EL MANTON DE MANILA

Por Mónica Avendaño

Se acababa de estrenar el siglo veintiuno. Marlene, joven abuela, recibía cada fin de semana a sus nietos. Eran los días más esperados por los niños. Ella participaba de sus juegos como un chico más. En su casa podían cantar, disfrazarse, interpretar los personajes de los cuentos que su yaya narraba como nadie. Ana, la única niña, de cinco años,  y la mayor de los nietos, amaba una historia en especial.

-Abu, ahora contanos la de las hermanas españolas. Dale, dale, abuela -gritaba Ana y se imponía a los demás.  

Marlene claudicaba porque también para ella era especial. Y empezaba con la narración: “En una aldea de España vivían papá Isidro, mamá Antonia y tres hijos, Ernesto, Isabel y Matilde, mellizas que se querían mucho y habían jurado que nada las iba a separar. Era una familia que había logrado sobrevivir a la Gran Guerra…”.  Acá siempre tenía que ampliar, a pedido de los varones; luego seguía: “Todos, a pesar de la humildad y escasez de la época, vivían felices. Las mellizas, desde que nacieron, fueron muy mimadas por Isidro. Sentía una devoción especial por sus hijas, y quería para ellas un devenir mejor. Incluso las imaginaba desposadas por hombres probos…”

 –¿Qué quiere decir devenir? ¿Qué quiere decir probo? –la interrumpían.

Marlene siempre incorporaba alguna palabra nueva. Seguramente su condición de Profesora de Letras no la abandonaba ni en los juegos. Daba la explicación y proseguía: “Por eso guardó cada moneda que pudo, pensando cómo hacer realidad el deseo. Cuando estaban por cumplir dieciséis años, decidió que era hora de ver los ahorros. Calculó las monedas y se iluminó pensando que le alcanzaría para un atavío que destacara la belleza de sus hijas”.  Aquí se detenía porque otra palabra originaba la pregunta de Ana:

-¿Y atavío qué es, qué es? 

Después de responder, proseguía: “…Una mañana fue al Monasterio a hacer el encargo, y contó con la complicidad de Antonia para que nadie se enterara. El día del cumpleaños entregó al azar un paquete a cada una; sus hijas desataron los moños bajo la mirada amorosa de sus padres. El lienzo que los envolvía se deslizó y los ojos de ellas brillaron hasta las lágrimas”.

Ana parecía transformarse y vivir el momento con tal emoción que también lloraba. Mientras, Marlene seguía con el relato: “Dos bellos mantones de manila, bordados con hilos de seda, aparecieron en sus manos; el de Isabel era negro con un gran pavo real, y el de Matilde verde con rosas en múltiples matices. Ambos remataban en largos flecos. Para esa época era una prenda que solo lucían las señoritas pudientes, no niñas aldeanas como ellas. Era una labor realizada por las monjas de clausura, las Carmelitas Descalzas, con una perfección superlativa. La combinación de tonalidades y el brillo de sus hilos hacían del bordado una obra de arte”.

A esa altura los varones ya no querían seguir y se iban a compartir algún juego, pero Ana no dejaba que Marlene interrumpiera la historia:

–Contame ahora de tu abuela, cuándo conoció a tu abuelo. Porque yo sé que era tu abuela -decía Ana con actitud de triunfadora. 

Marlene reanudaba: “Las jovencitas lucieron por primera vez el regalo en oportunidad de la fiesta mayor del lugar, Día del Sagrado Corazón de Jesús.  Se veían radiantes, participaban de los juegos con inocencia y libre albedrío, siempre bajo la mirada atenta de Isidro y su hermano mayor.  Mauricio, un joven cortés, logró adelantarse a los demás quedando en la ronda al lado de Matilde. Desde aquel instante quedó perdidamente enamorado y no la pudo sacar del corazón. Encontraba siempre alguna excusa para ir a ver a Ernesto, con quien entabló una gran amistad. Al tiempo se animó y pidió su mano. Don Isidro, que había advertido las intenciones de Mauricio, se dedicó a conocer un poco más del pretendiente. Así pudo saber que era honrado, muy trabajador y por sobre todo, respetuoso de la mujer; esas virtudes, tan preciadas, hicieron que aprobara la relación. Al poco tiempo contrajeron matrimonio. Matilde entró a la iglesia del brazo de su papá; ella llevaba una falda ancha y una blusa con volados confeccionadas por Antonia. El mantón de manila se lucía en todo su esplendor, enmarcando el rostro sonrosado de Matilde; caía desde la peineta que era la misma que había usado la mamá para su boda…”.  

