FALTA ENVIDO

Por Gladis Naranjo (*)

Había sido una de las primaveras más lluviosas que yo recuerde. Y el verano principió pegajoso y con los días calcados uno del otro: un amanecer de cielo limpio y muy azul, unas pocas nubes blancas prolijas y panzonas sobre el horizonte, y al atardecer, cada tres o cuatro días, la lluvia. Nada extraordinario, lo suficiente para hacer aflorar mi mal humor, algo que ocurría con demasiada frecuencia en los últimos tiempos.

El 8 de enero tenía que hacerme cargo del puesto de médico en Los Cardales, un pueblo de campo a 80 km. del Hospital donde trabajaba, para cubrir las vacaciones del profesional titular en la Sala de Primeros Auxilios. Una serie de malas decisiones personales habían enchastrado mi presente y me empujaban con furia a alejarme de la ciudad, al menos por un tiempo.

Después de muchos años de trabajo, rotos o inútiles ya los compromisos familiares, metí algo de ropa elegida con  bronca y unos libros en la valija como para dar la impresión de que los consultaba y de que tenía el poder de resolver algunas cosas. Rifando mis aspiraciones de deslizarme sonriente por los pasillos del Hospital concentrándome en un solo paciente (como en las series yankees, donde siempre atienden pacientes de a uno), sin hacer demasiadas preguntas decidí aceptar el ofrecimiento para ir durante un mes a Los Cardales, dejando en la ciudad mi media casa, mi medio auto y todo mi orgullo. Barajar y dar de nuevo.

El único ómnibus de la única compañía de transportes que rumbeaba para el lado de Los Cardales hacía el viaje una vez por semana, así que para llegar a tiempo tuve que salir cuatro días antes, el 4 de enero. En la Terminal, nombre insólito y desmesurado para aquél galpón mal iluminado y piso sospechosamente encharcado, el encargado de subir las valijas tiró la mía a la baulera de malas maneras, cabrero por el peso. Eran las 8 de la mañana y ya el calor se hacía sentir.

Me senté en el primer asiento del lado del pasillo esquivándole al sol y el colectivo se fue llenando de a poco. Teníamos que salir a las 8:30, pero descubrí que era un horario elástico: esperamos a los pasajeros remolones hasta que se completó el pasaje. Salimos a las 9:10.

A poco de andar me arrepentí de mi posición porque me llegaba todo el calor del motor, que estaba frente a mí, debajo de una tapa que se combaba oscura a la derecha del conductor. Ya era tarde para cambiarme de lugar. Jadeando, el viejo Bedford apenas si conseguía adelantarse a alguno muy demorado en la ruta, y paró en todas las tranqueras para levantar o bajar pasajeros que ni Dios sabía cómo habían llegado hasta allí y cuál sería su destino una vez abajo y que se acomodaban como podían en el pasillo con sus bártulos a cuestas y aumentaban el calor y el olor, levemente ácido, del ambiente.

Pronto empezaron a abrirse las ventanillas con la esperanza de que aún con la escasa velocidad del micro, eso trajera algún alivio. Pero no. Quise abrir la que correspondía a mi asiento pero la vieja que se había apoltronado a mi lado ya estaba acomodada con la cabeza apoyada en el vidrio. Dormitaba con las manos entrelazadas con la correa de su cartera, la boca entreabierta y finas gotitas de sudor sobre el labio superior. El pelo que alguna vez había sido rubio a fuerza de agua oxigenada, ahora mostraba las raíces encanecidas y se le pegaba a las sienes. Tenía un aspecto tan desolador que no quise despertarla.

Mi primer trabajo en el campo no prometía ser todo lo alentador y gratificante que yo había imaginado cuando leía historias de médicos rurales que atendían con cordialidad permanente y cobraban con dulces caseros y carpetitas tejidas al crochet y no perdían la sonrisa.

Habíamos andado ya una larguísima hora cuando vi a la distancia el palo del cartel indicador del cruce. El cartel no estaba, pero estuve segura de que ese era el cruce. No se veía a nadie cuando llegamos.  El colectivero frenó, bajó las ruedas derechas a la banquina y me miró por el  espejo. Mi boleto cubría mi traslado hasta ese punto, y allí me bajaba.

Trató de ser cordial al alcanzarme la valija, pero después de rebuscar en el fondo de la baulera, terminar con la camisa mojada por la transpiración y el pantalón a medio culo la sonrisa se le esfumó y ni me saludó cuando se volvió a subir al micro.

