EN BUSCA DE LAS RAÍCES

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

Hay una inquietud que asalta a la mayoría de las personas en un momento de la vida: conocer sus orígenes. Este interés, unido a la necesidad de dejar registro escrito de lo que se descubre al investigar la historia propia, genera una variante literaria que podría llamarse «de la búsqueda de las raíces». Aunque en cierto modo sería factible encuadrarlo dentro de la denominada “Literatura del yo”, esta vertiente de las letras no es similar a la autobiografía.

Si bien en esta última clase de obras se comienza muchas veces con un enunciado de los antecedentes familiares, no es la esencia fundamental del trabajo. En la autobiografía, el punto de partida es el individuo que se analiza a sí mismo a partir de su realidad. Sus reflexiones se centran en lo que ha hecho durante la vida a partir de la toma de conciencia de su ser. Se pregunta, en cierto sentido, «¿a dónde voy?». En cambio, en la variante «de la búsqueda de las raíces», el individuo se reconoce como el final de una historia. Su pregunta es «¿de dónde vengo?»; y trata de dilucidar lo acontecido para que él existiese. Con su nacimiento termina el trabajo que decidió escribir.

Tampoco es igual a la biografía o al ensayo histórico; porque en estos casos el observador es externo. Más allá de su seriedad académica y de su compromiso con la verdad, el biógrafo o el historiador no se siente involucrado de manera íntima con lo que narra. Pero quien escribe respecto a la historia específica que tuvo como fruto su presencia en ese exacto lugar, en ese preciso momento, sabe que todo lo que diga tiene una implicancia personal. Como sucede en la física cuántica, acá también el observador influye sobre el fenómeno observado; porque no pude descartarse un dejo de subjetividad emotiva. Por ello, al igual que en la autobiografía, en este otro tipo de trabajos también se debe producir ese pacto entre el autor y el lector del que habla Philippe Lejeune.

De todas maneras, algunos ensayos que tratan el tema de la presencia de familias de distinto origen arraigadas en la Patagonia, sirven a los exploradores de su propio pasado para obtener valiosa información; e incluso, en algunos casos, satisfacen por completo la necesidad de conocimiento que la cuestión causó al curioso, porque entiende que los datos obtenidos por esos terceros colman sus ansias de identidad. Estos libros que tanto contribuyen a ayudar en su búsqueda a quienes se interesan por sus orígenes son, por ejemplo, los dos tomos de la magnífica obra de Albina Jones de Zampini, “Reunión de familias del sur”; que desarrolla el árbol genealógico de más de 120 familias del Valle del Chubut, descendientes de los colonos galeses y de otros pobladores. Sin dudas es una substanciosa reseña cuya consulta es imprescindible para aquellos habitantes de esa comarca que quieran rastrear sus orígenes.

Otra obra de esas características es “Familias de Santa Cruz”, del riogalleguense Pablo Gustavo Beecher; que reúne una serie de bocetos familiares de los pioneros de Santa Cruz. A nivel local, en diversas ciudades sureñas, algunos escritores han sabido buscar esta información para conformar la historia de la Patria Chica; y a la vez brindar datos sobre las familias pioneras. Por ejemplo, en Las Heras, los autores Claudia Pródromos y Fabio Riquelme recopilaron datos para su obra “Retazos de la Memoria, Historia de familias lasherenses”; en tanto en Chos Malal, histórica primera capital del Neuquén, el historiador Héctor Alegría coordinó los dos primeros tomos de los cuatro previstos para la obra “Familias de Chos Malal”. Por su parte, en Comodoro Rivadavia, María Laura Morón y Liliana Peralta escribieron “A mi tierra…”; un libro en homenaje a los pioneros de Comodoro Rivadavia entre 1898 y 1915, cuyas biografías finalizan con la genealogía familiar hasta la actualidad.

Pero, más allá de estas obras de investigación histórica más amplia, el subgénero surgido a partir de la tarea de pesquisa realizada por parte de los propios interesados, muestra numerosos ejemplos en las letras regionales. Uno de ellos es el libro “Relatos de un inmigrante italiano“, de Claudio Paolini; quien habla de su padre Orlando. En tanto, «Trebowen» de Diego Dante Gatica, desarrolla la historia de la familia Bowen de la que desciende el autor. Lo mismo sucede con “Sapag: del Líbano a Neuquén. Genealogía de una pasión”, de Luis Sapag. Por su parte, “Mi sangre yagán”, de Víctor Vargas Filgueira, se refiere en forma casi específica a uno de sus ancestros, el bisabuelo del autor. “Los Naranjos”, de la escritora de origen neuquino Gladis Naranjo, si bien se aproxima a la autobiografía, dedica una extensa parte del texto a retratar la presencia familiar en los orígenes de Zapala.

La búsqueda de sus raíces mueve al ser humano a realizar actividades que requieren esfuerzo físico e intelectual. Estas tareas van desde el paciente dibujo de árboles genealógicos hasta el viaje a los lugares en los cuales se originó su linaje para verlos in situ; pasando por la ejecución de una serie de técnicas de obtención de datos propias de las disciplinas sociales, tales como la lectura de documentos, la realización de entrevistas y la visualización de imágenes. La pulsión es tan fuerte, que despierta, aun en individuos alejados del ámbito del estudio y la ciencia, una perentoria necesidad de conocer y emplear los métodos de esas áreas para reunir la información que requiere. Al igual que los investigadores profesionales, estos diletantes de la Historia persiguen la obtención de un saber que representa uno de los más necesarios conocimientos al que aspira un ser humano, base de filosofías y religiones: saber quién es.

Dedico este artículo a Archie Lenard Griffiths; quien a partir de las notas de nacimientos y defunciones registradas en la Biblia familiar desde mediados del siglo XIX, elaboró un frondoso árbol genealógico cuyas ramas abarcaron varios países y tres continentes.