Ana asumía el papel de Matilde. Con una pollera y un pañuelo de Marlene, caminaba entonando la marcha nupcial 

–Otro día me contás con detalle la fiesta.  Ahora quiero la parte donde se separa de Isabel.

La abuela accedía a su pedido y continuaba: “A pesar de que ya no vivían juntas, las hermanas buscaban la manera de verse diariamente, pero un día Matilde dio la noticia menos esperada: con Mauricio habían decidido irse a América, como tantos otros europeos. Uno de ellos, su hermano Ernesto, hacía un año que vivía en la Argentina, un país en donde todo estaba por hacerse y había oportunidades para personas con voluntad y ganas de trabajar. Esta vez aceptarlo fue más difícil para  Isidro y  Antonia. No podían imaginar la vida lejos de su hija. Los argumentos con los que en su momento justificaron la ida de su hijo, ahora se ponían en contra. La despedida de la joven fue muy desgarradora; dejaba todo lo conocido, donde se sentía segura y protegida, pero especialmente se alejaba de sus afectos: de sus padres, de sus amigas, y de su hermana querida, a la que había jurado no dejarla jamás. Hubo promesas de regreso, cuando el trabajo en la América de los sueños diera sus frutos. Sabían que era casi un imposible, pero simularon y quisieron creer que iban a volver a verse. Esa esperanza hacía menos dolorosa la separación. El último abrazo fue entre Isabel y Matilde; se desearon cosas bellas, lo mejor para cada una. Ambas querían dar fortaleza a sus padres y sobre todo cumplir con el deseo de papá Isidro: “un futuro promisorio para ellas”. Los mantones de manila eran la prueba palpable, representaban esa aspiración; Matilde llevaba el suyo atesorado y protegido en una esquina de su baúl…”

En este punto de la narración, Marlene decía: 

-Listo Ana, ya es tarde, mañana seguimos. Mejor contamos alguna historia que quieran tu hermano y primos.

-Está bien, pero a ellos les gusta la parte cuando van en el barco y en el tren –decía Ana porque no permitía que se apartaran de su relato preferido.  -A mí, la parte cuando tienen tantos hijos y les enseñan a hacer muchas cosas. También cuando extrañaba mucho, ¿cómo decís vos?, ¿esa palabra que me enseñaste?

 -“Morriña” -respondía Marlene.

 -Sí, eso, “morriña”-repetía Ana excitada y continuaba. -Y esa parte que siempre nos contás, cuando decís que tu abuelita sin que nadie la viera, sacaba el chal y se envolvía en él, y se abrazaba…y sentía que abrazaba a su hermana. Y la parte que se enferma y no puede cumplir la promesa de volver a ver a Isabel, ¡esa que me hace llorar!. ¡Ah! y la pelea de todos los hijos por quedarse con el mantón, y cómo fue pasando de mano en mano…

Mientras hablaba de esta manera, Ana se envolvía en una manta interpretando a su figura favorita.

Así, entre juegos y relatos, los nietos fueron creciendo. En la actualidad, los dos varones menores están finalizando la escuela secundaria, y los otros dos cursando la universidad. Ana es la única que ya se ha recibido; es profesora de historia y museóloga. 

Marlene se jubiló en su cargo de docente en la Universidad. Su espíritu alegre e inquieto sigue intacto. Se levanta sin responsabilidades de horarios, anda por la casa en ropa de dormir, siempre dispuesta a gozar la jornada. 

Una mañana suena su celular.  Es su nieta Anita.

-Hola, mi querida. ¿Qué pasa? -dice con una voz que denota un poco de angustia por el horario poco común en que la está llamando.

-¡Abuela! ¡No pasa nada! -le reprocha su nieta con amor. -Quiero preguntarte si hoy, después de trabajar, puedo ir a almorzar a tu casa; tengo algo que contarte.