Debía encontrarme en ese punto del camino con el Delegado Municipal de Los Cardales para recorrer los últimos 20 km. (por camino de tierra) hasta el pueblo. Casi sentí abandono mirando al colectivo que trepaba al pavimento y se alejaba humeando negro por el esfuerzo. Me senté en la valija y el silencio repentino me abrumó. Era una situación absolutamente desconocida y el horizonte tan lejano de pastos y árboles me resultaba opresivo. Un aleteo de bolsas de nylon me llegó desde el alambrado y ahuyenté a una pareja de teros que se levantó a los gritos cuando me acerqué a orinar en la base de un poste. Volví a la banquina y me puse a observar los yuyos que asomaban por las rajaduras del pavimento. El cartel que creí robado estaba allí al pie de la estaca, hecho un colador por los balazos de los aprendices de cazadores imperdonables desvergonzados. 

No pasó mucho rato hasta que vi la polvareda a lo lejos, sobre el camino de tierra.

La nube de polvo se acercó despacio hasta que dejó ver, desacelerando al llegar a la ruta, al Citroën color celeste desteñido, de los viejos, de esos con ventanillas que se abren levantando todo el vidrio hacia afuera y arriba, y se cierran golpeando indefectiblemente sobre el codo, y sólo a fuerza de rigor se mantienen levantadas. El auto giró y se acomodó de culata en la lomita de la banquina, dejando las ruedas traseras sobre el asfalto. El motor se apagó en un resuello y trepidó escandalosamente.                                                                                                                                                                             

El hombre se bajó y se quitó la gorra antes de darme la mano y presentarse como:

 -Zúñiga, Delegado de Los Cardales.

Era morocho y retaco, de grandes bigotes que le tapaban la mitad de la boca y ojos vivaces.

-Funes – le dije, respondiendo a su saludo y tratando de que mi voz transmitiera un aplomo que no sentía.

  Nos acomodamos como pudimos, con la valija en el asiento de atrás, al lado de una bolsa de galleta, un cajón de lechuga y una red con ciruelas oscuras.

-Aproveché el viaje y pasé por la quinta de Don Víctor – me explicó Zúñiga. – El  baúl está lleno. Suba, suba nomás. 

Me senté con el maletín sobre mis rodillas y lo miré cuando se paró a la par del auto del lado del volante, con la puerta abierta, y contorsionándose y resoplando, le soltó el freno. Aprovechó la bajadita y el empujón al parante para que el vehículo tomara velocidad y se zambulló en el asiento para darle arranque. Entre toses y sacudidas nos pusimos en marcha.

   -A veces se hace el difícil…

   Sonreía por debajo de los bigotes, supongo que divertido al ver mi cara de desconcierto.

El camino era desparejo, con profundos huellones  marcados en la última lluvia por algún vehículo más grande. El Citroën se acomodó con las ruedas del lado izquierdo en la cresta del huellón. Las derechas quedaban 20 cm. más abajo. Por momentos panzeaba  en la tosca con un ruido y un temblor inquietantes.  Hacía mucho calor, y penábamos a 30 por hora. Abrimos las ventanillas, sólo para que el polvo que nos acompañaba viajara libremente con nosotros. El traqueteo sobre los pozos repercutía en mi asiento y mi cuerpo rebotaba calcando los saltos. El piso del auto, al menos la parte que podía ver a mis pies,

 tenía amplia comunicación con el exterior, o mejor dicho con el abajo, y me detuve a mirar cómo pasaba la tierra por el agujero que se había adueñado del costado derecho. 

A los gritos, mientras escupía por la ventanilla y sobre sus rodillas las cáscaras de las semillas de girasol que se embocaba hábilmente a pesar de los bigotes, Zúñiga me dijo que el pueblo tenía suerte al haber conseguido un médico para cubrir las vacaciones del otro, que hacía un año solicitaba licencia y que en el último mes se había puesto muy insistente.                                                                                                                                                                      

Me pasó la bolsita con las semillas en cordial convite, y la sostuve en mi mano sin atreverme a probarlas.

-¿Cuántos habitantes son? – yo también gritaba.

-Ahora somos 183 justitos, desde que se fueron los Garmendia, que eran 5 contando a la abuela.

La voz de Zúñiga se aflautaba tratando de superar el ruido del motor y del bamboleo de las chapas.

