LUCIO RAMOS OTERO Y EL ENFADO COMO NUMEN

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

Román Lucio Ramos Otero pertenecía a una conocida familia de Buenos Aires. A fines del siglo XIX decidió iniciar una explotación ganadera en la cordillera del norte chubutense. Encontrándose en esa zona, el 31 de marzo de 1911 fue secuestrado, junto con su peón José Manuel Quintanilla, por los norteamericanos Robert Evans y William Wilson; y el argentino Mansel “Yake” Gibbon. Los cautivos fueron encerrados en un rústico calabozo de troncos en el bosque, de donde se escaparon el 27 de abril. El rescate de 125.000 pesos exigido por los bandoleros no se pagó; aunque mientras estuvo prisionero su estancia de Corcovado fue saqueada. Más tarde, una partida de la Policía Fronteriza, acompañada de la víctima, encontró la improvisada cárcel de la espesura; lo que corroboró sus declaraciones. Al tiempo esa fuerza policial abatió en un enfrentamiento a los dos estadounidenses; en tanto “Yake” pudo sobrevivir y evitar la captura.

La experiencia influyó tanto en la vida de Ramos Otero que decidió describirla con detalle en cuatro tomos cuya prolija edición pagó él mismo: “Son cosas de la vida, dijo Yake” en 1911, “La Policía de Tecka o la Comandita” y “La expedición mayor que se haya hecho a la cordillera del Chubut para agarrar a tres bandidos”, ambos de 1912; y el último volumen, “Para evitar el escándalo”, de 1915, que no pudo ser consultado para esta nota. Pero el disparador que lo llevó a escribir los gruesos textos -de más de cien páginas al menos cada uno de los tres primeros- fue la necesidad de defenderse ante la actitud de diversos funcionarios y medios de prensa que pusieron en duda su versión y hablaron de un autosecuestro.

Por ello, el autor introduce su obra con la cita «Il reste toujours quelque chose de la calomnie», paráfrasis de la frase “Calomniez, calomniez, il en restera toujours quelque chose” (Calumnia, calumnia, siempre quedará algo), que Pierre-Agustin de Beaumarchais pone en boca de su personaje Don Basilio en la pieza teatral “El Barbero de Sevilla”, de 1775. Pero ya en 1623, Francis Bacon en su clásico estudio “De la dignificación y el progreso de las ciencias”, había afirmado: “Como suelen decir: ¡Vamos! Calumnia audaz, siempre queda algo”.

Los libros de Ramos Otero reúnen una serie de recortes periodísticos relacionados con el tema, provenientes de los diarios “La Patria degli Italiani”, “La Prensa”, “La Nación”, “La Argentina”, “La Tribuna” y otros. También se copian diversos telegramas oficiales y privados; y uno de los tomos está ilustrado con las dos fotos de “Yake” reproducidas numerosas veces. El resto de las páginas se encuentran cubiertas por el exhaustivo y a veces taquigráfico informe del damnificado, que reseña el secuestro, la fuga, la expedición que hace la policía para dar con los bandidos y las secuelas del episodio; con un estilo del cual da idea este corto párrafo, descriptivo del momento de su captura:

«El inglés flaco saco un piolin i me ato las manos atras poniéndome la izquierda abajo y la derecha arriba que me dolía. Lo mismo hizo con el peón.
Sacó el que parecía jefe, el grueso, una soguita, un tiento grueso bien sobado i nos acopló a los dos de cada pescuezo (a mi i al peon) a distancia de un metro.»

También sirve de ejemplo el siguiente breve diálogo que el hacendado mantiene con María, la mujer del encargado del puesto donde arriba luego de su huida; quien al principio no lo había reconocido:
“-¡Ah, patrón! No lo había conocido.
-Sí, señora. Me agarraron los bandidos norteamericanos y anoche me escapé.
-Bien había soñado el mellizo (así llama a su esposo) que el patrón no había muerto”.

Las páginas de Ramos Otero tienen un indudable valor como registro histórico de los hechos ocurridos. Pero, ¿qué interés ofrece desde el punto de vista literario? En principio, los volúmenes pueden catalogarse dentro del género didáctico. La minuciosa narración en primera persona de lo sucedido, insertan al trabajo en la hoy en día denominada “Literatura del yo”; de la cual se habló varias veces en este blog.

Sin embargo, no se trata de una autobiografía, pues sólo enfoca un momento de la vida del individuo. Sería, entonces, una “memoria” sobre el lance vivido; relatada desde el punto de vista del principal protagonista. Tal visión coincide con las enseñanzas de Wilhelm Dilthet respecto a que un texto personal permite entender mejor el pasado; cuando pertenece a un contemporáneo de los hechos ocurridos. Pero también requiere que el narrador adscriba al “pacto autobiográfico” de Philippe Lejeune, porque el lector debe poder confiar en la verosimilitud de los datos brindados.

¿Transforma una obra de estas características a su autor en un escritor? ¿Permite la saga de sus desventuras convertir a Ramos Otero en un literato en condiciones de unirse a las letras regionales? Al animarse a volcar al papel sus pensamientos y sentimientos, el estanciero demuestra una inclinación hacia la escritura. Por otro lado, la causa que lo lleva a redactar su obra también fue el estro de autores de renombre. Es la indignación, el enojo, lo que mueve a Emile Zola a escribir «Yo acuso». Claro que ese texto se integra como una parte menor al conjunto de su abundante creación. Al igual que sucede con Zola, el enfado motiva a Ramos Otero a tomar la pluma; aunque, lejos de la copiosa y artística producción del francés, se limita a redactar esos cuatro volúmenes de testimonio y denuncia.

Por su contribución al estudio de la historia local bien podrían tales libros integrarse al acervo de la Literatura regional. Sin embargo, con los escasos antecedentes expuestos en esta nota, no parecería posible defender la incorporación de su autor al parnaso patagónico; pero sí se aprecia que amerita, al menos, su recuerdo en estas páginas dedicadas a las letras sureñas.

Agradecimientos: El autor quiere agradecer a la Sra. Verónica Halliday de Ferrari el haber motivado esta nota y luego darle impulso, merced a su incansable búsqueda de valiosa bibliografía patagónica y a su habitual generosidad de comentar sus hallazgos a los interesados. También quiere agradecer al personal de la Biblioteca Agustín Álvarez de Trelew, por su amabilidad y buena predisposición al permitir consultar el material para esta nota, en un momento en que estaban ocupados afrontando otras tareas administrativas. Su cortés actitud permitió que este cronista, que debía viajar varios kilómetros para consultar nuevamente el material, pudiese cumplir su cometido en ese momento.