APENAS LO PERCIBÍ

Por Juan Roldán (*)

Ahí estaba, apenas lo percibí bajo aquel monte. Los arbustos del sotobosque se enredaban en sus hierros distorsionando con sus irregulares formas la perfecta simetría de su figura, la estricta racionalidad de su diseño. Era un portón que servía de sostén para las enredaderas, de franco camino para las hormigas, de sólido armazón para las telas de cientos de arañas.

Lo vi fugazmente en un paseo. Percibido más como un error de percepción que como algo real. Ya pasaba de largo cuando mis ojos decidieron volver a mirar, perturbados por una antinatural simetría. Podando con la vista la exuberancia de las plantas, de las hojas, de las ramas, pude encontrar el dibujo de su estructura. Sí, era un portón en el medio de un bosque de abedules y brezos. Un portón herrumbrado y mohoso cuyos hierros dibujaban una flor de lys en la cúspide de su armazón y, desde ahí sinuosamente, construía remolinos, arabescos que culminaban en las puntas oxidadas de unas rectas verjas. Más allá seguía el bosque, idéntico al que estaba de este lado. Los mismos árboles, los mismos arbustos, solo el portón era un límite que señalaba un afuera, un adentro, pero era un signo sin sentido en el medio de la continuidad natural de las cosas. Una señal de un cambio que no implicaba a simple vista transformación alguna. Al menos eso creía desde el sitio donde estaba parado, observándolo con intensa curiosidad.

Los pájaros, revoloteando de un lado a otro, se posaban en sus hierros gorjeando alegremente, pequeñas ardillas lo atravesaban, colándose entre las rejas y me observaban desde el otro lado que no era ningún otro lado, solo el mismo bosque por el que siempre había paseado. Dudaba en acercarme, y más pensaba en rodearlo que en abrirlo y atravesar el misterioso límite que señalaban. El sol declinaba. Sus rayos, atravesando las ramas, volvían dorados los trazos oxidados del hierro. Bajo esa luz, cobró el portón una apariencia de nuevo. Milagros de la hora, de la intensa inquietud que me asaltaba. Mis sentidos, agudizados, percibieron, entonces, un lejano aroma. Era muy familiar, aunque en el medio de ese bosque notaba algo de insólito en su presencia. No era de ninguna flor, ni era el olor áspero de las cortezas. Era un olor diferente, amplio y extenso, era el olor del mar que venía desde más allá del portón.

La repentina revelación me sorprendió, la playa estaba a cientos de kilómetros de aquí. Lejos de esta boscosa tierra mediterránea, sin embargo olía a mar, a caracoles. Cerré los ojos para percibirlo más claramente y, en ese instante, escuché el viejo rumor de las olas golpeando la playa, escabullándose sonrientes por la arena. Detrás de ese ruido graznaban las gaviotas. Casi podía imaginarlas planeando sobre el cielo, atentas al paso fugaz de los peces en la superficie del agua. Abrí los ojos, el bosque seguía allí. Los altos árboles, los arbustos desordenados, los conejos y el portón abierto. Ni un rastro en el suelo, ni un arbusto roto por la guadaña de su hierro, ni una telaraña destrozada en el movimiento de su apertura. Estaba abierto de par en par. Abierto como si siempre hubiera estado abierto.

Con temerosa fascinación me acerqué. En la piel de mi rostro sentía la frescura de la brisa marina, mis ojos se humedecían y mis cabellos se alborotaban. A mis pies las hormigas atravesaban los viejos hierros, siguiendo su eterno camino, desde un lado a otro, ignorando mis dudas, mi asombro. Pero las olas estallaban en el paisaje invisible que ocultaba el portón. Por fin di el paso. Mi pie atravesó la frontera y se posó, suavemente, sobre la blanda arena.