-¿Y ambulancia? – pregunté, y le devolví la bolsita de semillas.

-Cuando precisamos, Don Álvaro pone su camioneta, que tiene doble tracción y siempre sale, aunque llueva.

Yo pasaba del desconsuelo a la curiosidad, y luego volvía. No podía decidir si aceptar abiertamente mi estupidez o sentirme paladín de la solidaridad.

Casi a las 12 llegamos al pueblo que sin ninguna referencia geográfica especial, parecía caprichosamente suspendido en el paisaje llano, amontonado alrededor del Club y de la Estación de Servicio, y un poco más allá la Escuela y la Cooperativa. Mediodía de fuego en Los Cardales.

Zúñiga decidió pasar por la cantina del Club para bajar los comestibles del baúl, la 

galleta y la jaula con la lechuga antes de llevarme a la casa destinada a vivienda y consultorio. El auto paró con un estertor en medio del polvo, al lado de una moto que se recostaba en la pared. Un perro amarillo y áspero dormitaba junto a la entrada y nuestra llegada mereció que apenas entreabriera un ojo. En una maniobra sorprendentemente hábil, como repetida mil veces, Zúñiga estacionó de culata con las ruedas traseras sobre los durmientes semienterrados que hacían las veces de cordón en las veredas, restos de las vías abandonadas que una vez habían marcado el progreso del pueblo, y que claramente justificaban su existencia.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra del interior, me acerqué al mostrador y me fue presentado Garrido, encargado de la cantina y dueño de la moto de afuera. Lo miré tratando de aislar su rostro del espejo de atrás  que ocupaba casi toda la pared y que estaba decorado con fotos de concursos de pesca, torneos de bochas y jineteadas. En el rincón al lado del televisor encontré la sonrisa ladeada de Gardel en una foto percudida y de bordes oscurecidos, pero todavía reconocible por sus dientes resplandecientes. A su  lado, una vieja lámina de Alpargatas con un dibujo de Molina Campos.

En el centro del mostrador estaba el teléfono, al alcance de todos. Tuve un presentimiento.

-¿Es el único en el pueblo?

– Ahá … – contestó Zúñiga, inescrutable.

Desde el extremo más alejado de la barra, acomodado entre una pila de platos y las bandejas, un gato barcino me miraba con los ojos finitos mientras se limpiaba los bigotes. Al lado de él un pedazo de queso cáscara colorada transpiraba bajo la campana de plástico que alguna vez había sido transparente, junto a un cenicero triangular con la publicidad de Cinzano. La última tecnología llegada al pueblo hacía que las moscas se achicharraran con un chasquido en una especie de parrilla incandescente dispuesta sobre el mostrador, colgando de la cabreada.

Por lo menos allí adentro estaba más fresco, quizá por el piso de cemento alisado, y una vez aplacada la polvareda levantada por el Citroën al llegar, apenas si unas motitas flotaban en el aire espejándose en el rayo de sol que entraba por la banderola.

-Tómese algo… – invitó Garrido a modo de bienvenida señalando las latas de Quilmes y botellas de Fanta y Coca exhibidas en la heladera requintada contra la pared cerca de la puerta.

Tomé una cerveza. Estaba tibia, pero me pareció deliciosa.

-Menos mal que llegaron – el tono del cantinero era cauteloso – porque el viejo Julio…

Dejó la frase inconclusa e hizo con la cabeza un gesto de resignación.

-Primero vamos a ir hasta la casa – lo atajó Zúñiga – total lo del viejo Julio no tiene apuro…

Subimos otra vez al Citroën que se deslizó del durmiente y arrancó carraspeando y tomando aire con desesperación. 

Doblamos a la derecha en la esquina e hicimos una cuadra y media. Cincuenta metros más adelante comenzaba el campo, después de un álamo con unos banderines rojos en las ramas más bajas. Un cardo ruso cruzó rodando empujado por una brisa repentina. Más allá, sólo el horizonte…

Zúñiga bajó la valija del auto y abrió la puerta de la casa, que estaba sin llave. ¿Podía asombrarme? Dos ventanas a la calle, puerta blanca, revoque a la vista…

Entramos a una salita que recorrí con mirada cautelosa. Cinco sillas de asientos esterillados y mucho uso se recostaban contra las paredes enfrentadas, y en la pared de atrás se abría la puerta de lo que se podía ver era el consultorio: un escritorio metálico, dos sillas, una camilla y una vitrina vieja con algunas cajas y tambores de acero inoxidable. Todo, hasta las paredes desnudas, estaba escrupulosamente limpio, y sobre el escritorio había quedado un recetario con el membrete del Hospital que yo tanto conocía.

