EL HILO INVISIBLE

Por Mónica Avendaño

El taxi tardó menos de quince minutos en llegar desde el aeropuerto hasta la dirección que Romina le dio. La fachada de la casa la sorprende gratamente.

– ¡Mami! Mirá qué cerquita está el mar. Vamos a poder ir todos los días a la playa –exclama la niña-. 

Toca el timbre, mientras su hija no deja de parlotear sobre todo lo que ve. Abre una joven, menuda, bonita y con una gran sonrisa que provoca hoyuelos en sus mejillas.

– ¿Romina y Estrella?  Las estábamos esperando, pasen.  

-Yo soy Estrella – dice la pequeña-. ¿Cómo te llamás?  

-Milagros – responde-. Seguro vamos a ser buenas amigas, así que podés decirme “Mili”. 

Una sensación extraña invade a Romina, frío y calor al mismo tiempo, efervescencia y calma a la vez. Un cosquilleo, desde lo más profundo de su ser, comenzó  a manifestarse en el momento en que llegó al domicilio.  

– ¿Estás bien? Te ves un poco pálida –dice Mili. 

-Sí –reacciona Ro-. No te preocupes, estoy bien. Debe haber sido el vuelo. Pero se me pasará. Un placer conocerte, Milagros. Fuiste muy amable y tuviste mucha paciencia conmigo. Es la primera vez que voy a usar un alojamiento “Airbnb” y tenía muchas dudas. Mis amigas me convencieron. 

– ¡Bienvenidas a Puerto Madryn! ¡Qué coincidencia! Para nosotros también es la primera vez que alojamos. Vamos a tratar de ser los mejores anfitriones. Queremos que se sientan muy cómodas, ¡como en su propia casa! 

-Nosotros vivimos en un departamento –responde Estrella-, que sigue mirando todo con admiración, y produce risas a su mamá y la joven. 

Mili les muestra la residencia. Es luminosa, decorada con sencillez, buen gusto y un toque exótico. Las guía por un ancho pasillo con ventanales que dan a un patio de importantes dimensiones, en el que se nota la intervención de una mano experta.  

-Mi papá es un obsesivo de las plantas. Dice que es su cable a tierra. Siempre le recrimino que las quiere más que a mí –explica Mili, al darse cuenta de que la mirada de Romina está atrapada por el paisaje exterior. Su expresión, más que de reproche, es de orgullo. 

La habitación es amplia, en suite; prevalecen los colores claros. Una puerta ventana comunica la estancia a una galería con vista a un área con juegos infantiles –lo que encanta a Estrella-. A continuación del corredor hay un quincho semicubierto. “Pueden usarlo cuando deseen” -les dice Mili con amabilidad. 

Romina piensa que la descripción y las fotos de la página no hacen honor a lo que está viendo. La casa es rara. Construida en un terreno muy amplio. Tiene el convencimiento de que el patio interno nació primero y la vivienda fue proyectada a su alrededor, como brindando pleitesía a ese espacio diseñado con esmero.

-Hay bebidas frescas, té, leche, galletitas –comenta Mili. 

-Gracias. Le prometí a Estrellita que iríamos a la playa no bien llegáramos. Acepto el agua y unas galletitas. Luego voy a pedirte que me indiques dónde podemos proveernos.  

-Sí.  Te acompaño. El almacén del barrio tiene de todo. ¡Ah! –recuerda de golpe- Pueden llevar reposeras a la costa. Enseguida se las alcanzo. 

Ya en la playa, mientras vigila a su hija que con rapidez se integra a un grupo de niños que retozan en la orilla, cavila cuánto había dudado en hacer ese viaje. Se arrepintió muchas veces de la promesa que le había hecho.

Observa que Estrellita se luce ante sus nuevos amigos haciendo medias lunas en la arena y analiza el extraño sentimiento que le asedia. Hasta ese momento el viaje era un proyecto; algo intangible. Al llegar a la casa donde se iban a instalar, no había vuelta atrás. Regresar al lugar en el que había disfrutado tanto con Cahil y Lucecita, le produce temor. La enfrenta una vez más con su dolor más enraizado.  

Vuelven a la tardecita. La pequeña está agotada. El primer día pasa y no conocen más integrantes de la casa, aunque Mili siempre habla de “nosotros”. 

Despierta temprano, el sol se asoma tímido. Sale a la galería; es entonces que ve a un hombre agachado sobre los canteros. Siente que está invadiendo un momento íntimo, se da vuelta para regresar a la habitación, pero ya es tarde, él la descubre y se acerca: 

– ¡Madrugadora como yo! –le dice mientras extiende la mano- Soy Fabrizio, el papá de Mili. Buenos días Romina. 

