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TRELEW

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

No hay un sólo Trelew. Hay muchos Trelew; hay tantos como habitantes tiene la ciudad, pues cada uno de sus moradores tiene una particular visión del lugar donde vive. A su vez, cada uno de ellos recuerda, en forma sucesiva, otros distintos Trelew: el de su infancia, el de su juventud, el de su madurez… Sería tarea imposible reunir todas esas miradas para obtener una única imagen del lugar y tratar de reflejar tal pintura multicolor en esta breve nota.

También hay un Trelew comercial, siempre vigente; y un Trelew ferroviario, ya desaparecido. Un Trelew chacarero, un Trelew de barracas y estancias cercanas, un Trelew industrial, un Trelew turístico hotelero y gastronómico, un Trelew de vida nocturna, un Trelew de escuelas, colegios y facultades, un Trelew cultural. Entre todas las variantes que pueden surgir al contemplar la urbe desde una perspectiva artística, se hace patente la existencia del Trelew literario. Y como esta hoja trata sobre Literatura, esa versión de Trelew es un buen punto para detenerse.

La fundación del “Pueblo de Luis” en 1884, tardía en relación a los otros poblados del Valle, se compensó con la pujanza que pronto adquirió por su condición de estación final del tren y cruce de caminos. Su historia de permanente desarrollo fue descripta en los cinco tomos de “Trelew. Un Desafío Patagónico”, de Matthew Henry Jones; quien si bien profundiza en el período de 1865 a 1943, avanza en algunos temas hasta el presente. Este texto constituye, sin dudas, una de las más importantes obras literarias locales.

La condición que le valió en algún momento el mote de “la ciudad más progresista del sur argentino”, hizo que atrajera una numerosa población; incluyendo a muchos de los que ya habitaban el Valle. Por ejemplo, Lewis Jones, en cuyo homenaje luce su topónimo, quien pasó sus últimos días aquí y fue sepultado en 1904 el cementerio de la Capilla Moriah. En esos años funda “Y Drafod” y lo edita en una imprenta de la localidad; hasta que le cede el control a su hija Eluned Morgan en 1893. Hacia 1898, Jones publica su obra «Una nueva Gales en Sudamérica»; por lo que puede suponerse que al menos parte de ella fue escrita en Trelew.

Pero no es el único escritor local de esa época; ya que a los entusiastas que publicaban artículos de distinto tenor en “Y Drafod”, deben sumarse quienes comenzaban a competir en los Eisteddfod; cuya sede se estableció oportunamente en la ciudad. Los poemas premiados con los numerosos Sillones Bárdicos y Coronas de Plata entregados a sus plumas vernáculas, forman parte del acervo cultural trelewense.

Con el tiempo, fruto de su pujanza, la “Punta de Rieles” recibió una numerosa afluencia de inmigrantes de diversos orígenes que se agregaron a los primeros galeses; como así también de muchos migrantes internos provenientes del norte del país. En las primeras décadas del siglo XX, uno de ellos, profesor en el Colegio Nacional, se convertiría en un literato sureño: Orestes Trespailhié; quien escribe las novelas “Los Tchenques” de 1933, “Ofelia” de 1934 y otras obras. Más tarde se muda a Puerto Madryn, donde falleció. Allí una arteria lleva su nombre como homenaje.

De a poco fueron surgiendo poetas, como Irma Hughes, Lily Paterson y Claudia Romero; creadoras de relatos, como Gwen Adeline Griffiths de Vives. Fue hogar de Edi Jones, recordado por sus fotografías pero también autor o coautor de algunos libros, de Clemente Dumrauf, responsable de cerca de veinte ensayos de Historia regional, de Donald Borsella, una de las plumas más conocidas de la Patagonia, de Oscar Camilo Vives, cuyos numerosos cuentos fueron premiados en diversos certámenes. Fue aquí donde el doctor Vicente Ugo compuso varios de sus poemas, muchos de ellos en forma de soneto, antes de volver a radicarse al norte; y es el sitio donde Manuel Porcel de Peralta residió y escribió hasta el final de su vida.

(El lector sabrá perdonar que el cronista sólo cite a escritores locales ya fallecidos. En la actualidad, Trelew tiene una vasta vida literaria, con autores de gran calidad artística. Pero no osa mencionar sus nombres para no cometer, por un error involuntario, la imperdonable injusticia de olvidar alguno).

Volviendo a la premisa inicial de este artículo, es decir, los muchos rostros que presenta Trelew, se barrunta que a los ojos del observador la localidad aparece como la mezcla de todas esas visiones, entrelazadas, superpuestas, dispersas, amontonadas… Cuando viniendo del norte o del sur se baja al Valle que la resguarda como el engarce a una gema, se ve una única población, homogénea, uniforme. No se distingue esa diversidad multifacética; sólo advertida cuando se empieza a caminar sus veredas.

Por supuesto, entre las múltiples perspectivas está la personal de este escriba; que tiene valor tan sólo para él. Es un Trelew inmovilizado a fines de los setenta, cuando dejó el terruño para vivir otros rumbos. Claro que uno siempre retorna a los lugares donde fue feliz. Cada regreso es volver a disfrutar el lar; pero la mirada atraviesa un filtro del color de aquellos años y busca encontrar, como en un pasatiempo, las similitudes y diferencias con lo que conoció. Ya no está Apolo XI, ni Gong Gú ni La Reina; tampoco está el canal de la calle Inmigrantes, ni el patio de tierra de la Escuela 5 con sus eucaliptus, ni el Recreo Socino… Otros negocios a tono con la época, y nuevas plazas y plazoletas, y edificios de varios pisos, los reemplazan.

Año tras año se advierten los cambios, a veces sutiles, a veces contundentes; pero al mismo tiempo el viajero reconoce que, aunque distinta, es la misma ciudad. Siguen erguidos los mismos álamos que delimitan las chacras en sus afueras, sigue deslizándose el mismo río pardo y moroso bajo el puente Hendre, siguen las mismas bardas blancas cortando el horizonte con sus líneas rectas. Y, sobre todo, sigue siendo ese mismo Trelew que alguna vez se eligió para vivir; y al cual el exiliado quiere al fin regresar para ya no marcharse.