LA SUTIL FASCINACIÓN DE LA CARTOGRAFÍA

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

A Kayra Wicz, colaboradora del blog y cartógrafa.

… ciertos mapas suelen ser tan engañosos como la propia memoria. En esos planos, islas desconocidas, tierras sin nombres ni límites, continentes a la deriva en océanos de truculentas aguas están dibujados por un desmemoriado cartógrafo, que ubicará el paraíso y el infierno dentro de una tierra inexistente. 

“Las Ruinas de Pampa Negra”, de Hugo Covaro

Alfred Korzybski, a quien ya se mencionó con anterioridad en estas páginas, sostuvo que “El mapa no es el territorio”; en referencia a que la llana superficie de papel que reproduce un sector del suelo terrestre, no puede reflejar los accidentes de todo tipo que hacen que la realidad no sea tan perfecta como aparenta la imagen. En el papel no figuran las inclemencias meteorológicas; ni el esfuerzo que imponen las distancias y las anfractuosidades del terreno. Esta admonición es en especial cierta para quienes no tengan la habilidad de transformar, mediante su adecuada decodificación, una carta topográfica en el territorio mismo.

En el caso de aquellos que sí tienen esa capacidad, la hoja impresa se convierte en un lugar real; y al recorrerla con sus ojos aparece ante el observador – como en esas vistas tridimensionales en la actualidad tan populares en la “red” – la topografía. Pero esa clase de personas no necesita ningún apoyo informático. Si la carta es de campo abierto, surgirán ante su vista las montañas, los valles, los ríos… Si es el mapa de una ciudad, recorrerá sus calles mientras contempla los monumentos, los sitios históricos y los parques y plazas.

¿Por qué se dedica un espacio a la cartografía en este blog orientado a las letras? Tal vez porque puede decirse que la Cartografía es la Geografía hecha Literatura. Apreciar los trazos del relieve de una región y ver los nombres de sus lugares, es como leer un libro; en el cual cada topónimo, a veces eufónico, a veces extraño, cuenta una historia cuyo rescate es todo un goce intelectual. De hecho, la técnica de interpretar los planos del suelo se denomina “lectura de mapas”. Cabe aclarar que incluso la carencia de información, la aparición de espacios vacíos de trazos o letras, o las referencias a la falta de datos como el célebre “más allá, monstruos”, es un llamado a la fantasía y a la aventura; como el que hacen las mismas obras literarias.

(Aunque también se debe mencionar que hay libros dedicados a la temática; como por ejemplo “De la Terra Australis a la Antártida” del fueguino Luis de Lasa, «Contribución a la cartografía de la Patagonia o Chica entre 1519 y 1900» de Francisco José Dehais, investigador de Río Negro; o la recopilación de croquis antiguos que figura en la obra “Centenario de Río Gallegos (1885-1985)”, dirigida por Juan Ballinou).

La Cartografía Patagónica es muy rica. Como se indicó varias veces en este blog, los primeros bosquejos de la región figuran en los portulanos de Caverio y Kunstmann II, de 1502. Aparece allí, a los 45 grados de latitud sur, el imaginario río Cananor; registro realizado por la expedición de Américo Vespucio de ese año. No son los únicos documentos que grafican tales costas. Según el investigador Roberto Levillier, son varios los planisferios desde 1502 a 1590 que representan la zona. Entre ellos están el de Waldseemüller de 1507, quien sería el primero en usar el nombre de “América” para el Nuevo Continente; y el de Diego Ribeiro de 1527, que ya refleja los hallazgos de la circunnavegación de Magallanes.

A principios del siglo XVII se imprimen en los Países Bajos una serie de mapas denominados “Fretum Magallanicum” o “Magellanicum” (“Estrecho de Magallanes” en latín) que fueron verdaderas obras de Arte – porque la cartografía puede ser un Arte –; como el de Jodocus Hondius de 1602 o el de Petrus Bertius, hacia la misma época. Basados en los viajes de los diversos exploradores que habían visitado el Estrecho, reproducen sólo ese accidente con un profundo detalle.

Con el avance de los descubrimientos geográficos y también con el de la técnica topográfica, estos documentos van adquiriendo más fidelidad. Sin embargo, los que muestran la Patagonia mantienen durante mucho tiempo ciertos pintorescos detalles de sitios inexistentes; como el “lago Tehuel” o el “Canal San Sebastián”. Por ejemplo, el plano del norteamericano Anthony Finley de 1827, el Atlas del inglés James Playfair de 1814; y la cartografía que John Reid publicó en Nueva York en 1796, semejante a la editada con anterioridad en Londres por William Winterbotham. 

La Patagonia fue objeto en el país de un variado relevamiento parcial, para ilustrar ciertos textos específicos. Sin embargo, ya en 1869 el mapa de Pablo Emilio Coni mostraba a la Argentina completa, incluyendo la Patagonia. En 1901 vio la luz en Buenos Aires el primer “Atlas del plano catastral de la República Argentina” de Carlos de Chapeaurouge. Allí figuran los croquis de algunas ciudades; como el caso de Rawson, graficada en el marco del familiar damero de las chacras del Valle Inferior del río Chubut. La representación del territorio nacional de Pablo Ludwig, de 1914, ofrece un cuidadoso dibujo de todas las provincias; incluyendo las sureñas.

En 1954, el Instituto Geográfico Militar, o IGM, publica el mapa oficial de la República Argentina. Este organismo, cuyos antecedentes se remontan al año 1879, venía desarrollando desde 1941, a partir de la sanción de la “Ley de la Carta”, la tarea de realizar “el levantamiento topográfico de todo el territorio de la Nación”. En 2010, el Instituto Geográfico Nacional, nueva denominación del antiguo IGM, edita el mapa bicontinental del país; en el cual el sector antártico argentino tiene la misma escala que el americano. Pero tales obras “modernas” ya dejan de lado la concepción artística, para lograr la precisión. Su corolario natural son los “Sistemas de Información Geográficos” y los gráficos de tres dimensiones que, junto con ese chozno del astrolabio, el GPS, no ceden demasiado lugar a la quimera.

Para el aficionado a estas fuentes de información geodésica, familiarizado con cotas y curvas de nivel, con cuadrículas y coordenadas, con símbolos y leyendas, contemplar uno de esos documentos gráficos se torna tan apasionante como solazarse con un texto literario. Recorrer los dibujos que relevan el suelo y toparse con su nombre, provoca en el lector, si conoce el lugar, el recuerdo de haber estado allí; y si no lo conoce, la curiosidad por verlo. Esto sigue sucediendo en la actualidad, pese a la moderna tecnología satelital y digital, al observar planos de lugares exóticos. Pero también los de sitios conocidos. Como pasa en la Patagonia, cuando leyendo una carta topográfica se encuentra un nombre sonoro o misterioso, o el de un lugar apartado y poco visitado; como los peñascos “Las Furias del Este” o el cerro “La Roca del Tiempo”. Los mapas despiertan la imaginación, pero para leerlos hay que tener imaginación.

Comentario:

La red muestra muchos sitios donde los aficionados a la cartografía patagónica pueden obtener material. Una de esas páginas es la excelente “Bahía Sin Fondo”, donde figura una interesate recopilación cartográfica regional y los “links” a numerosas colecciones de mapas.

(http://bahiasinfondo.blogspot.com/2012/02/buscando-mapas-viejos-de-la-patagonia.html)