A Cristina

IN LOVING MEMORY

Por Fernando Nelson (*)

–Debes ser paciente –dijo Mary Ann–. Figúrate nuestro amor como un fruto que debe cumplir las etapas de su maduración. El desborde de pasión que te impulsa también a mí me llega, pues soy mujer, pero debemos esperar la hora del fruto maduro, la inexorable llegada del tiempo que será nuestro.

–“Inexorable”–pensé– y mi espíritu se sacudió al repetir aquella palabra. Los nubarrones grises de mis presagios no eran sino el reflejo de ese cielo de invierno.

–Sé lo que piensas –dijo ella, tomándome la mano. Esforzó una sonrisa mientras hablábamos quietos, sentados en la arena de la costa, con los pies húmedos por la cercanía del mar-. Sé lo que piensas. Temes perderme sin haber conocido todo mi ser, pero… ¿no te basta saberme tuya aún no poseyéndome, o aceptar la realidad de este amor? Yo, en cambio, hallo la paz a tu lado en este sitio, donde cada tarde vemos morir, una a una, las olas que chocan contra el viejo espolón. ¿Es necesario, acaso, un juramento, una señal, una prenda, para convencerte de mis sentimientos?

La miré sin responder. La vi buscar algo en su ropa, y terminó tocando su cinta de terciopelo negro, que en delicado moño cerraba el cuello de su blusa. Clavó sus ojos oscuros en los míos y dijo:

–Esta cinta será nuestra señal. Nos veremos cada tarde, pero sólo cuando te entregue esta cinta, sólo entonces mi amor será total y eternamente tuyo. 

–Así será –musité, y cerrando los ojos, calmé con sus besos la ansiedad de mi boca.

Pero tristes eran los planes que el destino había guardado para nuestras vidas. Una tarde Mary Ann confesó haber tenido una persistente dolencia. Al otro día faltó a nuestra cita, y ese día la playa de las grandes rompientes, como nunca, fue gris, fue solitaria, y fue húmeda.

Mary Ann murió en octubre. Su vida se fue extinguiendo sin que nadie descubriera la naturaleza de su extraño mal. Yo estuve a su lado en el instante póstumo; yo sentí la última sacudida de su mano entre las mías; yo permanecí a su lado las interminables horas hasta que alguien me tomó de los hombros, alejándome de la adorada muerta.

Desde entonces no hubo amanecer ni crepúsculo. Mi cuarto era el único lugar soportable. No hacía allí otra cosa que recordar cada minuto, cada instante compartido junto a ella. Recordé los juegos telepáticos de esta mujer, que me enviaba mensajes cada noche y que yo recibía apenas quedaba a oscuras. Pero tales recuerdos, y otros que sobrecogían mi espíritu, terminaron atormentándome a tal punto, que fui convencido de la necesidad de un largo viaje para reponer mi salud.

Accedí sin entusiasmo, y antes de la partida hice un ramillete de flores que le dejaría esa tarde. Antes de que anocheciera me dirigí a su morada. Al llegar, al recorrer con mis ojos las letras de su lápida, me esforcé para recordarla como cada tarde la viera junto al mar. Cerré los ojos y procuré imaginar la amorosa voz de aquella a quien ya no tenía, y no sólo me parecía escucharla; hubiera jurado que su perfume inundaba mis sentidos. Resté importancia a la enfermiza obsesión por tenerla, por acariciar su piel, y me dejé sumergir en el más profundo éxtasis de su adorado recuerdo. Apreté más los párpados, y en movimiento frenético arrojé las flores sobre la tumba, y grité con desesperación el nombre de mi amada, y antes de que el eco se perdiera en el aire, algo cayó a mis pies y descubrí, al mirar, la cinta de terciopelo negro.

(*) Escritor chubutense, radicado actualmente en Puán. Cuento tomado de su libro “El Retorno” (2da edición).