DE LA PATAGONIA AL MUNDO (DE LO REGIONAL A LO UNIVERSAL)

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

Con esa clarividencia que los escritores rusos de fines del siglo XIX tienen para ir al centro de la cuestión, León Tolstoi sintetizó en forma admirable lo que a otros autores les lleva páginas desarrollar. “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, dicen que dijo, para explicar que el grupo de personas más pequeño, próximo y familiar al escritor es un fractal de la humanidad; y que al describir sus personalidades, sus sentimientos y sus pensamientos, puede retratarse a todos los habitantes del globo. Tal apotegma sufre a veces una crítica que condiciona un tanto a las letras regionales. Y como en estas páginas se habla de la Patagonia, debería precisarse: que condiciona a las letras patagónicas.

La postura crítica se debe, en parte, a los dichos de otro gran autor: Jorge Luis Borges. En su trabajo “El escritor argentino y la tradición”, menciona que el pensador inglés Edward Gibbon “…observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos”. Y agrega: “yo creo que si hubiera alguna duda de la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe”. Esta cita, al igual que la de Tolstoi, ha sido repetida innumerables veces. Pareciera que Borges dirigió su frase hacia el modo artificial de ciertos autores de intentar crear una obra nacional exagerando el “color local”. Pero él mismo, en muchos de sus cuentos y poemas (“El hombre de la esquina rosada”, “La milonga de Jacinto Chiclana”), describe un territorio geográfico vernáculo y un medio cultural que lo atraía; y que había estudiado para situar allí sus obras: el sur porteño, su malevaje y sus criollos de honor. Esto hace pensar que la crítica no era a la esencia del costumbrismo; sino a su exceso, su desmesura.

Por otro lado, un breve recorrido por muchas de las principales obras literarias del mundo permite apreciar que, en general, sus autores las emplazan en los lugares de donde son oriundos o que conocen bien. Fedor Dostoievsky hace transcurrir su “Crimen y Castigo” en San Petersburgo; y son varias sus referencias al Nevá, uno de los símbolos tradicionales de esa ciudad. “Ulises” acontece en el Dublin de James Joyce; “Don Quijote” en los campos de La Mancha. En el país, Leopoldo Marechal localiza a “Adán Buenosayres” en la Reina del Plata; y otro tanto hace Adolfo Bioy Casares con “La noche de los héroes”, donde abunda en referencias a los barrios porteños. Y si Julio Cortázar ubica parte de “Rayuela” en París, era porque estaba viviendo allí y sabía bien de lo que hablaba; como así también cuando la finaliza en la conocida Buenos Aires.

Llevado el tema a la Patagonia, y extrapolando el ejemplo del camello de Borges, se podría decir que una obra literaria no necesita mencionar a los guanacos, las ovejas, el viento o la nieve para ser patagónica. Esto es indudable. Aunque si se desarrolla en la región, la validez de tal afirmación dependerá en qué lugar de la misma lo hace. Es difícil que un argumento enmarcado en el ámbito rural pueda obviar alguna de esas peculiaridades. Tal vez un texto que transcurra en un entorno urbano las evite; pero aparecerían otras situaciones típicas relacionadas con la zona, como referencias a costumbres, lugares o personajes autóctonos, que ocuparían el lugar de los guanacos o el viento.

Por supuesto, si la obra del literato sureño se desenvuelve en un lugar aséptico, por ejemplo, entre las cuatro paredes de un cuarto, o en un sitio imaginario, como el de una novela de ciencia ficción; o, simplemente, en otra región u otro país… podrían soslayarse las referencias a la geografía, la historia, las costumbres, los pobladores, las circunstancias patagónicas. No por eso dejará de ser un escritor patagónico, ya que su lugar de origen o residencia siempre será un punto de referencia cuando se lo mencione. Incluso, si se sigue la opinión de Leonor María Piñeyro en su breve “Ensayo de historia literaria patagónica”, de 1963, aunque no lo vuelque de manera explícita, su condición de patagónico se reflejará en forma inconsciente en sus letras. De hecho, se reconoce a Julio Verne como un escritor francés; aun cuando sus relatos transcurren en lugares “exóticos”. Por ejemplo, su novela “El faro del fin del mundo”, que ocurre en la Isla de los Estados; la que, buscando dar creíble marco a su obra, puebla de curiosos guanacos con cuernos.

Pero también se entiende que un escritor regional quiera ambientar sus creaciones en la zona que conoce bien, en los escenarios que le son habituales, con los habitantes cuya idiosincrasia le resulta familiar… es decir, escribir sobre lo que domina con profundidad por ser su vida cotidiana; y donde encuentra temas atractivos, que reflejan las mismas situaciones que se presentan en otros lugares del mundo. Cambiando los detalles, son iguales eventualidades que enfrentadas por los residentes de distintas latitudes, provocan similares respuestas en todos lados.

La Patagonia es una región rica en temas literarios. Con una mitología interesante, que ya fue aprovechada por algunas plumas como hizo Shakespeare con el dios patagón Setebos y –si damos fe a Roberto Payró– Poe con la diosa ona Schalgpe, dueña de una historia abundante en sucesos extraordinarios, poseedora de escenarios naturales que despiertan la actitud contemplativa en los seres humanos, pero que también los puede someter a los esfuerzos físicos más extremos, parece terreno propicio para que cuentos y novelas, poemas y obras de teatro, ensayos y crónicas, se desarrollen con plenitud en un contexto regional que a su vez represente los conceptos universales.