-Por supuesto, mi niña, no tengo ningún compromiso -miente. -Sabés que nada me gusta más que me visites.

-Salgo a las 14 hs. Esperame con algo rico.

Después de cortar la llamada, Marlene hace un mensaje al grupo de las cuatro amigas para decirles que no almorzará con ellas, pero que se encuentra bien. Prepara milanesas de peceto, las preferidas de su nieta; hace un flan casero, bate crema y se fija si tiene dulce de leche. Ambas son muy golosas. Todo está listo para cuando llegue su nieta.

-¡Hola abuelita! -la saluda agachándose para darle un beso, porque es bastante más alta que Marlene.

Almuerzan hablando de la actualidad, de moda y del trabajo de Anita, su pasión.

-Ahora decime la verdadera razón por la que viniste –le recuerda en un momento Marlene un poco ansiosa. -¿Qué es lo que me querés contar?

Anita gira el rostro hacia su abuela, en una actitud que muestra la importancia de lo que va a decir:

– ¿Te acordás que Juan, mi novio, tramitó una beca para hacer un posgrado en Madrid? ¡Le salió!

-¡Eso es maravilloso! -exclama Marlene. -¿Cuánto tiempo dura la especialidad?

– Un año, y comienza en la primera semana de abril.

-¡No falta nada! Entiendo que te sientas azorada. Vas a tener que hacer algún viajecito –dice con picardía.

-Me voy con él, ¡nos casamos!

La emoción en el rostro de Marlene es instantánea.

-¡Cómo te voy a extrañar! ¡Va a ser un año muy largo!, pero si es tu felicidad, contás con todo mi apoyo. Juan me conquistó, lo quiero mucho, y te consiente más que yo y eso ya es mucho decir –se ríe.

-El 26 de marzo es la fecha, ya la reservamos en el registro; el 28 viajamos. También nos vamos a casar por Iglesia, los papás de Juan son muy devotos.

-¡No lo puedo creer! –exclama Marlene levantándose y abrazando a su nieta.

-Abuela, ¿recordás lo que nos prometimos?

-Claro, mi amor, ¿cómo olvidarlo?

En ese momento la imaginación de ambas se traslada a la historia familiar de las dos hermanas. 

La boda se celebra con una ceremonia íntima al mediodía, Ana es una novia distinta, lleva un vestido sencillo, rosa pálido, y sobre sus hombros el mantón de manila (el mismo que fue de su tatarabuela y está perfectamente conservado). Un rayo de luz, que llega de una de las ventanitas de lo alto de la iglesia, la ilumina en forma directa convirtiéndola en una imagen etérea, a tal punto que los hilos de seda parecen pequeñas estrellas que brillan sobre ella. Todos los presentes quedan obnubilados con tanta belleza.

Un asado en el quincho reúne a la familia y amigos más cercanos, una mesa con distintos dulces rodea un pequeño pastel de bodas. Hay algarabía, bromas y alguna que otra lágrima, aunque todos coinciden que el año va a pasar rápido, y que es una oportunidad para los dos.

Anita y Juan llegan el jueves 29 a Madrid; el lunes siguiente comienza el dictado del posgrado. Se instalan enseguida en el monoambiente que reservaron muy cerca de la universidad. Luego se dirigen a alquilar un vehículo ante la insistencia de Ana.

-¿Estás segura de que querés ir sola? ¿Por qué no esperás al fin de semana y vamos juntos?

-No, estoy segura, es una promesa, tengo la necesidad de hacerlo; ¡creo que me voy a volver loca si no lo hago ya! No voy a poder pensar en nada que no sea cumplir con mi juramento.

-Son 250 km. Es mucho para que lo hagas sola.

-Las carreteras acá son muy buenas. Sabés que me encanta manejar y soy prudente. Prometo que me voy a ir comunicando.

Juan sabe que nada ni nadie la haría cambiar de idea. Conoce esa testarudez heredada de su abuela, y la ama así.

El lunes se levantan muy temprano, es una jornada con mucha expectativa para ambos. Se despiden augurándose éxitos el uno al otro. Juan parte caminando. Ana se sube al auto y pone el GPS. 