Por la derecha podía pasarse a la cocina y desde allí al dormitorio y al baño.

-¿Dónde vivía el otro médico? 

-Aquí mismo – contestó Zúñiga, y no le vi intenciones de ampliar la respuesta. Me siguió, esforzándose con la valija.

Las puertas del ropero totalmente vacío estaban abiertas. Una percha se balanceaba como con desgano. Un vidrio rajado de la ventana acentuaba en mí la extraña sensación de algo definitivo… Por la ranura entraba la brisa caliente y la cortina se mecía perezosamente…   

  -Ese se lo vamos a cambiar – dijo el Delegado al advertir que yo miraba la ventana. – Ya lo pedimos a la Municipalidad. A lo mejor llega la semana que viene…

Mi cautela inicial se transformaba en aprensión.

Dejando la valija arriba de la cama mi improvisado cicerone me llevó otra vez a la cocina, donde en una repisa se alineaban tres o cuatro platos de distintos colores, unas tazas y vasos. Sobre la mesada un anafe de dos hornallas se conectaba a una garrafa cascoteada debajo del mármol, al lado de un Sol de Noche.

Allí descubrí la silla que completaba la media docena con las de la salita.

-Aquí es para desayunar solamente. Las comidas son en la cantina, a la 1 y a las 9, porque corriente hay hasta las 12 de la noche, no más. Y se vuelve a prender a las 7.

El Delegado parecía algo incómodo al comprobar la austeridad del mobiliario y la total ausencia de objetos personales del habitante anterior.

         -La que limpia acá es Griselda. Al otro médico también le limpiaba ella.

    Los hombros me pesaban cada vez más. Tenía calor. Y tenía hambre. Miré mi reloj y Zúñiga se apresuró a decirme, en su particular manera de considerar el tiempo:

-Sí, ya son casi la 1.

Salimos para el Club. Quise ir caminando. No soportaba más toses del Citroën ni las maniobras de Zúñiga para ponerlo en marcha.

Al llegar a la esquina encontré la Estación de Servicio: dos surtidores y un despachito con un aburrido muchacho de mameluco azul. Entré al kiosco de al lado y el de mameluco azul se apresuró a pasar atrás del mostrador para atenderme. Compré un atado de Jockey (hacía más de diez años que había dejado de fumar) y aguanté la mirada interrogante sin dar explicaciones, con el convencimiento de que a esa altura ya no eran necesarias. Zúñiga me seguía despacito en el Citroën, como haciéndome guardia. Llegamos juntos a la cantina, y me dijo al entrar:

-Después de comer vamos a tener que ir hasta lo del viejo Julio, por más que no tenga apuro…

Empezaba a desconfiar de la falta de apuro del viejo Julio.

Ya había tres o cuatro parroquianos que seguro eran camioneros o viajantes que saludaron con una inclinación de cabeza y un murmullo inentendible mascullado por detrás de los dientes desde una boca llena de albóndiga con puré. Nos concentramos en la comida y al terminar observé a Zúñiga mientras se limpiaba prolijamente los bigotes. Igual que el gato…Nuestras miradas se cruzaron: él receloso, yo tratando de aparentar calma.

Le esquivé al queso y dulce, y salimos por fin hacia la casa del viejo Julio. Conocería al que parecía ser un personaje importante.

Trepados al Citroën recorrimos unos 2 km. hasta la entrada de una chacra. La familia esperaba en la tranquera. Bajamos y caminamos todos juntos hasta la casa, a unos 20 metros, rodeados de varios perros toreadores. Lo supe al llegar nomás a la puerta. El viejo Julio, al que le calculé unos 90 años, ya estaba muerto, bastante tieso todavía a pesar del calor, así que declaré oficialmente, después de un concienzudo examen sólo destinado a demostrar a los parientes que me evaluaban mirándome de lejos  que había cosas que yo tomaba con seriedad y respeto, que Don Julio había fallecido a media  mañana. Ellos ya lo sabían, ya habían llorado y ya se habían consolado. Y en la costumbre de delegar en otros ciertas tareas, miré a Zúñiga preguntando el siguiente paso.

Me dijo bajito, señalando a la familia con el mentón:

-Ellos se encargan.

