VIAJE EN TREN A PLAYA UNIÓN

Por Iris Lloyd (*)

Al fin, al fin andaría en tren. La excitación era tan grande que casi no la podía soportar. Tenía trece años y era la primera vez que andaría en tren. Metí con mucho cuidado mi boleto en mi monedero y subí muy tiesa al vagón de primera. Olía a cuero, todos los asientos eran de cuero color beige, reluciente por el uso. Me senté con mucho cuidado en asiento individual y traté de abrir la ventanilla. La estudié con detenimiento tratando de descubrir por dónde se abría. Me sentía perpleja. Sólo tenía una tira de cuero en la parte inferior de la ventanilla, la toqué y luego tiré suavemente pero no pasó nada. Muda por la timidez y desconocimiento del ambiente me quedé observando lo que pasaba a mi alrededor cuando de pronto, “tan, tan”, el sonido de la campana casi me hace saltar del asiento y con un “¡Chuuuuuu, chuuuuuu!”·ruidoso y lleno de humo, el tren comenzó a andar lentamente.

El vagón casi se había llenado y frente a mí se sentó un niño muy desenvuelto que con movimientos seguros tomó la tira de cuero de la ventanilla, tiró hacia arriba, la empujó un poco hacia afuera y la largó de golpe. Con razón yo no podía abrirla, era para abajo y no para arriba que se abría.

El tren fue tomando cada vez mayor velocidad y ya salíamos de Trelew hacia Playa Unión.

Con mucho cuidado intenté los movimientos del niño frente a mí y abrí la ventanilla. El aire que entraba hizo que el pelo se me volara para todos lados y con satisfacción dejé que mis ojos se perdieran en el paisaje.

¡Qué distinto a los Andes! Aquí no había montañas, ni bosques, ni arroyitos claros, las lomas chatas y marrones mostraban verde sólo en los lugares en que el hombre había sembrado y el agua marrón corría lenta, encerrada en zanjas abiertas para regar. Sin embargo era una vista plácida, transmitía paz.

“Boletos, boletos” el guarda entró en el vagón gritando para alertar al pasaje. Todos buscamos en bolsos, carteras, monederos o bolsillos. Tomé nerviosamente mi boleto y cuando la seria se paró frente a mí, se lo pasé (daba miedo así de uniforme, con gorra y tan serio).

“Boletos, pases y abonos”, tomó mi boleto sin una sonrisa, lo perforó y me lo devolvió con un: “- Cuidado con perderlo, es de ida y vuelta”.

“Chucu, chucu, chucu” seguía corriendo el tren, pero un silbato largo y estridente nos hizo saber que estábamos llegando a Rawson. Redujo la marcha y anduvo despacio, despacio hasta que se detuvo. Unos pasajeros bajaron y otros subieron y pronto el tren estuvo lleno de gente que iba a disfrutar el día soleado. Otra vez la campana, otra vez el silbato y ahí partimos a Playa Unión.

Ya no había lomas, sólo pampa y unos yuyos secos y achaparrados. Pero también había algo más. Perpleja miré hacia adelante, de donde venía la brisa y entonces me di cuenta; claro, era el olor. Un fuerte olor a sal, a pescado, en fin, olor a mar.

Había ruido en el tren. La gente se conocía y hablaban entre ellos en voz alta pero sus palabras se perdían, pues mi interés estaba en lo que había allá afuera, cuando… sí, ahí estaba. Unas casitas bien alineadas frente a un manchón inmenso color gris azulado, que no era otra cosa que el mar. Eso era Playa Unión, el lugar de vacaciones y los días felices de arena y sol. Todo se sumaba para que fuese algo extraño, el ruido del tren, la gente, el olor a mar. Por un momento me sentí pequeña y sola, pero la figura conocida de mi hermana esperándome en el andén me trajo la seguridad perdida por un segundo. Feliz bajé los escalones corriendo a contar la primera experiencia en tren.

(*) Escritora chubutense. Este relato está tomado de su libro “Patagonia gringa” (Edición de la autora, Buenos Aires, 2004). El texto hace referencia al servicio de tren que llegaba a Playa Unión, activo entre 1921 y 1961. Fue muy usado por la población del Valle para concurrir al balneario. En el espacio entre los dos carriles de la doble trocha Rawson – Playa Unión, existe un monumento recordatorio con trozos de rieles y durmientes sobre  una alcantarilla. Está señalizado con un cartel.