MANUSCRITO

Por Magdalena Pizzio (*)

– Te veo. ¿Qué haces aquí?

– Vine a despedirte.

– No te me pareces. ¡Estás tan impreciso!

– Es uno de los cambios. Ya aprenderás.

– ¡Ah! No sabía, ni siquiera que vendrías.

– Sólo esta vez. Tendrás mucho tiempo.

– ¿Siempre pasa? ¿Cómo un aviso?

– No. Algunos no lo saben nunca. Tú eres especial. Puedes escribir.

– ¡Vaya! Al menos sirve para algo, aunque sea así.

Lo vi entonces moverse como una espuma. Sin sombra. Sin luz. Y parado ante la ventana volvió su rostro.

– ¿Qué será de Lucrecia? –le pregunté.

– Ya se acostumbrará, todas lo hacen.

– Bien. Parece que lo terminé. ¿Qué debo hacer?

– Ya nada. Sólo déjalo cerca.

Las últimas luces anunciaban el crepúsculo y las cortinas se agitaron un momento, escapando de la brisa. Cuando ella entró al cuarto, sobre la cama yacía quieto, indiferente. No escuchó su grito ahogado, ni vio el horror de sus ojos…

Lucrecia levantó del suelo el manuscrito y lo hojeó. Leyó las últimas líneas: “…ni vio el horror de sus ojos mientras hablaba entusiasmado con su fantasma.”

(*) Escritora neuquina. El presente relato fue tomado de su libro “Caleidoscopio humano”.