Su voz se oía fatigada. Yo miré al viejo Julio. Mi primer paciente en el pueblo y ni siquiera le había cerrado los ojos.

A la tardecita refrescó un poco y esa hora de la melancolía me encontró con todo mi cansancio en la cocina de la casa, mirando hacia el campo extendido hasta el infinito. Los bichos revoloteaban en la luz del farol de la esquina anunciando la proximidad de la lluvia.

Un rato antes había conocido a Griselda. Su embarazo era inocultable, y reafirmó mis sospechas: mi colega no se había ido de vacaciones. Y no pensaba volver.

Y me quedé.

          Nadie en su sano juicio lo hubiera hecho. Yo me quedé.

          Y me sigo quedando. Han pasado cuatro años desde mi llegada. El hijo de Griselda ya  sabe saludar a todos cuando entra a la cantina buscándome, y el frío del último invierno le enseñó a limpiarse los mocos con la manga del pulóver.

A mí, este pueblo me ha transmitido la infinita paciencia del hombre de campo, su tolerancia ante los contratiempos, su dignidad callada, sus estrellas tan cercanas; a andar sin guardapolvo, a consolar a veces sólo con una mirada (que bien puede dar consuelo una mirada), a cobrar en pollos o en huevos, según sea la consulta en domicilio, en el consultorio o “a la pasada” en la cantina; a respetar los banderines rojos atados a las ramas bajas del último árbol de mi cuadra; a mordisquear de canto las semillas de girasol para despojarlas  de su cáscara y en un solo movimiento escupirla lo más lejos posible de los zapatos, los míos y los ajenos, para engullir después el fruto seco y desabrido, costumbre socialmente aceptable practicada en comunidad para aliviar los ratos vacíos y silenciosos del  pueblo. 

Aprendí a decir “mmm provech” entre dientes, repitiendo el murmullo que fue inentendible para mí al escucharlo por primera vez, y que seguramente es misterio para cualquier forastero citadino si lo oye por primera vez, sin poder decidir si el que murmura está disfrutando del choclo del puchero o defendiendo un bocado, como el picho amarillo y áspero que sigue habitando la vereda…; a que me pregunten  “¿cómo ha amanecido?” y a preguntarlo, y a escuchar la respuesta; a descubrirme en una carcajada disfrutando de los versos y los dichos inventados por los inveterados  jugadores de truco de los torneos de los martes, encarnizados y efímeros rivales… A veces participo jugando en pareja con el vasco Vidaurreta, el encargado de la Usina. Transformados en el dúo “Luz y Jeringa”, terminamos esas partidas alumbrados a farol…

En este tiempo he sido, además, lector y escriba de cartas, confesor de lo que no puede contarse al cura, he enderezado más de un entuerto amenazante, y he actuado de consultor y consejero en trámites y notificaciones y árbitro de muchos dimes y diretes tan ingenuos como pasajeros. Hasta he aceptado el impensado padrinazgo del menor de los Miranda, yo, que he estado ayuno de altares durante tantos años, sólo porque ese día en que decidió nacer el niño, estaba todo tan llovido que ni la camioneta de Don Álvaro pudo sacar a Estercita del pueblo para llevarla a parir al Hospital… 

Pude haberme ido mil veces, pero me he quedado.

He tenido pequeños logros y satisfacciones cuidando la salud de la gente del pueblo… y a Griselda, aquerenciada definitivamente desde hace dos años en la que ya es nuestra casa, y superando los primeros meses de náuseas matutinas…Voy a tener que volver a visitar los altares…

He tratado de compartir algunas medidas esenciales que siempre consideré excluyentes con la sabiduría ancestral que todavía se respira en algunos pueblos del interior. Registro algunos éxitos parciales, y en ocasiones compito aún con las hojitas de palán palán, el té de barba de choclo y los indiscutibles beneficios del jabón sin pecar, y de cómo protegerse del mal de ojo…

Quizá esta sea la última estación de mi vida, quizá esta sea mi paz, quizá mis cartas hasta aquí nomás me trajeron y aquí me dejaron para poder gritar mi falta envido cerca del  horizonte que sin embargo sigue tan lejano.

Quizá no tenga 33, pero soy mano, qué carajo.

(*) Escritora nacida en Neuquén y actualmente radicada en Claromecó, provincia de Buenos Aires. Este cuento obtuvo el segundo Premio en el Certamen «Alejandro Vignatti» en San Andrés de Giles.