GERARDO ROBERT, EL HOMBRE DEL «SUR-SUR»
(IN MEMORIAM)


Lo conocí en un festival folklórico en Comodoro Rivadavia, allá por el año 1968. Él y Aníbal Forcada, conductores del encuentro, se sacaban chispas en el amistoso duelo criollo de florearse con poesías y palabras desde el escenario.


Tenía una presencia imponente. Su manera de plantarse frente al público, su potente voz de barítono, la cadencia de su fraseo, el hábil manejo de las pausas, tenían la inmediata virtud de concitar la atención del oyente.


Recitaba como pocos. No solo textos ajenos, sino también los propios. Porque además de todo, Gerardo era un poeta exquisito. Su inspiración conseguía interpretar con toda fidelidad el ambiente campestre, volcar con las palabras más exactas y adecuadas las cosas de la tierra y de su gente. De la gente del “Sur-Sur”, como él solía decir, para diferenciar el abuso del nombre de ese punto cardinal con que muchos pretendían aludir solo a la parte meridional de la Provincia de Buenos Aires.


En su fuero íntimo nunca dejó de ser un “hombre de campo”. Amaba las costumbres criollas y trataba de replicarlas aun en los ambientes más alejados. Durante la etapa de su vida en San Martín (Prov. de Bs. As.) el patio de su casa era escenario de encuentros con amigos donde JAMÁS faltaba un guitarra, un fuego encendido y su destreza de asador consumado.


Y amaba a Camarones, su pueblo natal. Lo nombraba siempre con orgullo, como quien nombra a su Patria. Y es que era su “patria chica”, el sitio adonde decidió regresar para vivir los últimos años de su vida.
Por otra parte, Gerardo hacía de la amistad un culto sacrosanto. Sus amigos casi siempre tenían vínculos con la música, la poesía y las costumbres tradicionales. En su generosa costumbre de agasajarlos, llegaba a organizar encuentros supernumerarios, donde a veces casi no alcanzaban las sillas, ni las guitarras, ni el tiempo necesario para que todos los amigos tuvieran ocasión de tributar sus voces a esas reuniones siempre memorables.


La vida nos regaló la fortuna de reunirlos a él y al querídisimo “Lalo” Sheffield, de quien ya he hablado tantas veces. Juntos, eran una gloria. La guitarra y el canto tenían entonces su momento más intenso, más sublime. Los dos conocían al dedillo el campo, el interior profundo del Chubut, los hábitos, las alegrías, el humor y el sufrimiento de sus humildes habitantes. Todas esas vivencias florecían en forma de anécdotas, en recuerdos, en canto y en poesía.


Además, era un lector exigente. Ese aspecto nos brindó un motivo adicional de disfrute y algunas historias personales que en otra ocasión contaremos.
Ahora solo queremos hacer un alto en la huella para recordarlo. Se fue esta madrugada, mientras dormía, sostenido por un gran amor familiar. Estaba necesitando un descanso después de galopear con bravura al dolor físico y sostener la monta sin caerse. Uno quisiera tenerlo aquí, de pie, por mucho más tiempo, pero era injusto que siguiera sufriendo así, en forma innecesaria.


Ya volverá a Camarones, a grupas del viento del Sur-Sur, para descansar finalmente en paz, en su pueblo tan amado.


Cada vez que desenfundemos la guitarra, te sentiremos allí, con nosotros, al pie del fogón.
Un abrazo grande, inmenso, mi querido amigo. Q.E.P.D.

C.D.F.