MADRE E HIJO

(Cuento cíclico)

Por Jorge “Cuqui” Honik (*)

Cuando la madre murió, el hijo hizo construir sobre su tumba un pequeño muro rectangular.  Pidió que le prepararan un agujero en la cabecera con la idea de colocar una lápida de madera, que él mismo fabricaría.

Un mes después regresó, sin la lápida, y desparramó sobre la tierra unas semillas de flores.

No retornó nunca más.

La madre, acurrucada entre sus huesos, suspiraba y se quejaba. No podía comprender el olvido del hijo.

“¿Por qué no viene a verme, por qué no me trae unas flores aunque sea para conformarme?”

“Nunca te gustaron las flores” respondió el padre desde su propia tumba, con el hilo de voz que lograba filtrarse por la compacta greda.

 “Quisiera saber cómo le va, cómo andan los chicos en la escuela”.

 “Vendrá cuando pueda”, dictaminó débilmente, pero con firmeza, el padre.

 Las voces se perdieron: el olvido se las llevó. La carne, fragmentada en moléculas, transportada por aguas subterráneas, cayó al río que bordeaba el cementerio.  El alma, más habituada a esperar, se aferró con tenacidad hasta que ya no pudo sostenerse.  Con un suspiro, se internó en el invisible derrotero del aire.

Cuando el hijo, con su desasosiego de años a cuestas, murió a su vez, pensó que al fin saldaría sus cuentas; se reuniría con la madre en la eternidad.

Pero encontró la tierra vacía. No pudo siquiera reconocer los huesos, que el tiempo había confundido.

Ocupados con sus familias, tampoco sus hijos vinieron a visitarlo.  Prudente, no emitió una queja; pagó su deuda con silencio hasta que el descanso le abrió las puertas.

Las venas del planeta y la mágica mano del azar reunieron a la madre y al hijo en un junco a orillas del Ganges, en una piedra negra del Perú, en la pupila vidriosa de un pez del Mar de los Sargazos. Y, con todo el poder de la memoria, en el vientre de una parturienta de labios resecos, instantes antes de que unas precisas tijeras de hospital se hundieran en el cordón de piel sanguinolenta para iniciar, una vez más, el rito mil veces repetido del grito, la separación, el llanto, la búsqueda.

Bariloche, junio ‘90

(*) Escritor rionegrino; nacido en la ciudad de Buenos Aires y radicado en El Bolsón desde hace más de treinta años. Es farmacéutico universitario y docente de artes y ciencias exactas. Publicó, entre otras obras, el volumen de cuentos “La selva iluminada” (Fondo Editorial Rionegrino, Viedma, 2006). En su faz de dramaturgo ha escrito aproximadamente quince obras teatrales, que llevó a escena en calidad de director; actividad que continúa realizando a la fecha. Su cuento “Gondwana” obtuvo el Premio CFI en Letras del año 1983.