-Hola, buenos días. Disculpame, no fue mi propósito interrumpir… 

– No te preocupes. Estás en tu derecho. Anoche me dijo Mili que puso todos los espacios de nuestro hogar a disposición. Está feliz de albergarlas; hace planes para entretener a Estrella, por supuesto con tu permiso. ¡Ama a los niños! Como verás, ya me familiaricé con sus nombres. Ella está preparando el desayuno para todos. Sabe que no es lo convenido, pero quiere agasajarlas. A Mili nadie le dice que no, y yo menos – le explica riéndose con desenfado, y Romina descubre la sonrisa de Milagros en la de su papá. 

-Gracias. Son muy amables. No bien se despierte Estrellita, vamos.  

La pequeña de inmediato acapara la atención. Hace miles de preguntas, y tanto Mili como Fabrizio le responden con afabilidad, compitiendo para mimarla. Romina se siente cómoda. Empieza a aceptar que no fue tan mala la idea de volver después de once años, aunque el hormigueo interno persiste. La última pregunta la saca del ensimismamiento. 

– ¿Por qué eligieron Puerto Madryn para vacacionar? – interroga Fabrizio. 

-Porque mi hermana quería vivir aquí de grande. Vino con mis papás cuando era chiquita como yo. Por eso convencí a mi mamá para que me trajera. 

– ¡Qué bien! ¿Por qué no vino con ustedes ahora? 

-Porque ella se murió. Mi papá también. 

Padre e hija notan el cambio en el rostro de Romina. Se produce un silencio. Fabrizio invita a Estrella a los juegos. Mili le pregunta a Ro si le gusta leer, porque en la biblioteca puede encontrar todo tipo de textos. Su papá es tan apasionado por la lectura como de las plantas. Desaparece la tensión de momentos antes. 

Los días siguientes son de total bullicio. Van todos los días a la playa. Toman helados, pasean por la rambla. Muchas veces las acompaña Milagros. Los vecinos saludan con cariño y las invitan a compartir el mate en la costa. Romina está maravillada con la fraternidad de la gente, y feliz de ver cómo disfruta su hija. 

No pasa desapercibido para Mili que su papá vuelve antes del estudio. Él siempre aduce una excusa, pero comienza a notar que busca a Romina para conversar, los escucha reír; en otros momentos discuten con exaltación, para luego volver a las carcajadas. Ya no sólo desayunan juntos, sino que comparten todas las comidas. Los tres compiten en la cocina, buscan la manera de sorprender a los otros con sus recetas. No parecen huéspedes, sino amigos que se conocen de toda la vida. Es evidente que la decisión de ingresar al programa de alojamiento no es una necesidad económica, sino un deseo de Mili que Fabrizio consiente porque nada le niega.

Romina no puede creer lo que experimenta. Todo es tan perfecto que la asusta. Acepta que, por primera vez, después de Cahil, un hombre la atrae. Repara que él jamás le preguntó por lo que Estrellita había revelado. Supo que también es viudo, que sus familiares están todos en Italia y que tiene otro hijo, cinco años mayor que Milagros, que a pesar de parecer una adolescente acaba de cumplir veintidós años. El primogénito se llama Constantino. Arquitecto como él, se estableció en Córdoba con un grupo de profesionales que trabajan en un proyecto de vivienda sustentable. Milagros lo extraña, al igual que a Nanis, sobrenombre que Mili le puso a la mujer más importante en la vida de los tres. Romina evita indagar sobre Nanis.

Pasan catorce días inolvidables; al siguiente tomarán el avión de regreso. Estrellita vuelve a nombrar a su hermana con naturalidad, al decir que tenía razón de querer vivir en Puerto Madryn. Ella también, pero se va a traer a sus cuatro abuelos. Todos sonríen, pero nadie sigue el tema. Logra que Romina le prometa que otro año volverán en época de ballenas. 

Fabrizio decide asar carne a la parrilla para la cena. Ya en la sobremesa Estrella quiere helado. Milagros ofrece llevarla. Romina sabe que el comercio está cerca, pero duda por el horario cercano a las veintitrés horas. 

-No temas Romina. Mili no se va a separar de Estrellita. Es una hermosa noche para caminar. Hay mucha gente paseando; hasta la  heladería, todos son vecinos que conocemos hace años. 

Romina asiente, pero no puede disimular su ansiedad. 

-Entiendo tu preocupación, yo también soy sobreprotector. Ahogaba a Mili con mi obsesión. Fue motivo de terapia. 

Fabrizio acaparara la atención de Romina.

-Casi la pierdo dos veces. Una cuando nació. En el parto falleció mi esposa. Jamás pude sacarme la culpa. Ella no debía quedar embarazada, y cuando pasó se negó rotundamente a abortar. Milagros estuvo cuarenta y cinco días en incubadora ¡Era tan pequeñita! Pesaba apenas un kilo ochocientos. Yo estaba desesperado. En ese momento apareció Nanis. Ella no tenía familia. La vida en el campo la había maltratado. Llegó a la ciudad en búsqueda de un futuro distinto y lo encontró con nosotros; nos salvamos mutuamente. Creo que no hubiese podido criar a mis hijos sin ella. Ahora está paseando por el norte del país. Fue el regalo que le hicimos para navidad. 

