DEBAJO DE MÍ

Por Mónica Soave (*)

Me asustan las olas allá abajo. Estoy sentado en el acantilado con el viento golpeándome en las orejas y este cielo lívido encima de mí. Me llenan de miedo las olas y la espuma que veo resbalarse sobre el mar desde esta piedra, desde todas estas piedras que parecen moverse y caerse junto con su cuerpo.

Fue tanto tiempo que me pasé con él, andando al lado de su vida. Era siempre mejor quedarse así, a su cuidado, dentro de la casa. Todos decían que era peligroso que yo anduviera solo por las calles del pueblo, de aquí para allá, mendigando un resto de comida o un lugar menos frío donde dormir. Todos decían eso, pero de todos era yo al que golpeaban, al que corrían de todos los sitios, hasta no saber más adónde ir. Y es muy difícil que uno pueda aguantar con tanta resignación ese atropello, que a uno siempre lo martiricen y le peguen hasta sangrar.

Una tarde embarrada, de olas muy altas y ni un alma caminando en las calles, Fermín me encontró. Me ofreció la comida que me venía faltando hace tanto tiempo y un lugar en su cuarto chorreado de humedad, lo de darle calor y compañía yo lo hice. Todos dijeron que Fermín se había vuelto loco, que un hombre solo y enfermo no se podía tomar el trabajo de cuidarme. Eso dijeron y a mí no me importó. A Fermín tampoco. Nos sobraba el día para estarnos juntos aquí en el acantilado, mirando el recorrido de una nube. Me acostumbré a sus largos silencios. Me ayudó a que pudiera comprender algunos de sus miedos, cuando caminaba a la noche con esos pasos largos por el vivero o cuando se me arrimaba en el catre que compartíamos. Ya no le tuve miedo a la soledad. Por eso yo lo quería tanto a Fermín. Porque él me defendía de la gente que decía tantas cosas sobre mí, mentiras, Fermín siempre decía que eran todas mentiras y yo siempre le creí únicamente a Fermín, cuando empecé a creer.

Es horrible que uno no haya podido conocer a sus padres ni saber donde están, pero es que uno no tiene la culpa de las cosas que pasan alrededor. Solamente se puede tratar de vivir lo mejor posible y conseguirse su parte de comida y abrigo y su refugio y todo eso que me enseñó Fermín mientras me hablaba por las noches con esa luna enorme y me hacía caricias en el pelo y yo me dejaba estar. El sabía lo que a mí me gustaba quedarme horas ahí, bajo su calor, bajo su sombra. Él sabía muy bien que era todo lo que yo había podido encontrar en este mundo.

Entender su tristeza yo también tuve que hacerlo. Se ponía a llorar y gritar de dolor al último, en ese cuarto donde la humedad parecía ocuparlo casi todo y me pedía casi sin voz que lo ayudara a no perder de esta manera la vida que le quedaba, y yo lo acompañaba a llorar y a gemir como si nuestros solos quejidos y nuestras solas lágrimas pudieran ahuyentar todos los terrores, pero ni eso bastaba. Fermín no se aliviaba con esas gotas de sal.

Y por eso, para que tampoco a él lo vieran sufrir es que lo he acompañado hasta el acantilado y lo he visto conquistar todo ese aire, como una gaviota, y ahora parece que las piedras sobre las que estoy echado también se movieran hacia abajo junto con ese cuerpo, ahora tan liviano, al que tanto he querido.

Me voy a estar aquí, para siempre en este borde húmedo, cavar un hoyo con mis patas a mí va a tocarme. Y ahí en ese hoyo me quedaré hasta que la muerte escuche mis aullidos y venga a buscarme y me lleve por fin junto a las piedras y las olas, allá abajo.

(*) Escritora que vive actualmente en Buenos Aires. Residió varios años en Puerto Madryn, donde escribió parte de su obra literaria. Este cuento es de su libro “Por Amanda y los demás” (Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1993); con prólogo de Mempo Giardinelli.