DE VUELTA

Por Mónica Soave (*)

Detrás del espejo está el sueño;

todos quisiéramos alcanzar el

sueño, que es nuestra más profunda

realidad, sin romper el espejo.

Merce Rododera

– Que todo ese palabrerío de tus escritos indescifrables, que los migrantes y las innumerables luchas y la historia de las resoluciones en el Consejo de Seguridad y las armas químicas y los biblioratos y todas las fichas por orden alfabético que me alejan de vos; que esos diplomáticos engominados que te escucharán mañana sin pestañear como en un tribunal mientras las palomas se estrellen contra los vidrios de las ventanas y vos no te des cuenta, y nadie se dé cuenta, y las alfombras rojas silencien los pasos de tus tacos sobre las escaleras de mármol, no sé si me entendés pero en un día domingo es como que me rebasan, y está bien, acepto estoicamente tu opción de oscuridades y recortes de diarios y papeles amarillentos pero quiero que asumas mi elección de salir al sol, de tragarme el aire entero por un día, que mañana ya es lunes y todo empieza otra vez.

No, basta, aquí me paro. Mi cabeza estalla tratando de sistematizar toda esta información para el coloquio y los ojos me arden de leer todos los apuntes, de subrayar todos los libros, de escribir todas las fichas.  Tal vez Lucas tuviera razón y hubiera resultado mejor irme con él y convertir este día en una fiesta.  Pero lo cierto es que él no me invitó y yo no me acuerdo cómo se fabrican las fiestas; que recitó su discurso de bonitas palabras: que me dejaba tranquila desde la mañana, que a la nochecita volvía para cenar afuera, en algún lugar con velas encendidas y el vino en un balde con hielo.  Hielo dice que le doy tantas veces, que me he ido convirtiendo de a poco en una estatua bíblica de sal, en una helada estatua de sal.

Son las ocho.  Enciendo la radio para que alguna música se interne por fin, despacio, en todos los rincones y huecos de esta casa únicamente habitada hoy por mí; pongo en orden los papeles, los recortes, los libros; pienso que he rescatado el día a pesar de la soledad, a pesar de la ausencia de Lucas que hubiera deambulado de una habitación a otra como una fiera enajenada, como siempre, cuando soy solo para él un cuerpo inclinado sobre el escritorio, contestaciones con monosílabos cada vez que intenta una conversación y una sombra bajo las lámparas.  Hoy también ha sido un burdo pretexto: un día de pesca, un asado junto a la laguna, un paseo en bote tantas veces postergado. Su silencio me grita que quiere encontrar otra vida, tal vez, otra mujer que lo espere cada noche con los camisones rosas, cortos y vaporosos que yo nunca usé y hable incansablemente de las travesuras de los chicos que yo nunca tuve y del kilo de papas y la cuenta del teléfono que a mí no me importan. O es tal vez, ¿por qué no?, reencontrar en algún lugar, en algún tiempo, una estatua derretida, pedazos de sal helada desintegrándose bajo las caricias.  ¿Cuántas cosas creerá que no he sido capaz de darle?  ¿Qué parte mía, misteriosa para él, se ha quedado por siempre de mi lado?

Estoy desvariando.  Sé que mi cerebro se ha escapado por caminos libres mientras me fijo en el reloj y son las nueve y media ya y Lucas no ha vuelto, hay tránsito en las rutas, seguro, y tengo hambre.  Me parece que la cena con velas encendidas quedará para otro momento de los dos porque, parada en la cocina frente a la mesada, me pongo a mordisquear una milanesa fría y abro una lata de paté y unto unos panes y la noche se abre tras la ventana y mi cabeza sigue estallando, ahora de ansiedad.

