distancia.”

También Jorge Castañeda le dedica una de sus “Crónicas”; y lo describe de esta manera: “El camionero es el patrón de la ruta, un caminante sobre ruedas. Es un viajero por destino propio, un caballero andante que recorre kilómetros y kilómetros. El camionero es un Marco Polo que vive cotidianamente la aventura del asfalto, un nómada que se siente a sus anchas en todas partes, desde La Quiaca hasta Ushuaia. Un náufrago en la isla móvil de su camión.”

Antecesor del camionero es el carrero, el sacrificado conductor de la grandes chatas que, cargadas con lana u otras mercaderías, unían los pueblos y caseríos de la Patagonia. Asencio Abeijón dejó un recuerdo de ellos en sus “Apuntes de un carrero patagónico”. El difícil trabajo se refleja en el boceto “Viajando de cara al ventarrón”, incluido en el volumen mencionado; que muestra las dificultades planteadas por un fenómeno tan común en estos pagos como es el viento:

“Es tarea difícil atar los caballos a los carros cuando hay viento… Al fin, con casi una hora de retraso sobre lo normal, los carros están listos para emprender la marcha… Una por una van entrando al camino, y forman una larga fila zigzagueante, manteniendo una distancia de cien metros entre carro y carro para que la polvareda que levanta la marcha del delantero moleste lo menos posible al que lo sigue… Las ocho o diez largas riendas de soga con que se dirige a los principales tiros son sacudidas y enredadas entre sí con tirones falsos, que siembran desconcierto entre los catorce caballos que, aturdidos también por el viento, tratan de salirse del camino con peligro de vuelco.”

Cuando el motor reemplazó a equinos y mulares, y las huellas patagónicas se transformaron en caminos, uno de los poetas regionales celebró a los “camioneros, chóferes y volantes, que cruzan la Patagonia” con su poema “¡Gauchos nuevos!”, de 1959. En una de sus estrofas, dice así Raúl Entraigas:

“Cuando el auto “se te ha ido hasta la masa” / y no cesa el aguacero;

cuando allá, sobre la Pampa del Castillo, / bajo el dombo de los cielos,

en las noches invernales, / sin más luz que la esperanza “en Dios que es bueno”,

la rotura del palier te deja anclado / en el páramo desierto,

tú no gritas, no blasfemas / sólo dices “cuando aclare ya veremos”

y te abraza, en la cabina, bajo el poncho / el esquivo hermano sueño…

¿Quién te canta a ti, volante? / ¿Quién te elogia, camionero?

¿Quién ensalza las fatigas, noble chófer/ por salvar tus veinticinco pasajeros?”

Esas palabras parecen cosa del pasado; sin embargo, aún en estos tiempos no es trabajo fácil el del camionero. Cuando la noche lo encuentra en la ruta lejos del hogar, duerme donde la oscuridad lo sorprende; y luego sale con el alba, presuroso por llegar a destino y retornar al término de la faena a su casa, a muchos kilómetros de distancia. En verano el calor de la meseta, en invierno la nieve y el frío, durante todo el año el riesgo del tránsito y el temido cansancio, hacen que su profesión no esté exenta de peligros. El andar por esos caminos lo hace solidario y no pocos viajeros saben de su ayuda en el momento de necesitar una mano; así como conocen que su presencia en un restaurante a la vera del camino es señal segura de un buen yantar. Y no puede dejarse de admirar la pericia en el manejo, al verlo acomodar en un menguado estacionamiento, con las maniobras justas, el leviatán que conduce. No es extraño, entonces, que la Literatura Patagónica le dedique un lugar entre sus páginas.