Ya del otro lado, parado sobre lo alto de un médano, contemplé la extensa playa que se me ofrecía. Por un instante la supuse quieta, inmóvil. Una postal del verano. El mar azul, el suave dibujo de la espuma, el largo murallón de piedras adentrándose en el agua, el sol a media tarde, la larga empalizada de madera coronando los médanos, los verdes tamariscos, decenas de gaviotas congeladas en el aire. Y aquella sombrilla de colores, y aquella mujer de capelina rosa con oscuros anteojos de sol, y aquel niño con los pies en el borde de la playa, en el inicio del mar, sosteniendo su pelota. Todo tan perfecto como una postal para el turista.

Hubiera deseado que todo siguiera así. Ser, solamente, el espectador de aquella equilibrada sensación de felicidad que emanaba del paisaje. No había excesos, la mirada lo recorría y pasaba de las pequeñas partes al todo con delicadas transiciones de colores, de líneas, de gráciles movimientos que se comunicaban, armónicamente, sus respectivas existencias. Hubiera deseado seguir contemplando ese milagro, quedarme afuera de ese mundo porque, aún si se diluyera, me quedaría el recuerdo de su perfección, de su delicada belleza. Pero no ocurrió así. La mujer giró graciosamente su cabeza, sosteniendo con una mano su elegante capelina y me vio. En los grandes cristales oscuros de sus anteojos casi pude percibir el reflejo del paisaje y a mí mismo en la cima de la suave ondulación del médano. Su grito no me llegó, ahogado por la brisa marina, pero sí su gesto. La mano extendiéndose hacia mí, y como un golpe duplicado sentí la mirada de su hijo.

La pelota de colores quedó abandonada en la orilla y era suavemente mecida por el mar. Iba y venía con las olas, cada vez un poquito más lejos de la playa. El niño corría, pero yo solo quería ver la pelota. Los cabellos alborotados, la malla roja y sus huellas que abandonaban el agua hasta alcanzarlo en la carrera que lo traía hacia mí. Hacia mí que tenía miedo, pavor, angustia. Que no podía retroceder hacia el bosque detrás del portón, atrapado por la imagen de ese niño corriendo y gritando, atrapado por el sólido fantasma de su madre que lo miraba mientras encendía un cigarrillo y me saludaba.

El humo azul ascendía recto hacia las nubes como el buen humo de un consagrado sacrificio. Dando danzarinas piruetas, dibujando en el aire silenciosas oraciones. Caí de rodillas, resignado, abriendo los brazos para recibir ese abrazo como un cuchillo. Ya veía los ojos delicados, su extraña mirada de gato, sus brazos prestos a arrebatarme la cordura, mi existencia. ¿Qué será de aquel bosque? Pensé en el instante previo al abrazo. Ella se había levantado y miraba, con calma, aquel fantástico encuentro. ¿Y ese bosque y el portón que me había traído? Arrodillado esperaba, el niño llegaba corriendo y sus manos se estiraban hacia mí para el abrazo. Cerré los ojos.

El niño me atravesó como una exhalación.

En el segundo que cruzó mi cuerpo, sentí la vitalidad de su organismo. El torrente saltarín de su sangre, el fragor combativo de su corazón, el viento poderoso de la respiración que lo sostenía. Giré asombrado, no era a mí a quien buscaba. No era a mí, que sólo era para él una extraña y fantasmal sombra que se interponía entre él y su padre, en la cima dorada del médano. Sobre el horizonte se anunciaba una tormenta. Llamado por los rayos, diluí la neblina de mi existencia entre aquellas nubes mientras ellos se abrazaban. Recordé en ese momento el portón. La tormenta arreciaba y aquella familia corría riendo, perdiéndose tras la línea verde de los frondosos tamariscos.

Solo, atravesé la cima y la empalizada. El bosque oscuro me esperaba y volví. Volví como lo que era, como lo que siempre había sido, aun sin saberlo. Volví como un fantasma.

(*) Escritor santacruceño. Cuento tomado de su libro “El espectro de las cosas” (Buenos Aires, Rúcula Libros, 2009).