Conduce con tranquilidad, admirada de lo fácil que es manejar en esa autopista, donde la señalización no da lugar al error. Para en distintas estaciones para hacerle mensajes a Juan, no quiere sumar más angustia al nerviosismo que tiene en su primer día de cursado.

En tres horas llega a destino. Estaciona en un costado al ingreso de la calle principal y se pregunta: ¿Y ahora por dónde empiezo?.  Mira hacia el frente y ve una tienda con un cartel rimbombante y antiguo «Reina Madre”. Se baja del vehículo y cruza la calle bajo la mirada curiosa de los aldeanos. Ingresa al comercio y de inmediato se acercan a ella para preguntarle con amabilidad qué desea. A su requisitoria, las tres mujeres que hay allí comienzan a hablar a la vez hasta que, la que parece dueña del local, se impone con su voz fuerte y chillona.

–Ve por esta calle en sentido de los vehículos –le indica señalando hacia afuera-. Camina dos cuadras, luego dobla a la derecha, haz unos treinta metros y encontrarás allí un almacén “El Torero”. Al lado verás un local pequeño, de paredes pintadas con los colores de nuestra bandera que vende artesanías (por si te interesa llevar algún recuerdito); te va a atender Maribel, mi sobrina. Ella sabe todo sobre la historia del lugar y alrededores.

Anita agradece la información sonriente, y con un “éxito guapa” la despiden. Le resulta fácil llegar a la dirección. Al ingresar, el tintineo de la campana colgada en la puerta advierte de su presencia. Se asoma una joven de cabello castaño y ondulado que le cae sobre los hombros, y que es tan alta como ella. Su sonrisa y su aspecto le  gustan. Viste unos jeans gastados y una remera con estampa que dice “Sin música no hay vida”.  

Ana se presenta, le dice cómo llegó hasta allí y que su deseo es conocer el Monasterio del lugar, averiguar sobre sus tatarabuelos, visitar su tumba y, de existir, conocer la casa donde vivieron. Maribel le comenta que muchos llegan en búsqueda de sus orígenes, ya que no fueron pocos los jóvenes españoles que habían elegido emigrar antes, durante y después de la Gran guerra, con preferencia a América del Sur. Por ello investigó y armó una base de datos que abarca antiguas aldeas y pueblos de alrededor. La invita a pasar a la habitación de la que había salido para recibirla. Anita la sigue y, no bien traspasa la puerta, queda estática observando la pared de atrás del escritorio, donde era evidente que estaba trabajando la joven en una notebook, rodeada de papeles.

Maribel repara en la mirada intensa de Ana hacia el objeto que cubre gran parte de la pared. Acostumbrada a dar explicaciones, comienza a contar con un dulce mohín.

-A todos les llama la atención mi cuadro. Es un símbolo familiar. Fue pasando de generación en generación, como un amuleto de buenos augurios en la vida. Era de mi tatarabuela. Yo llevo su nombre, me llaman por mi apodo, pero mis documentos dicen María Isabel.

Un mantón de Manila negro, doblado de manera que mostrara el pavo real de múltiples colores bordado en una esquina, cuelga en la pared dentro de un finísimo marco de madera y resguardado por vidrio.

El rostro de Anita se transforma por la emoción y un brillo en sus ojos descubre que está a punto de llorar y, para el asombro de Maribel, saca de su morral una bolsa de tela negra de algodón muy delicada. De allí extrae el mantón de manila verde bordado en hilos de seda de distintos colores, mientras dice con voz temblorosa:

– Me llaman Anita, que es mi primer nombre, pero mis documentos dicen Ana Matilde; también llevo el nombre de mi tatarabuela. 

A esa altura ruedan lágrimas en los rostros de las dos jóvenes. María Isabel da el primer paso y extiende la mano a Ana Matilde. Se funden en un abrazo eterno. Ambas conocen la historia de papá Isidro y sus hijas amadas. No necesitan contarse nada, no hay palabras para transmitir lo que sienten. Sortearon un siglo y un océano de por medio, son otra Isabel, otra Matilde, pero llevan el mismo ADN. Son la prueba de que los deseos realizados con fuerza, con fe, con amor, se hacen realidad, rompiendo la barrera del tiempo.