TODO EMPEZÓ EN LOS TAMARISCOS

Por Hugo Covaro (*)

Todo empezó en la fonda de Los Tamariscos. Un paisano, entre cerveza y cerveza, habló del puesto El Moyano. Contó que estaba abandonado, que ningún gaucho se le animaba porque está embrujado y nadie regresaba siendo el mismo después de pasar por sus dominios.

Eduardo, José, Higinio y Víctor, cuatro amigos venidos de la costa, lo escuchaban entre curiosos y descreídos. Pero casi sin darse cuenta, fueron dando forma a la idea de pasar una noche en ese sitio endiablado. Sólo uno de ellos conocía parte de la historia por una canción que Lito Gutiérrez había compuesto hacía un tiempo y que algunos artistas grabaron.

Con la excusa de buscar flechas recorrieron perdidos picaderos por el valle del Genoa, que aún hoy dan testimonio de la primigenia presencia de nuestros antepasados.

Sin mucha suerte con los hallazgos, la idea de ir al encuentro del temido lugar fue ganando espacio en las mentes de los compañeros. Desoyendo alguna seria señal de los espíritus del monte que con sorpresivos remolinos intentaron alejar a los intrusos de esos territorios, los aventureros tercamente fueron acercándose ese puesto que por décadas, sólo habitaban el viento y el silencio.

Pero no les fue fácil encontrarlo. Siguiendo el rumbo de una manada de guanacos desembocaron en una estirada planicie que se extendía hasta unas sierras altas, violetas y lejanas a esa hora de la tarde. Treparon a una loma pedregosa para mirar más lejos. Nada parecido a un puesto se mostraba en el comienzo del crepúsculo.

De regreso al camino principal, Eduardo creyó ver a contraluz la silueta de una edificación. Y ahí estaba, casi irreal en la lacia monotonía del paisaje, esa construcción sólida, demasiado ostentosa para un puesto de estancia.

La recorrieron entera. Estaban sus muros sólidos, firmes los pisos de madera, cerradas las ventanas con algún vidrio roto. La sintieron desafiante, enhiesta, erguida contra la alta barda del fondo. Una paz demasiado luminosa desmentía cualquier pensamiento o sentimiento funesto que pudiera nacer de esas ruinas calladas. Confiados, se repartieron en distintas direcciones retomando la penitente tarea de rastrear las escondidas flechas.

Cuando regresaron, Eduardo mostraba una amarilla que había encontrado en el lloradero que verdeaba el lado norte del puesto. Cansados por esas largas caminatas, armaron campamento a un tiro de piedra de esa mansión que parecía querer protegerlos del insistente viento del oeste.

Al otro día, con un sol tempranero que exprimía sus naranjas sobre los duros pastos del monte, algo decepcionados tal vez porque nada extraordinario había ocurrido en sus vidas, emprendieron el regreso. Después de abrir y cerrar tranqueras, retomaron la ruta 40, pasaron a despedirse de la gente amiga de Los Tamariscos para seguir luego viaje hasta Comodoro Rivadavia.

Cuando se encontraron los amigos en el rito que los reunía todos los viernes, Higinio contó que había tenido una pesadilla. Habló del asesinato de un paisano a manos de un gringo para quedarse con las tierras del indio. Dijo que el escenario de ese crimen era el puesto El Moyano y que todo estaba como lo habían visto hacía un par de días.

Al escucharlo, fueron empalideciendo como atacados por un terror antiguo. 

Todos, aquella noche habían tenido el mismo sueño.

(*) Escritor comodorense. Este cuento fue tomado de su libro “Fuego de leña menuda” (Editorial Universitaria La Plata, La Plata, 2016).