LA PLUMA DE PAVO REAL

Por Jorge Rubén Sánchez (*)

El primo Luisito era un poco miedoso. Típico muchacho de ciudad, fantasioso, un tanto agrandado, enamorado de los fierros, las máquinas y las armas: un típico varón, en suma. Todos los veranos viajaba al sur, a la finca de sus parientes en el vallecito de El Hoyo, en la comarca de Epuyén y pasaba dos meses de estadía feliz. Cada jomada era una aventura y los únicos momentos que odiaba eran aquellos en que sus primas lo acorralaban con preguntas sobre la vida en la ciudad: la moda, las diversiones, los adelantos, los chismes sobre artistas… como si él viniera de otro mundo. El momento más esperado y temido era la sobremesa de la cena. A la luz vacilante del farol de querosén, las chicas contaban sus historias del lugar, todas escalofriantes. Él se hacía el corajudo y las escuchaba una y otra vez, exigía precisiones, obligando a las primas a cambiar datos, agregar personajes y exagerar los detalles siniestros. Entre todas esas historias sobresalía la del jinete sin cabeza que en las noches de luna llena (o sin luna, eso iba cambiando) aparecía de golpe, con un perrito lanudo, para sorprender y perseguir a los desprevenidos que anduvieran en la ruta a medianoche.

Ese cuento se hizo cada vez más detallado y morboso y al final, siempre salía de abajo de la alcantarilla que estaba justo en la alameda grande, frente al esquinero más alejado de la chacra. Un poco por curiosidad, otro poco por orgullo machista, a Luisito se le metió en la sesera que debía conocer al misterioso jinete. Por entonces, y mediante la alquimia literaria de las chicas, el decapitado tenía nombre: era el viejo Guerrero, que vagaba por este mundo buscando a su matador, para vengarse… o simplemente para recuperar su cabeza.

Y una noche, después de mucho pensarlo, Luis decidió quedarse despierto. Cruzaría el campo hasta el alambrado del fondo y acecharía al fantasma para tirotearlo con la pistola que había robado del armero del tío.

Las primas estaban seguras de que no se animaría a salir, así que se fueron a descansar. Antes, le exigieron que para demostrar su coraje tendría que ir hasta la alcantarilla de hormigón, meterse debajo y clavar en el barro una prueba: una hermosa pluma de pavo real que ellas le dieron.

Luisito no se iba a echar atrás. El peso del arma en la cintura lo llenaba de una irreal confianza. Se acostó vestido, esperando que llegara la medianoche.

A la una de la madrugada saltó de la cama, bajó por las escaleras sin hacer ruido y en el patio acalló a los perros adormilados. No quiso compañía. Confiaba más en un arma que en un perro… La claridad de la luna era suficiente para iluminar el paisaje y él conocía los senderos de memoria. Llegó hasta el alambrado en unos minutos y se apostó un rato, para recuperar el aliento y trazar un plan. Iba bien abrigado con un sacón oscuro y la excitación lo mantenía calentito.

La noche estaba silenciosa. Una horrible sensación de soledad lo abrumó y lo obligó a ponerse en movimiento: tomó coraje, cruzó los alambres y al trote se acercó a la mole compacta y sombría de los álamos. La alcantarilla era una estructura clara que se destacaba nítidamente, un pequeño puente que permitía el paso sobre el arroyo que desagotaba el agua de la chacra en el río Epuyén. En esa época estaba casi seco, por lo que bajó al cauce barroso y buscó los pilotes de la obra. Con mano tembleque sacó de un bolsillo del sacón la pluma de pavo real y la plantó en la orilla.

Fue en ese preciso momento en que le pareció oír una risita. Aturdido, tomó conciencia de que nunca había considerado la posibilidad de que pasara algo. Instintivamente, se arrojó al suelo y se quedó escuchando. Las risas se repitieron, sonidos entrecortados que la brisa nocturna traía en ramalazos. A medida que el miedo le crecía adentro, se arrastró sobre los codos y se asomó al borde del canal, siempre mirando en la dirección de los ruidos. A unos doscientos metros vio un bulto blanco, ancho, con aspecto levemente humano y con dos cabezas.

Dio un respingo y al mismo tiempo el bulto se detuvo y se escurrió detrás de unas mosquetas. Pensó que allí estaba acorralado, que debía llegar al abrigo de los sauces, al otro lado de la ruta. Se asomó nuevamente y el bulto blanco también, para volver rápidamente a las sombras. Escuchó chillidos sofocados y en el colmo del espanto, sacó la pistola del cinto y se puso a gritar, apuntando en esa dirección. Del otro lado también hubo alaridos y por unos momentos reinó una confusión descomunal.

El fantasma cruzó raudo y se refugió en unos troncos caídos: avanzaba hacia él. Su terror pudo más y salió del abrigo del canal, se plantó en la calle y mientras chillaba, manipuló el arma. Histérico, sus propios gritos le impedían oír las otras voces que lo llamaban.

Entonces, en un mismo instante, como movimientos sincronizados de una escena mayor, ocurrieron tres cosas: Luisito toqueteó con desesperación la pistola y el cargador cayó al suelo; la figura espectral se convirtió en las dos maestras de la escuelita que gritaban aterradas, abrazadas y con sus guardapolvos brillando bajo la luz de la luna. Y debajo del puente, una mano traslúcida se apropió de la pluma de pavo real.

(*) Escritor rionegrino. Hijo de una familia bolsonense, nació en 1953 en Neuquén y volvió a radicarse en El Bolsón en 1961. Es docente. Estudioso del folklore regional, escribe tanto poesía como narrativa. Este cuento se tomó de su libro “Al sur del paralelo 40” (El Bolsón, editorial Los salvajes, 2000). Dicho libro obtuvo el primer premio en el Concurso Literario “Arte-Vida” 2000.