COMENTARIO DE UN LIBRO RECIENTEMENTE PUBLICADO

“LAS RUINAS DE PAMPA NEGRA” POR HUGO COVARO (*) (**)

Basta abrir las páginas de “Las ruinas de Pampa Negra” de Hugo Covaro, para adentrarse en la Patagonia. El lector puede estar sentado en un céntrico bar de la populosa ciudad de Buenos Aires, tomando un pocillo de café rodeado del bullicio urbano; pero cuando abra el libro y empiece a leerlo, será transportado de inmediato, por la magia de Covaro, a un atardecer de cielo azul y sol brillante en medio de la desértica meseta, cerca de una de esas numerosas taperas que hablan de los intentos fallidos del ser humano de arraigarse a una tierra que permanece insensible a sus pobres anhelos.

Podrá sentir el silbo del viento, verá alguna de las chapas oxidadas del derruido techo hamacarse al influjo de las ráfagas. Las matas bajas y espinosas ondularán a lo lejos según los caprichos del aire, el canto rodado brillará sobre el yerto suelo de greda blanca, la arena acumulada en un voladero del cañadón de un arroyo seco semejará una isla “surcada por los arañazos del agua»… Porque ese es el sortilegio de Covaro, que es el secreto de los buenos escritores: lograr con sus frases que el lector reviva los sentimientos y pensamientos que el autor tenía en su mente al crear la obra. En este caso, el bardo quiere llevar a quien explora las páginas de la novela al centro mismo del desierto mesetario. Y lo consigue.

La obra se inicia reflexionando sobre la muerte; con una introducción hecha en base a párrafos de inquietantes consejas que, leídas en un ambiente “civilizado” y a la luz del día, saben a fábula. Pero contadas de noche al reflejo de las llamas de un fogón, en inmediaciones de un puesto abandonado en medio de la meseta, provocarían un súbito repelús:

Dicen que las almas recorren penitentes todos los caminos transitados en vida; caminan pisando sus rastros y los rastros de aquellos hermanos que también partieron…(…) Ruinas de viejas poblaciones suelen ser guaridas para esas almas en pena. Y en su tránsito, desmemoriados peregrinos que se aventuren por esas oquedades, conocerán el sorpresivo acecho de sombras que encuentran abrigo en esos miserables despojos.

Al término del introito comienza de lleno la historia del deambular de Patricio Magallanes en busca de su padre y de su medio hermano; quienes, según la anciana Margarita, morarían en el enigmático paraje llamado Llapinilque. El viajero nunca escuchó hablar de tal lugar y por eso ni siquiera sabe para donde rumbear. Búsqueda extraña la suya, que parece entremezclar la realidad y la fantasía; y que lleva a catalogar la novela de Covaro dentro de una variante del realismo fantástico. Sin embargo, es un realismo fantástico patagónico, ascético y parco, distante del exuberante estilo de otras latitudes.

Pese a esa irrupción de la fantasía en la realidad – o viceversa – se mantiene constante la identidad del paisaje sureño; en el que van surgiendo los personajes tan arraigados a la tierra que forman parte de ella. Más allá de la confusión entre lo real y lo fantástico, Covaro retiene al lector en esa llanura donde el agua es un milagro y la vida una casualidad; y cada tanto se lo recuerda con diálogos de este tenor:

– Por esos lugares no hay caminos… o es un único camino sin orillas que lleva al olvido… una región seca, sin agua…

– ¿Sin agua? ¿Cómo pueden vivir sin agua?

– Ahí no hay agua porque no vive nadie…

O párrafos como el siguiente:

Sin un árbol donde apoyar los ojos, ese firmamento estéril remeda sin disimulo a un desarropado silencio con sus pájaros de humo. Da pena pensar en los nacidos y muertos en este páramo. Doblegados por una cruel paradoja son prisioneros de esta mínima tierra estaqueada en medio de un inmedible desierto.

Sin embargo, a pesar de la precisa descripción de la geografía mesetaria, que muestra una vez más que Covaro es un indiscutido poeta de la estepa austral y un fiel intérprete de los rasgos de su identidad, la novela no desarrolla una trama costumbrista. Porque el tema de fondo del libro es la vida y la muerte, el olvido y el recuerdo, temas permanentes en la Literatura que hacen que la obra, aun reflejando un acendrado regionalismo, avance en una problemática universal.

La búsqueda del jinete errante se desarrolla de sorpresa en sorpresa, de misterio en misterio, con un lenguaje pulcro y ameno; en el que cada frase tiene gusto a tropo literario bien logrado y muestra la precisión del Arte de Covaro, ya expuesta en forma amplia en sus anteriores libros. Un fragmento, a modo de ejemplo:

Ciertos mapas suelen ser tan engañosos como la propia memoria. En esos planos, islas desconocidas, tierras sin nombres ni límites, continentes a la deriva en océanos de truculentas aguas están dibujados por un desmemoriado cartógrafo, que ubicará el paraíso y el infierno dentro de una tierra inexistente.

Amerita detenerse un momento en la cuidadosa presentación formal del texto; publicado por Editorial “En Danza”. La bien lograda fotografía de tapa de Miguel Escobar Ruiz representa las bermejas paredes de piedra derruidas que dan nombre al volumen. No es la única ilustración: en su interior, varias imágenes en blanco y negro de la árida comarca tomadas por el autor, incrementan la sensación de desasosiego que genera la de por sí gráfica prosa. En la contratapa, un comentario de Javier Cófreces sintetiza el significado de la novela; en tanto que el usual glosario final agrega más modismos vernáculos a los muchos introducidos por el comodorense en sus dieciséis creaciones anteriores. Especial atención debe darse a la dedicatoria; sentido homenaje hacia un recordado escritor de las letras regionales, Ángel Uranga, y para Antonio Lescano.

Al terminar el libro, cerrado con un final impecable, queda una sensación, tenue, indefinida, de que existe cierta relación entre esta obra y dos novelas no muy difundidas de la Literatura universal: “Instrucciones para un descenso al infierno” de Doris Lessing y “El tercer policía” de Flann O´Brien. ¿Qué tiene en común la creación de un escritor profundamente patagónico, con los textos de una literata inglesa ganadora del premio Nobel en 2007 y de un autor irlandés de principios del siglo XX, admirado por Borges? Además de que la obra de Covaro tiene todo el derecho de integrarse por su propia calidad al acervo literario existente más allá de las fronteras nacionales, las tres obras ofrecen una perturbadora semejanza. Será el lector curioso e interesado en dilucidar los avatares de la Literatura regional quien sabrá encontrarla.

J.E.L.V.

(*) Covaro, Hugo. “Las ruinas de Pampa Negra”. Ediciones En Danza, CABA, 2019.

(**) Correo electrónico del autor del libro: vehachecebe@gmail.com