Romina siente un cierto alivio al conocer más sobre Nanis. Aún conmovida por la historia, no olvida que Fabrizio mencionó que estuvo a punto de perder dos veces a Milagros. “¡Qué egoísta! ¡Cómo pudo, alguna vez, haber creído que era dueña del sufrimiento!” piensa.  

– ¿Querés contarme cuál fue la segunda? – se anima a preguntarle. 

-A los cinco años le descubrieron una miocardiopatía. Estuvo controlada con medicamentos, pero cuando tenía doce los médicos me dieron el diagnóstico menos querido: era necesario un trasplante. 

Ella manifiesta empatía, inclina su cuerpo y posa las manos sobre el brazo de él. Quiere consolarlo, se da cuenta de la angustia que le produce hablar. 

– Hacia mediados del 2008 ingresó en la lista del INCUCAI, estaba en el puesto número diez. Para febrero del 2009 se había complicado tanto que pasó a estar primera. Casi no había esperanzas de vida. Estaba conectada. Pero sucedió el milagro. No sé si su nombre fue una premonición. Hubo una familia que, con su generosidad, dio vida a mi pequeña. Entregó el corazón de su ser querido para que ella viviera. Soy católico y cada día rezo por ellos. Jamás podré agradecerles lo suficiente.  El 22 de abril apareció el corazón. Sólo supimos que era de una niña de su misma edad que había tenido un accidente.  

A Romina se le afloja el cuerpo. Su mente se nubla y comienza a balbucear: 

– ¡Es por eso! ¡Es por eso que siento lo que siento! ¡No puedo creerlo! 

Apenas dice estas palabras, Romina se desmaya.

Fabrizio sabe que la historia de su hija es impactante, pero nunca hubiera imaginado que le afectaría tanto. Ella comienza a volver en sí, mientras escucha: “Romina, Romina, perdón, despierta…” 

Ella se incorpora y se acomoda en el sillón con la ayuda de Fabrizio, bebe el agua que le está ofreciendo y dice: 

-Es momento de que también conozcas mi historia. 

Mientras relata revive aquellos momentos.  

“Era 21 de abril del 2009. Fue el día en que pasé de la felicidad más sublime al dolor más desgarrador. Me había levantado temprano. Esperaba la llamada de mi amiga que trabajaba en el laboratorio. Me había prometido que antes de las 8 hs. se comunicaría. Sonó el teléfono cuando faltaban diez minutos para la hora señalada. No bien atendí percibí la alegría en su voz; confirmó la noticia, alcancé a decirle “Gracias Manu” y colgué con una emoción que llenaba todo mi ser. De inmediato grité: “¡Bajen dormilones! ¡El desayuno está listo!”. Padre e hija aparecieron abrazados. ¡Eran tan compinches!, enseguida exclamaron: “¿Qué tienen esas cajitas con moño, al lado de nuestras tazas? ¿Podemos abrirlas?”. Yo asentí con un movimiento de cabeza. Cahil era tan niño como su hija, a los veinte años había sido padre. Sacaron los moños con desesperación. Abrieron las cajas, encontraron sendos mensajes. El de ella decía “Vas a tener un hermano/a” y el de él “Vas a ser papá otra vez”. Empezaron a gritar, me abrazaron y lloramos de felicidad”.

“María Luz tenía doce años. La tuve cuando había iniciado el primer año de facultad. Nuestros padres fueron un apoyo fundamental. Sólo nos pidieron que no dejáramos los estudios. Cahil se recibió de abogado y yo de Psicóloga. Nos habíamos cuidado mucho para evitar otro embarazo. Fueron años de sacrificio, pero felices. Hacia principios del 2008 estábamos acomodados. Lo charlamos y dijimos “Es hora de darle un hermanito a María Luz”. Pasó el año y nada. Nos dimos seis meses más, sino iría a un especialista. Pero no fue necesario. Había ocurrido. Estaba embarazada”. 

