VIAJES, ESCRITORES, CASAS y ANÉCDOTAS

Por Carlos Dante Ferrari

A veces el azar, sin que uno se lo proponga, tiende sus hilos al modo de Ariadna para guiarnos hacia sitios conectados con nuestras grandes pasiones. En este caso, con la literatura.

La primera etapa de un viaje reciente estaba orientada a recorrer una comarca sureña de Alemania cuya sola mención despliega los portales de la fantasía: la Selva Negra, ese macizo boscoso de abetos y pinares abigarrados al que los romanos legaron el inquietante nombre de Populum Nigra. Con la moderna ciudad de Stuttgart como cabecera, el itinerario abarcó etapas intermedias en Baden Baden, Friburgo y Freudenstadt. Desde cada uno de esos puntos incursionábamos por caminos rurales que nos llevaban hacia algunas poblaciones asentadas en aquel hermoso enclave montañoso.


El primer episodio sucedió en Friburgo, una ciudad cuya belleza se puede apreciar desde el alto mirador de uno de los cerros que la circundan. Acequias y canales corren por las calles y han dado lugar a rincones románticos, como la “pequeña Venecia”, que convoca la atención de innumerables visitantes.

Como decía al comienzo, no era nuestra intención visitar casas de escritores famosos: simplemente nos fuimos topando con ellas. 

Una tarde, mientras recorríamos el casco histórico, nos sorprendió una placa con un anuncio: era la la famosa “Casa de la Ballena”. Allí, entre 1529 y 1531, había vivido nada menos que Erasmo de Rotterdam.


La ciudad ostenta este hecho histórico con orgullo y lo utiliza como uno de sus recursos turísticos. Sin embargo, la realidad nos revela que el célebre escritor, filósofo y teólogo holandés conservó muy malos recuerdos de su corta estadía en aquella ostentosa residencia de diseño gótico, construida a instancias de Jakob Villinger von Schönenberg, tesorero del emperador Maximiliano I, a fines del siglo XV. 

Según las crónicas de la época, Erasmo de Rotterdam describió los canales citadinos en estos términos: “un arroyo hecho artificialmente discurre por todas las calles de esta ciudad, el cual absorbe los jugos sangrientos de las carnicerías, el hedor de todas las cocinas, la suciedad de todas las casas… Con este agua se lavan las telas, se limpian las copas de vino e incluso las ollas.” Además, por lo que se sabe, el notable intelectual tampoco se llevaba muy bien con los demás residentes.

Lo cierto es que en 1531 su contrato de alquiler en la “Casa de la Ballena” fue disuelto y Erasmo, con indisimulado disgusto, abandonó Friburgo para siempre.


El viaje prosiguió. Ya alojados en Freudenstadt, se nos ocurrió visitar las poblaciones cercanas y el destino se encargó de conducirnos a Calw, la ciudad natal de Hermann Hesse atravesada por el río Nagold. 

Ninguna descripción puede componer con palabras lo que se revela a los ojos del peregrino. Hasta las fotografías son un recurso muy limitado para mostrar la singular combinación de sus bellezas naturales y arquitectónicas. Lo cierto es que allí, en una de sus calles, está la casa natal del celebérrimo escritor. Hoy en día no puede visitarse; la planta inferior está ocupada por una casa de modas. Solo nos fue dado ver su fachada, la puerta y los carteles que certifican el sitio histórico.


Es una experiencia emotiva recorrer la escuela, la iglesia y los faldeos arbolados; el casco conserva ese halo pueblerino con reminiscencias antiguas, que invita a imaginar la infancia de Hesse. Un gran museo conserva diversos testimonios de su trayectoria y cerca del río hay una estatua de bronce que lo representa vestido como un montañés.

Nacido en 1877, después de los primeros tres años Hesse vivió en Calw por intervalos. En 1881 su familia se trasladó durante un tiempo a Basilea. Al retornar a la ciudad natal Hermann cursó allí parte de sus estudios (1886-1889). Como dato curioso, en 1894 trabajó en la fábrica de relojes Perrot durante poco más de un año, pero su vocación literaria era más fuerte que todo. Primero librero, luego escritor, emprendió una carrera que lo haría mundialmente famoso. 

En 1912 Hermann Hesse abandonó Alemania para no regresar nunca más. Al visitar Calw uno no puede dejar de preguntarse si, hallándose en el exilio, la nostalgia quizás lo devolvía allí de vez en cuando, a esa villa tan hermosa de sus primeros días que aún hoy celebra su memoria.

La etapa final del viaje transcurrió en Londres, una ciudad que —para delicia de los flâneurs— vale la pena caminar durante horas y horas.

Una de esas caminatas nos condujo a Notting Hill. Buscábamos el colorido y el espíritu de su feria permanente y —por qué no— revivir las impresiones románticas de la película homónima. Obviamente no quedaban ni rastros de Julia y Hugh, pero sí de los edificios donde se ambientaron las escenas de la librería y de la vivienda de su propietario. 


Entre puestos de flores, de frutos y de toda clase de mercancías, inesperadamente, sobre el número 22 de la calle Portobello Road, un cartel nos reveló que allí, entre 1927 y 1928, había vivido nada menos que Eric Blair, más conocido como George Orwell. En esa casa, por intercesión de su amiga Ruth Pitter, también escritora, se alojó Eric al llegar a Londres con intenciones de dedicarse de lleno a la escritura. Según dijera más tarde el propio Orwell, no le fue muy bien durante su estadía. La habitación era fría y la casera, Mrs. Craig, a tono con la sensación ambiental, era una mujer poco condescendiente.

Estos hallazgos tal vez no sean del todo casuales. Quizás algún mecanismo inconsciente gobierna nuestros timones. En todo caso, las placas sirven para recordarnos  que los hombres célebres han sido, son y serán, al propio tiempo, seres comunes, a veces convertidos por la circunstancias de la vida en ciudadanos del mundo, sin una residencia fija. O para enterarnos de que esas estancias no siempre fueron felices. Erasmo nació en Rotterdam pero murió lejos de allí, en Basilea, después de trajinar durante años por Inglaterra, Alemania, Suiza e Italia. Hesse nació en Calw, pero anduvo por sitios tan dispares como Suiza, Ceilán, Indonesia, y lo cierto es que nunca regresó a su pueblo natal; dejó este mundo en Montagnola, Cantón del Tesino (Suiza). Orwell nació en la India; luego la vida lo alejó para siempre de su terruño, llevándolo por Birmania, Londres, París, España y Marruecos,  para llegar al fin de sus días en Londres.

Sea por admiración, por auténtico respeto o por simple interés turístico, los sitios donde alguna vez se alojaron tan ilustres residentes hoy se empeñan en brindar testimonios de esos albergues temporarios, sorprendiendo nuestros pasos viajeros con sus placas y sus frontispicios silenciosos.

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