UNA HISTORIA COMÚN


Por Ada Ortiz Ochoa (*)

Don Pedro Marillán pone sus pasos en las huellas que marcaron las pezuñas ovinas, pero también los lugareños que ganaron el atajo que los llevaría al pueblo.

Lleva varios encargos para cumplir. Mentalmente repite lo más importante. Sus trancos cortos se suceden con ritmo rápido.

Al anochecer llega al poblado.

Va derechito a la casa del Turco. En el descanso duerme un poco a los saltos, mientras escucha los ronquidos de su compadre el Turco Talí.

—¡Bien temprano marcharé al Juzgado, luego al corralón y… tantas diligencias para hacer…! —el bueno y servicial Pedro no puede con su cansancio y recibe la bendición del sueño.

Lo despierta el ruido sonoro de la chupada que el Turco propina a su amargo mañanero. Cuando ya está listo para salir, le llega el mate a sus manos. Lo toma con deleite mientras piensa:

—¡La pucha! ¡Son como seis niños para anotar! ¡Es viernes… y si no alcanzo a realizar todo!

Comenzó a buscar el papelito donde tenía los nombres elegidos.

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Allá, en lo alto de las sierras, es decir de la meseta del Somuncurá, viven como quince familias, mejor dicho «duran». El clima cruel, lo inhóspito del lugar, la agresiva y penosa ruta y la distancia, tornan el viaje de cuatro horas a pie en una empresa poco frecuente.

Y cuando algún lugareño se dispone a hacerlo, todos aprovechan para hacer encargos, entre ellos es el de hacer anotar a los niños en el Registro Civil del pueblo, a los niños nacidos mucho tiempo atrás y a los recientes.

Cuando Pedro toma conciencia que el papel con los nombres no viaja con él…, se siente vacío. ¿Y ahora qué hará?

Los paisanos eligen un nombre, lo acarician por un tiempo y esas sílabas ya pertenecen a los pequeños seres, cuyas carnes y espíritu se templan al rigor del paisaje y las carencias.

—¿Qué pasa? —la ronca voz del compadre acompaña el gesto de retirarle el mate que ya se enfría entre sus manos.

—¡Perdí los nombres de las criaturas que tengo que anotar…! ¿Y ahora qué les digo a los padres? ¡Los apellidos los sé, pero los nombres de los niños no!

—¡Solucionalo fácil! ¡A los varones los anotas con los nombres del padre y a las niñas con los de las madres!

—¡Sí…, pero!

Recordó a Eufrasia. Tan sola, tan linda …, con su niña mamando ávidamente de sus pechos flacos y rogándole con sus enormes ojos pardos.

—¡Oiga, Don! No quiero que mi hija se llame como yo. ¡Es tan feo Eufrasia! —y aquí le dijo un nombre que era para Pedro como un trabalenguas. El estaba acostumbrado a las Marías y a las Rosas… Por todo eso anotó los nombres. 

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Zardica riega sus plantas casi con amor y se da cuenta que mientras recuerda esa historia antigua, contada cientos de veces por su madre, las lágrimas corren por su cara.

No es dolor, no, es ternura. Pedro termina siendo el padre que no ha conocido, y su madre, Eufrasia, encuentra en él compañerismo y apoyo. Fueron una gran familia.

Está sola, mejor dicho vive sola, puede actuar siempre libremente, quizás por eso mismo larga al aire una carcajada alegre y despreocupada.

¡El pobre Pedro! Semi-analfabeto y cargando con los encargos de todos los vecinos de ese paraje. ¡Y todavía queriendo complacer a su madre que ha elegido cuidadosamente su nombre! Ja, ja.

Ella, debía haberse llamado Zunilda Ercilia ¡y no Zardica! A Pedro no le ha alcanzado la vida para disculparse por ese error.

Termina de regar sus plantas y mira con cariño a su entorno. ¡Cómo le gustaría que tanto su madre como Pedro hubieran visto el adelanto de esa zona!

Su casa es amplia, sin pretensiones, pero es una buena vivienda y le pertenece. Su cochecito la lleva hasta su trabajo de maestra de rama primaria en la escuela del pueblo.

Ella ha preferido quedarse en la propiedad donde ha nacido. Todo ha cambiado, quizás un poco lentamente, pero el camino permite la llegada de un pequeño colectivo zonal y también el tránsito de camiones con mercaderías, que abastecen a toda la zona, etc…

Acostumbrada a vivir sola, camina lentamente por la zona no cultivada que, cerca de su jardín, muestra jarillas y pastos duros, mientras medita.

¡Qué templanza la de todos aquellos que deciden no sucumbir al atractivo engañoso de las grandes ciudades! De quienes prefieren el viento, las duras heladas, 1as inmensidades de mesetas y mallines, que caminan estos duros suelos y se acunan de soledades y silencios.

De quienes nacieron, amaron y murieron sin dejar esta tierra bendecida, en donde descansa su madre y el querido Pedro. Su única familia.

Siente inundarse su pecho de un noble orgullo de casta, de origen, de arraigo y de pertenencia …, por eso mirando al inmenso firmamento, grita con todas sus fuerzas:

– ¡Soy feliz aquí! ¡Te amo grandiosa Patagonia! ¡Firmado Zardica Campos!

Mira el glorioso atardecer que da colores increíbles a esos, sus amados cielos patagónicos, y se seca lágrimas de emoción de su joven rostro.

(*) Escritora de Sierra Grande. Este cuento es de su libro “Después… será un mañana”.