No voy a decir que Lucas nunca ha llegado tarde, por otro lado, jamás da explicaciones y, sin hacer preguntas y solamente imaginándome circunstancias, me he resignado al silencio.  No voy a decirlo, claro, pero jamás puedo remediar pensar que alguna fatalidad tuvo lugar, que el teléfono sonará y que una voz impersonal me dirá que ha habido un accidente y se producirá un silencio incómodo del otro lado de la línea antes de que la misma voz me pregunte si conozco a un señor Lucas Montal, que sí, que cómo, que dónde está y entonces no entenderé muy bien qué hacer y, como una autómata, me acercaré de nuevo al escritorio y pondré las lapiceras arriba de los libros y los libros arriba de los diarios doblados en dos y los miraré así, ordenadamente, y entonces recién se me ocurrirá llamar a Alejo, nuestro Alejo, este amigo de los dos, el de los mejores y peores momentos que vendrá a buscarme en su auto cruzando la ciudad, dejando mujer e hijos y pizza compartida del domingo frente al televisor y me llevará hasta el hospital en Chascomús e intentará tranquilizarme, vamos a llegar enseguida, vas a ver, y me apretará una mano mientras deja por un momento el volante y me mirará con pena, como hace mucho que no me mira nadie, con pena y con cariño.  Será tibia su mano, tan distinta a ese frío hospital que encontraremos por fin, buscando casi de madrugada entre calles oscuras que no conoceré, que me parecerán fantasmales, tan lejos, tan desmedidamente lejos mis relaciones internacionales y el coloquio, y el sol, y el día de pesca de Lucas entre esos pasillos blancos y el olor a desinfectante.

Y la veré a ella, sentada a la puerta de la habitación, despeinada, con la cara roja de sol, la veré aun antes de ver a Lucas entre tubos y yesos e inconsciente, la veré porque le importa Lucas, le importa mucho más que tener que enfrentarse conmigo, mucho más que el silencio o la clandestinidad.  La intuiré fuerte, firme en su lugar, seguramente, con la certeza de que es el que le corresponde.  Pensaré que será una lástima que todavía solo conozca una mitad de Lucas, esa mitad inicial que alguna vez me diera también mientras compartíamos las horas, dos cafés, dos cucharitas y bastaba.  Y está bien, le diré.  Le diré aun antes de poder ver a Lucas inmovilizado en esa sala minúscula de terapia intensiva y recordar esa ponencia que no podré presentar; está bien, no te opongo lucha, estatua derretida, es todo tuyo: tuyo su deambular por la casa y sus silencios inexplicables y sus ausencias; tuya esa cena que no pudimos tener y todas las demás cenas con las velas ardiendo y los días de sol que seguirán a esta tormenta que trato de ahorrarte mientras yo preparo este y cada uno de los informes aun sintiendo que he perdido a Lucas para siempre.

Mejor no le diré nada. Ella me mirará también sin palabras y seguirá sentada allí, esperando el seguro despertar de Lucas y la vida por delante, sabiendo que esa será la primera y última vez que yo entre a la habitación y toque su frente fría y sudorosa y me despida de él con lágrimas que no podré evitar y el médico me tranquilice respecto a su pronta recuperación, me consuele sin entender muy bien quién es quién en esta historia.

Alejo estará caminado de un lado a otro por ese pasillo angosto donde se escurrirá la mañana y la niebla, prendiendo un cigarrillo con el anterior.  Ya habrá llamado también a su familia y les habrá dicho que todo está mejor, que volverá más tarde, que yo lo necesito.  Me verá salir pálida de la habitación e iremos juntos a algún bar. Me sentaré a su lado y descubriré de pronto sus ojos, como revoluciones de ángeles, y será otra vez su mano sobre mi hombro, su calor tierno a mi costado y dos cafés, dos cucharitas, y bastarán.

Por eso, por todo eso es que no entiendo en este momento el ruido de las llaves en la cerradura mientras sigo parada en la cocina; por eso, tardo en reconocer la voz de Lucas irrumpiendo en la medianoche, ese ruido y esa voz que acallan todos los otros sonidos, todos los otros rumores.  Y es la cara de Lucas sonriente y bronceada por el sol y el bolso al hombro y dos pescados en una cesta. No hay preguntas. No hay respuestas. Y me quedo con las ganas de saber si ella existirá poniendo ahora a secar una toalla en la cuerda o dándose una ducha para sacarse de encima el polvo de la orilla de alguna remota laguna.  No lo sabré, como tampoco adivinaré de qué manera hacer ahora para silenciar este torbellino que me arrastra, cómo hacer para que los ojos de Alejo -esas revoluciones de ángeles- no me alcancen, para que su mirada no me delate, para que no me duela más saber que Alejo no ha sido, para que no me duela.

(*) Escritora radicada actualmente en Buenos Aires. Residió varios años en Chubut, donde escribió parte de su obra literaria. Esta narración obtuvo el Primer Premio de la categoría Cuento, en el Eisteddfod del Chubut del año 2004.