“Era lunes y yo nunca daba turnos ese día. Ellos remolonearon bastante antes de salir para la escuela. Querían estar conmigo. Ese día Luz entraba más tarde. Así que avisamos para que el micro escolar no la pasara a buscar. Cahil la llevaría. Salieron haciendo pasos de baile y me tiraban besos con sus manos. Les pedí que no contaran todavía, porque quería invitar a comer a nuestros padres para darles la noticia. Ellos debían ser los primeros en saberla. Los dos dijeron que sí, pero estaba segura de que no iban a cumplir porque vi que ambos cruzaron los dedos en un gesto de complicidad.  ¡Se veían iluminados! “

“Me puse a acomodar la casa. Quería cocinar algo especial para la cena. Pasaron unos cuarenta y cinco minutos más o menos, cuando sonó el portero preguntando por la familia Celik. A mi respuesta, dijeron que necesitaban hablar conmigo, que eran de la policía. El corazón me empezó a latir fuerte. Abrí la puerta temblando. Tengo grabadas las palabras que siguieron: “Lamentamos informarle que hubo un accidente. La barrera del paso a nivel estaba trabada y había quedado en alto. El coche de su esposo…” No escuché más. Ellos seguían hablando, explicando, pero yo me sentía en otra dimensión.  Me llevaron al hospital. Los médicos me dieron la noticia. Cahil había fallecido en el acto. María Luz estaba viva. El cuerpo intacto, pero el golpe había sido en su cabecita. Llegaron mis padres y mis suegros. Nos reunieron a todos y nos dijeron que no había posibilidad de vida para la niña. Tenía muerte cerebral”. 

“Era de noche cuando me llamaron para hablar con el director del nosocomio. Tenía la obligación de comunicarme que Luz podía dar vida a otros, ya que por su estado neurológico era una potencial donante. Me habló y me habló sobre cosas hartamente sabidas dada mi profesión, ¡pero que difíciles de entender cuando le pasan a uno! Le pedí tiempo. Pero me dijo que no podía. Yo sabía. Sabía que tenía que decidirlo pronto. Le prometí que dentro de las próximas dos horas tendría mi respuesta. Salí de su consultorio, hice dos pasos y recordé que el tema de donación lo habíamos hablado alguna vez. Recordé también que Luz había dicho con una adultez que nos sorprendió: “No hay que ser egoísta. Si podemos dar salud a alguien, debemos hacerlo. Nuestra alma ya se habrá elevado”. Nos dejó helados con su razonamiento”.  

“Retrocedí los pasos que había hecho, y desde la puerta le dije al doctor que iba a firmar la conformidad para que mi pequeña fuera donante; ella lo había decidido”.  

“Estuve con Luz hasta el momento de la ablación. Me despedí. Le dije que iba a cumplir su voluntad. Después me contaron que los receptores fueron cinco. Nunca quise saber más. Fue el 22 de abril de 2009”.  

A esa altura del relato Fabrizio lloraba más que Romina. Se habían abrazado en un acto de pureza total.  Ninguno de los dos dudaba de quién había recibido el corazón Milagros. ¡Ese era el sentimiento que se había manifestado en Romina!  

Se compusieron y Romina siguió contando.  

“Todo se había acabado, no tenía voluntad para nada. Mis padres decidieron que no podía vivir sola. Yo no salía de la habitación que había ocupado de adolescente. No comía. Renegaba de mi profesión. “¿De que servía? ¡Ahora entiendo a mis pacientes!”.  Me reprochaba. Buscaba culpables. Concluía irremediablemente en que yo era la más culpable de todos, porque los insté a irse cuando ellos querían quedarse a seguir festejando. Pasó el primer mes. Los que me rodeaban se sentían impotentes. Decidieron traer al médico de la familia”.  

“Él los anotició que estaba embarazada, que si seguía así iba a perder el bebé. Se lo dijo a ellos, pero fue una revelación para mí. ¿Cómo pude olvidarlo?  Toqué mi vientre. Y le pedí perdón. También a Cahil y a Lucecita. Tenía vida en mí. Debía cuidarla. Así poco a poco salí de la depresión. Curé la rabia, pero el dolor permanece intacto. Estrellita me salvó. Lo es todo para mí”.

 Estaban todavía tomados de la mano, cuando volvieron las chicas. Milagros empezó a disculparse al ver los ojos de ambos con lágrimas. Aunque se daba cuenta de que no estaban disgustados.  

-Había mucha gente en la heladería…. me demoré… –comienza a hablar Mili a manera de disculpa.

Entonces Romina se levanta y se dirige hacia ellas, pero no abraza a Estrella, sino a Milagros. Vuelven a brotar lágrimas en sus ojos.  Fabrizio, con la mirada le señala que acepte la caricia; aunque no es necesario el gesto, Milagros ya está rodeándola con sus brazos.

Mientras tanto Estrellita corre hacia él, se trepa a sus rodillas y con espontaneidad le da un beso en la mejilla y, sin saber que está tan cerca de la verdad, le dice: 

– ¡Somos una familia!

Entonces Fabrizio, devolviendo el beso a la pequeña, comienza a decir:

-Vamos a contarles la historia del acto de amor más sublime que descubrimos. Un acto de amor que CON UN HILO INVISIBLE ya nos une a los cuatro y para siempre ¿Quieren que les contemos?….